Los sobrevivientes de El Salado

Abel Montes compró un ataúd porque quiere ahorrarle ese gasto a los hijos. Foto: Federico Ríos / Cambio.

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Abel Montes Fuentes cumplió 99 años el 7 de agosto pasado y le ruega a Dios que se lo lleve antes de los 100. "Quiero morir de viejo y no como vi morir a tantos en El Salado -dice-. No he perdido la memoria".

Está vivo de milagro y espera que la muerte le llegue, sin espanto, un día no muy lejano. Está preparado. Hace dos años compró un ataúd que guarda en su casa para cuando la hora llegue. "Espero que me entierren en él porque después de vivir lo que he vivido aprendí a que hay que tener listo el cajón, no vaya a ser que por morir en una masacre y no tener todo listo termine metido en una fosa y nadie sepa dónde estoy", afirma con convicción, y agrega que además lo hace "para ahorrarles a los hijos los 600.000 pesos que cuesta mi caja".

Su historia parece de novela pero, como ya es lugar común decirlo, la realidad supera la ficción. Pudo morir en 10 oportunidades pero sobrevivió. Abel tiene más vidas que un gato. La primera vez que sintió la muerte de cerca fue en 1972. "Llovía, salí al patio a sacar agua y me cayó un rayo -cuenta-. No sé cómo pero no me morí, perdí el sentido y cuando abrí los ojos estaba enterito, aunque el rayo me había quemado todo por dentro. Desde entonces supe que era especial".

Siguió su vida como si nada hubiera pasado pero la muerte seguiría pisándole los talones. "Por poco caigo en los años de la violencia entre liberales y conservadores y luego cuando aparecieron las Farc y me negué a ayudarles -relata Abel-. Ahí la vi unas cinco veces". Más tarde, en marzo de 1997, llegaron los paramilitares. "Mataron a cuatro, entre ellos a la profesora Doris Torres y al presidente de la junta de acción comunal Álvaro Pérez -continúa el relato-. En cada época estuve a punto de ser asesinado porque pensaban que por viejo sabía mucho, pero siempre me salvaba. En cambio,  vi morir y desaparecer a gente por montones". 

Sí, está vivo de milagro. "Si sobrevivo a esto no voy a morirme nunca", se dijo en febrero de 2000 cuando cerca 400 paramilitares rodearon El Salado con la intención de no dejar a nadie vivo para contar el cuento.  "Un helicóptero se acercó disparando -asegura-. Me dijeron que lo manejaba el señor ese Mancuso, mató a varios desde el aire y yo, con mis 90 años a cuestas, pensé que era mi día".

Fue el viernes 18. Un negro grandote llegó a la casa que había construido 25 años atrás y le ordenó ir a la cancha de baloncesto donde los 'paras' estaban reuniendo a todo el pueblo. "Le dije que estaba cansado y que si me iban a matar, que procediera porque yo, ni guerrillero, ni ladrón, no le debía nada a nadie -recuerda-. Cerré los ojos, me dio duro con la cacha del fusil en la costilla y me obligó a ir a la cancha".  Allí, los niños estaban de un lado, las mujeres del otro, los hombres en el medio. En las escaleras de la iglesia, los viejos.  "Era el infierno, el sol quemaba como nunca, nos estábamos muriendo de sed y ellos, los 'paracos', a la sombra, desde una casa, iban diciendo 'este muere, este no"... -continúa Abel-. Eran como las dos de la tarde cuando empezaron a hacer un sorteo, mataban al que le cayera el número 28. Así mataron a varios. Mientras tanto, todos los demás calladitos, viendo matar, torturar, cortar orejas, cabezas..." Fueron asesinadas 28 personas ese día. "Por guerrilleros", dijeron. "Al final del día ya no había sed, lo que dolía era el alma", afirma Abel. La masacre siguió durante varios días. Un olor fétido se apoderó del pueblo, los cadáveres estaban en proceso de descomposición. Los sobrevivientes improvisaron ataúdes con puertas y madera de las casas pero no hubo para todos los muertos. La mayoría fueron enterrados en una fosa común. "Desde ese día pensé que tenía que tener listo mi ataúd por si me mataban -asegura Abel-. Después de sobrevivir a ese horror uno quiere tener una muerte digna, cuando Dios quiera".

Lotería de la muerte

Eusebia Castro, de 43 años, madre de tres niños, sobrevivió a la masacre porque se escondió detrás de un árbol y solo la encontraron a eso de las cuatro de la tarde. "Yo casi ni respiraba porque temía que me escucharan, pero me delató una chancla que se veía al lado del árbol -cuenta-. Me llevaron para la cancha y allí un paramilitar me dijo, 'Vas a morir como el resto", y luego gritó: '¡No se escondan guerrilleras!'. Pregunté por qué, yo no había hecho nada. Me explicaron que traían una gente especial, desertores de las Farc, que señalaban quién era y quién no era guerrillero".

La condujeron a la cancha y la hicieron parar junto a la iglesia. Allí otras mujeres temblaban como ella. Muy cerca, el cadáver de Judith Arrieta estaba amarrado a un árbol. La habían degollado. A Nayibe Osorio la arrastraron del pelo por todo el pueblo hasta que murió. La acusaron de ser la mujer de un guerrillero. Y a Francisca Cabrera la molieron a golpes y luego la asesinaron de un disparo. "Por guerrillera", repitieron.

El resto de mujeres, aterrorizadas, se miraban unas a otras preguntándose en silencio quién sería la próxima. Los verdugos les asignaron los números de unas balotas que echaban en una bolsa para luego hacer el sorteo de la persona que iba a ser asesinada. "Luego unos hombres nos miraban y decían 'esta sí, esta no' -relata Eusebia-. Cuando me miraron a mí sonó un teléfono, como que dieron la orden de no seguir matando".

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