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La escena era dantesca. Muertos aquí y allá, llanto, gemidos contenidos, terror a flor de piel, agazapado. "Los paramilitares buscaron a unos que tenían un conjunto con caja y guacharacha y los obligaron a tocar y luego pusieron música en un equipo de sonido -recuerda la mujer-. Empezaron a gritar '¡Aquí ya no mandan los guerrilleros, los reyes somos los paramilitares!' ".
Al final de la tarde, los paramilitares mandaron a los que habían dejado vivos para la casa de Luis Ortega y les ordenaron permanecer allí hasta nueva orden. "Al día siguiente, como a las 11, escuchamos una sirena, pensamos que era la Cruz Roja -cuenta Eusebia-. Fuimos a la cancha, los animales se estaban comiendo a los muertos, pedimos que nos dejaran enterrarlos. Al ratico llegó el Ejército preguntando por los paramilitares. ¿No saben ustedes que eran los que andaban con ellos?, les pregunté, y contestaron: 'Nosotros solo llegamos hasta ahora'. ¿Demasiado tarde, no?, les repliqué".
En la actualidad, sin poder borrar los recuerdos de lo ocurrido, Eusebia pide justicia y reza para que paguen los culpables. "Vinieron a matarnos a todos, sin distinciones, y nadie vino a salvarnos", dice con rabia.
Hombre antes de tiempo
Cristian Alberto, de 20 años, vive desplazado en Cartagena y estudia en la Universidad. "A los 11 años tuve que ver cómo los paramilitares mataban a toda la gente de El Salado, mi pueblo. Mi padre pensó que si salía corriendo con nosotros, sus hijos, era mayor el riesgo de que nos mataran a todos y por eso el día de la masacre, mientras él huía, mi hermanita y yo nos escondimos en la casa. Mi padre creyó que a los niños no nos iba a pasar nada pero se equivocó. Lo hizo por amor y, bueno, esa es la vida, decisiones que hay que tomar".
Los paramilitares los encontraron escondidos en la casa de Libardo Trejos, los llevaron con el resto de los niños a las gradas de la iglesia."Un helicóptero que volaba bajito ametrallaba y mató al señor Trejos -recuerda Cristian-. Salimos corriendo y a la niña que estaba junto a mí le cayó la sangre del señor y desde ese día está mal".
No llegaron muy lejos. Los llevaron a la cancha, al rayo del sol. Antes de agarrarlos habían encontrado a Helen Margarita Arrieta Martínez, una niña de 6 años, hija de la señora Pura Chamorro a quien acusaban de guerrillera. Las pusieron bajo el sol, sin agua o alimentos. La niña murió insolada y deshidratada. El joven insiste en que tuvo que ver lo que no tendría por qué ver un niño. "Ejecutaban la gente mientras consumían licor y tocaban música -dice-. Mataron a Rosmira Torres Gamarra y a Luis Pablo Redondo con armas de fuego y cortopunzantes, y otros los ahorcaron o los degollaron y les cercenaron partes del cuerpo y luego les hicieron tiros de gracia. Y violaron a varias mujeres, algunas de ellas menores de edad".
"El pueblo quedó de psiquiatra y el Gobierno no nos acompañó -se queja Cristian-. Todos fueron desplazados y en dos años, salvo unos pocos, nadie quiso volver. "Yo no quiero regresar. Ver matar y, peor aun, ver a unos tipos riéndose mientras matan lo deja a uno marcado. Desde ese día supe que ya no era un niño". Y ahora lucha con otros sobrevivientes de la masacre para evitar ser presas del odio. "No solo fue una masacre, separaron familias, me pusieron a ser hombre antes de tiempo -asegura-. De milagro, después de eso no nos volvimos malos y vengativos".
"Esa guerra no era nuestra"
El grupo Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación presentará, el 13 de septiembre en El Salado, el informe "Esa guerra no era nuestra", un documento que reconstruye lo que sucedió entre el 16 y el 20 de febrero de 2000, cuando paramilitares asesinaron y torturaron a 60 personas: 52 hombres y ocho mujeres, entre ellos tres menores de edad. La noche anterior, un avión fantasma de las Fuerzas Armadas sobrevoló el pueblo y al día siguiente un helicóptero que pilotaba Mancuso disparó sobre la población. Tras la matanza, 7.000 campesinos abandonaron la zona. El sociólogo Andrés Suárez, coordinador de la investigación, sostiene que la reconstrucción del caso indica que hubo planeación previa para justificar la ausencia de la fuerza pública en el lugar de los hechos. Y agrega que la masacre no se limitó a El Salado y se extendió a otras poblaciones limítrofes, y los muertos pudieron ser más de 100 en los alrededores.
Impunidad
El 3 de enero de 2006, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recibió una petición de las víctimas según la cual entre el 15 y 19 de febrero de 2000 cerca de 350 paramilitares, con aquiescencia y participación de agentes de la fuerza pública, cometieron la masacre de El Salado. La CIDH admitió el reclamo pero aún no ha fallado.