¿Todo por un disparate?

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No caben dudas mayores de que algo está pasando en Barranquilla.  Algo grande, estimulante y duradero.  Y  eso, en una ciudad a la que hace menos  de una década se invitaba a los  forasteros a venir "antes de que se acabe", es demasiado decir.

Es probable que en medio de la euforia, los barranquilleros hayamos olvidado que la globalización hizo el milagro de que el país reconsiderara aquellas vocaciones mediterráneas que nos impusieron un desarrollo alrededor de los ombligos. De los ombligos de los cachacos. El cuento de las excesivas expectativas por el TLC armoniza bien con ese diagnóstico singular y a la vez simple.

La proliferación, a veces frenética, de centros  comerciales, clínicas, hoteles y restaurantes, articula bien con la  recuperación de los espacios públicos, la rehabilitación del centro histórico, la doble calzada de la circunvalar, el Museo del Caribe y su parque adyacente, el inminente desarrollo de La Loma, el Transmetro, la proliferación de zonas francas, la modernización del puerto, la estabilidad del canal navegable de Bocas de Ceniza, la doble calzada a  Santa Marta, la nueva vía oriental hacia Cartagena, los megacolegios, la inevitable desaparición de San Andresito, documentan el buen presagio. El  resto es que las universidades han aumentado su oferta y calidad académica; que la cobertura de servicios públicos se aproxima al 100 por ciento; que las  aguas servidas  al río están a punto  de  recibir un manejo técnico adecuado.

Faltan cosas, por supuesto. Por ejemplo, vigilar el retiro de las aguas  de la ribera oriental del  río, cuidar los humedades, solucionar los arroyos callejeros y, sobre todo, recuperar indicadores de muerte más acordes con esa manera particular de la cultura caribe de escapar de la tentación de la violencia. Ese fue, sin duda, el peor dato de la gran crisis de Barranquilla, porque comprometió nuestra más ancestral característica de identidad cultural. Será posible  porque esa violencia nos fue impuesta artificialmente, y porque abundan los  testimonios de la forma como resistimos esa tentación durante más tiempo y con más eficacia que el resto de las grandes ciudades. Nada de lo que estamos alcanzando habrá valido la pena  si no recuperamos también esos indicadores de vida que hicieron durante tanto tiempo singular y hermosa a esta ciudad.

Por Armando Benedetti Jimeno,
escritor y periodista.

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