Los 'arrancaminas'

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Vea un video en el que el Ejército arranca las minas que sembró la guerrilla en las escuelas haciendo clic aquí. Vea el testimonio de tres víctimas haciendo clic aquí.

Los niños de más de 100 escuelas en todo el país sienten terror de ir a clases.  Los caminos, las canchas de juego y las zonas verdes están sembrados de minas. Solo en San Francisco, en el oriente antioqueño, 107 personas han sido víctimas de esas trampas mortales que pusieron las Farc y el Eln. Unos perdieron las piernas, otros los ojos, uno más las manos...

John Ferney, de 17 años, no olvida ese día de mayo de 2004 cuando las Farc obligaron a los habitantes de Boquerón, una vereda a cuatro horas a pie de San Francisco, a abandonar la zona pero no les advirtieron que el camino estaba minado. En esa zona, 12 adultos y tres niños cayeron en esas trampas. Él fue una de las víctimas. "Mi familia y yo caminamos tres horas y media y cuando iba subiendo la loma pisé algo y caí al suelo -relata el joven-. Me paré para seguir caminando pero la pierna izquierda no me respondió, tenía el pie destrozado".

Hoy tiene una prótesis y asiste a terapia en el hospital San Vicente de Paul de Medellín. Según los médicos, su recuperación tardará toda la vida y cada año necesitará una prótesis nueva. Diana Molina, jefe del Departamento de Rehabilitación, dice que no puede acostumbrarse a la pregunta que le hacen siempre los que llegan con algún miembro amputado: ¿Cuándo me vuelve a crecer? "Darle la noticia al niño de que no crecerá  es una de las cosas más difíciles", dice. Y agrega: "Su recuperación nunca será completa porque las minas les arrancaron una parte del cuerpo que querían".

Este año, 28 niños han sido víctimas de minas en el país, seis de ellos murieron. "Muchos tuvieron esa tragedia cuando salían o cuando iban para el colegio -dice Andrés Dávila, director del Programa Presidencial para la Acción Integral contra Minas Antipersonales-. Desminar el campo y las escuelas tardará años".

San Francisco no es el único que tiene escuelas minadas. También hay municipios en Meta, Nariño, Cauca, Caquetá, Putumayo, Vichada y Vaupés con el mismo problema. "En Ituango, Antioquia, hay tres escuelas minadas y en otras regiones del país la tragedia es doble porque las Farc les cobran a los campesinos que hace explotar alguna por equivocación -afirma el sacerdote Óscar Londoño, director de formación del SENA-. Los niños saben que caminan por zonas minadas pero en muchos casos no entienden el riesgo que corren".

Muchos niños se las ingenian para llegar a clases sin caer en las trampas explosivas, pero no siempre lo logran y muchos han muerto o han quedado  heridos. Otros abandonaron la escuela. Temen perder sus piernas o morir.

Seis pelotones del Ejército, cada uno de 40 hombres, trabajan en el desminado de escuelas y caminos veredales. Ya lo hicieron en El Dorado (Meta) y en El Chocó, una vereda de San Carlos (Antioquia). Esta semana la misión fue 'limpiar' la escuela de Boquerón, donde estudiaban John Ferney y 44 niños más, y que está abandonada desde hace cuatro años.

Pupitres oxidados, cuadernos, juguetes y libros que se pudren en el piso, y una cruz en memoria de los tres niños que murieron cuando intentaban ir a clase son testigos mudos del horror que sembraron las Farc y las Auc que dejaron su huella en los tableros, puertas y paredes de la edificación. "Llevamos 18 meses desminando toda la zona -dice el teniente Juan Carlos Betancourt, a cargo del grupo adscrito al batallón Juan del Corral-. Hemos destruido ya 135 minas antipersonales y 45 tipo Vietnam". Cuenta que en la escuela hay tres minas que deben de-sactivar. Hacerlo puede tomarles a sus hombres desde horas hasta semanas, depende de muchos factores. Un guerrillero solo necesita 10 minutos para sembrar uno de esos artefactos letales.

Javier Dávila, uno de los soldados a cargo de detonar las minas, sostiene que cada movimiento está calculado, que debe guardar, como mínimo, una distancia de 100 metros. "Es una tensión muy grande, es un momento que puede cambiar para siempre el destino -dice-. Basta un segundo de desconcentración para que uno o cualquiera de los compañeros deje de existir".

En como un acto ritual. Arrodillado al lado de una mina, otro soldado empieza el desminado. "Me siento como si fuera un sacerdote que está limpiando el mal de la tierra -asegura-. El que las arranca está salvando niños". Un minuto después, uno de sus superiores hace el conteo regresivo, él se aleja lentamente del artefacto explosivo. Minutos después, la explosión... Misión cumplida.

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