El último de los mohicanos

Galán quería cambiar el rumbo del Partido Liberal y quitárselo a los barones políticos. Foto: Archivo Cambio

Galán pertenece a una larga estirpe de líderes de los dos grandes partidos históricos que impulsaron reformas desde adentro. Fue un liberal no solo en su espíritu, sino un miembro convencido de su colectividad. Es verdad que creó una disidencia alrededor de su figura y su personalidad -se hablaba de Nuevo Liberalismo pero también de galanismo-, pero el discurso estaba estructurado sobre la necesidad de fortalecer los partidos y el Congreso. Por esto es, en cierto sentido, una figura del pasado. Más aún: encarna la transición entre el período inmediatamente anterior a la Constitución y el posterior a ella. 

De hecho, la trayectoria de Galán se consideraría hoy atípica: un miembro de un partido tradicional, con una destacada actividad parlamentaria con múltiples ramificaciones en la provincia que, sin embargo, se dedica a defender la moralidad pública, hasta dar su vida por ella. 

Galán quería cambiar el rumbo del Partido Liberal, y quitárselo a los barones electorales de los departamentos, mezclados con narcotráfico, paramilitarismo, y múltiples factores de ilegalidad. En esta lucha tenía la esperanza de atraer el "voto de opinión", un término genérico que incluía como núcleo y auditorio fuerte a la clase media de las grandes ciudades. Y, en efecto, Galán se volvió una potencia electoral en la capital. Logró canalizar la rabia de ese "ciudadano indignado", según la expresión de Marco Palacios, de ese "centrismo furioso" que se rebelaba contra las turbias audacias de los políticos y los hampones, y que aspiraba vagamente a construir una democracia basada en el respeto a la ley.

Bogotá ha tenido la especificidad de inclinarse hacia las propuestas innovadoras y críticas (no necesariamente de centro-izquierda). Es una larga tradición: en los cuarenta fue galanista, en los setenta anapista, y en los ochenta galanista. En términos simples lo que digo es que, aunque distintas fuerzas han obtenido una rebanada de la torta electoral, las grandes innovaciones en la capital han sido particularmente pujantes. Pero lo que ya no es una simplificación es afirmar que Bogotá fue la gran plaza liberal, algo reconocido por los conservadores en los tiempos de la Hegemonía.

Ante el desastre moral que representó el predominio del 'baronato' rojo en los ochenta, Galán permitió que los liberales bogotanos mantuvieran sus preferencias tradicionales y, a la vez, pudieran escoger a alguien que luchaba denodadamente contra la corrupción. Tras su asesinato esa opción desapareció. Esto, más el puntillazo final que representó el gobierno de Samper, tuvo un efecto simple pero decisivo: los liberales perdieron Bogotá. Salieron de la capital y ahora sus efectivos se refugian principalmente en poblaciones medianas y pequeñas.  No solo eso: muchos electores capitalinos decidieron no apoyar propuestas que tuvieran vínculos con los tradicionales.

Mientras tanto, el voto de opinión y el ciudadano indignado buscaron nuevas opciones: Mockus, Peñalosa -para triunfar tuvo que reinventarse como independiente-, más recientemente el Polo, y cierto tipo de uribistas, como Gina Parody. En otras ciudades se dio una evolución semejante pero con un rezago temporal. Claramente, las nuevas figuras también defendían la moral pero de manera distinta. Ni el Congreso ni los partidos tenían para ellas mayor significación. ¿Fajardo o Mockus de congresistas o asistiendo a convenciones? Parecería que si, con el malogro de Galán, el liberalismo perdió su último tiquete para montarse en una propuesta vinculada a la modernidad urbana, el sistema político perdió la opción de incorporar a los cuerpos colegiados y a los partidos en la construcción de formas de gobierno viables. Aun hoy carecemos de respuestas buenas en este sentido. El ejemplo más extremo: ¿qué mantiene vivas a las asambleas departamentales aparte del costo político de cerrarlas? 

El intento de Galán de reivindicar simultáneamente la moralidad y el Congreso, y de abstenerse de fáciles denuncias antiparlamentarias, subraya la fuerza de sus convicciones democráticas. Su famoso afiche es en cierta forma mentiroso, pues Galán utilizaba su rabia y su apasionamiento para defender propuestas moderadas, las sólidas ortodoxias de la democracia representativa. No le conozco un solo llamado a la hipertrofia del Ejecutivo, al linchamiento del adversario o a la limitación de las libertades públicas.  Estaba en el terreno firme de los pesos y contrapesos, la alternación en el poder, la ampliación gradual de los derechos. Nadie que reclame sinceramente su herencia intelectual y moral puede ir en contravía de esto que constituye la arquitectura básica del galanismo. Sólo que, como su mentor inicial Carlos Lleras Restrepo, pensaba que la única manera de mantener viva y sólida la democracia era cultivar partidos fuertes y programáticos. Hizo por esto un enorme esfuerzo intelectual por redescubrir a Colombia, y por transformar ese conocimiento en propuestas de gobierno. Y trató de demostrar que, contrariamente a los barones electorales de su partido, era posible atraer a votantes con propuestas universales y abstractas. Si bien esto no le permitió ganar muchas elecciones, a la larga le ayudó a construir el capital político y cultural sobre el que finalmente se convirtió, de lejos, en el candidato con más opción para gobernar a Colombia.

Pero es precisamente esto lo que también muestra a Galán como una figura que expresa una aspiración a la modernidad que prefigura la Constitución de 1991: el canto del cisne de una forma de hacer política centrada en la imagen de partidos históricos, grandes, muy estructurados, capaces de generar poderosas lealtades y de coordinar sus acciones a nivel nacional (el Nuevo Liberalismo lo hacía desde el comienzo, usando a la figura de su líder hasta en las elecciones más pequeñas, cosa que hoy ya no es posible) y de sintetizar en sus programas los saberes más adelantados de la sociedad de su tiempo. Este era el instrumento imaginado por Galán para escapar del pantano. Que esta propuesta no haya resultado viable simboliza e influye en toda la trayectoria de los 20 años siguientes. A la vez, el esfuerzo por volver a meter en la legalidad al sistema político, anticipó e informó a la nueva Constitución. Esta era la pelea central, según Galán. Todavía no se ha ganado.

Por Francisco Gutiérrez Sanín,
politólogo.