Julio 8 de 2009

Vea un recuento de las más recientes obras literarias y teatrales relacionadas con las drogas

Fondoblanco
Alejandro Arciniegas Alzate
Icono, 118 páginas.

Primera novela del joven autor colombiano que se acerca, con un tono ágil y despojado de pretensiones moralizantes, al mundo de la droga y la delincuencia en Bogotá. Las andanzas de unos personajes que buscan desesperados las sustancia que calma su adicción y que viven, día a día, la pesadilla de la abstinencia por no conseguirla, son descritas aquí de manera directa, sin llegar a lo didáctico, y con algo de buen humor.

Madera Salvaje
Santiago Andrés Gómez
Ediciones B, 174 páginas.

Gómez, crítico de cine paisa, se lanza a la publicación de su primera novela en la que se desnuda abiertamente y cuenta sus primeras experiencias en el consumo de drogas y su decadente viaje a través suyo. Su vivencia está atada inevitablemente a la violencia vivida en Medellín a finales de los ochenta con la presencia aplastante de Pablo Escobar. Sin justificar en ello su consumo, sí usa ese escenario degradado para construir sus relaciones, anhelos y amores.

Orejas de pescado
Marta Orrantia
Planeta, 206 páginas

David llama a Isabel y le dice que se mató. Acaba de dispararse dentro de la tina de su casa y alcanza a hacer la llamada, tal vez con el deseo oculto de que lo logre salvar. Aunque rápidamente cambia de opinión. Más vale un tiro seguro. Qué tal quedar condenado a una máquina respiradora o siendo un peso de más para su mamá. Ya con el daño que le ha hecho es suficiente. Y aunque todo eso lo piensa rápido, nada en este libro es precipitado.

Ha logrado rumiar el dolor por años. Desde esa infancia desdichada, con una figura paterna hiriente, detestable. Se ha tomado todo lo que ha querido, ha metido todo lo que ha podido, ha puteado con cuanto cuerpo se le ha atravesado. En realidad, si la muerte no había llegado antes, la estaba buscando con paso seguro. Que los amigos ya no estén, que el pasado se haya quedado en el pasado, que sea imposible de volver, son excusas patéticas de alguien que decidió anclarse en un tiempo sin retorno. Que nunca vio una salida y fue hundiéndose certeramente a través de los años.

Así va desmadejándose una historia que gira alrededor de ocho personajes, todos irremediablemente atados a la figura de David. Isabel, Julieta, Ana, Mauricio, Pablo, Henry y Bruno, estos dos últimos, uña y mugre, Batman y Robin. Todos se acompañan en sus soledades y las ahogan con buenas dosis de bourbon, con uno que otro pase de coca, y con música, mucha música. Todas, tácticas de distracción que funcionan mientras estén bajo su efecto.

"... Y yo. Yo me aburrí de verlo solo, corté de lleno con el pasado, me fui a enfrentarme a otro presente, que era menos real y menos doloroso. Y David se quedó  ahí. Anclado como un marinero jubilado, esperando el momento propicio para levar el ancla y volver a zarpar. Y nos llamó. Nos llamó a todos mil veces. Pero todos tuvimos orejas de pescado y nos hiciemos los locos y guardamos silencio y ahora, puta, ahora sí que se hizo oír...", escribe Marta Orrantia, quien en esta primera novela explora brillantemente la decadencia de ese grupo de amigos imbuidos en su incapacidad para encontrar la felicidad. Quien habla es Isabel, ese personaje fascinante que va descubriendo cómo su amor malsano hizo todo por que David nunca lograra salir de su hueco. Va entendiendo mientras pasan las horas en donde tendrá que leer su última voluntad, que fue perversamente calculadora. Que impidió que Julieta y él pudieran lograr estar juntos, que Pablo viviera con culpa, que Ana nunca lo pudiera olvidar. Ni ella.

Lo increíble del relato, destructivo, adictivo, profundo, es que no es posible despreciarlos lo suficiente. Es tan espantosamente humana semejante soledad que uno llega incluso a entenderlos, a congraciarse. Cada personaje es complejo, frágil, lleno de fiereza y miedos y se ve enfrentado a una toma de decisiones que a veces parece que los va a romper por dentro. Y lo hará. D.R.D.

Trainspotting
Adaptación del libro de Irving Welsh por Mario Duarte y Matias Maldonado
Teatro Libre

La eterna adolescencia, el miedo a crecer, la fuga de la realidad, la ausencia, la pérdida, la tentación, la presión, la necesidad de encajar, la pérdida de pudor, la ruptura de las relaciones, la impotencia sexual, pero también el derroche sexual, son algunas de las sensaciones que quedan al ver la obra. Percepciones que al parecer, según el informe sobre los adolescentes y las drogas aquí adjunto, no comparten los más jóvenes, pero que sin duda alguien que está arriba de sus treinta reconocerá plenamente. 

La historia choca porque es real, porque se ve a la vuelta de la esquina, porque es creíble, porque está el dealer que le rompe la cabeza a los niños sin pudor y que no tiene ningún problema en venderle droga hasta a sus más allegados. Pierde toda la noción de moral, de límite. Incita al consumo al dudoso, le fía, le regala en silencio para que no pueda decir que no. La presión de ver que su círculo está rodeado de droga lo hace caer en la tentación. A pesar de ver que su amigo Marco no puede pasarse un día sin consumir, que le pide prestado para el vicio, que necesita tomar, y estar aislado de la realidad. Marco (Bernardo García), el adicto, sabe bien lo que quiere, si a mí me ponen a escoger qué hacer, pues prefiero no hacer nada, está jodido, perdido, no le interesa la vida, insulta a sus amigos, a una novia que lo acompaña en sus andanzas, le pide a la empleada de la casa que le deje las pastillas de válium en la matera de la entrada y que, sobre todo, no le cuente a su mamá. Vive metido en un bar de mala muerte, con amigos igual de perdidos. Sabe que está en la mala, que amaneció vomitado, cagado, que la luz de la mañana no lo acompaña. No entiende cómo una familia pueda desayunar con morcilla, sólo atiende a sus necesidades, a su intensa necesidad de meter algo, lo que sea. Intenta probar algo que se mete por el culo pero le da muy duro. Es la muestra fehaciente de la falta de límites que tiene un adicto, embalado, y que no parará hasta obtener lo que quiera, pidiendo prestado, limosneando una moneda con los amigos, pidiendo fiado. Sabe que está mal, que está mal rodeado, que la tiene perdida, que está espantosamente solo en eso, y sin embargo, no logra salirse. Cuando su tío le dice que el muerto de la familia debería ser él y no su primo, le jode la cabeza, le hace preguntarse un par de cosas, sin embargo, poco tiempo pasa antes de que esté pidiendo más y más droga. Ella, Allison (Paula Estrada), es una chica que quedó preñada joven, trabaja en una tienda de mala muerte, un restaurante de medio pelo al que los clientes no pueden esperar que les sirvan un vino decente. Mete de todo también, bazuco, toma trago, se deja coger de los tipos, no tiene ningún pudor en decir que le mete un tampón a la sopa de tomate de unos clientes que le cayeron mal, se sienta mal, se le ven los calzones desenfadadamente. Es un personaje interesante. Muy bien actuado. Perdido como los demás. Se le daña la cabeza cuando se da cuenta tras un viaje bárbaro de Madre superiora -heroína- que su bebé ha muerto. Todo ocurre rápido, todos se conmueven por un instante, se arriman al carrito que servía de escondedero de la droga del Ganso. Buscan responsables, ¿usted no se acostó con ella?, si a mí ni se me para, dice Marco a la defensiva. Ella, tirada en el piso, llora desconsolada, hasta que le dice a Marco, en medio de las convulsiones, que si se meten un pase. Luego, aparece muy transformada en una recatada joven que se curó con el cristianismo y que critica la forma como sus amigotes le hacen daño a sus cuerpos. La religión es una manera de evadir también, de meterse dentro de una burbuja que supuestamente la protege. Franco (Camilo Saénz), el que no mete, tampoco está libre de pecado. Toma como loco y está enfermo del deseo por coronar, de ganársela fácil. Practica locamente ejercicio, desprecia a la mujer con la que sale, pero luego de maltratarla se deja dominar por ella, se quiere comer a Allison como sea, se indigna porque un man no lo reconoció y cómo no me va a reconocer a mí, grita hijueputazos ventiados y amenaza permanentemente no se sabe si en broma o en serio. También sabe que está jodido. El gordo, bonachón y buen amigo (Matías Maldonado), le presta a su parche para que se jodan la cabeza, se muere por una chica, Laura, que mete algo que la hace volar, termina cayendo y convirtiéndose en un adicto más. Igual de perdido, de jodido que los demás.

Seguro que entre adultos, moralistas, no será bien recibida. Por el lenguaje, por la franqueza casi excesiva del lenguaje sexual, por la literalidad de las situaciones, perfectamente descritas para el que quiera ver algo que pasa. No es amable, por supuesto, es asquerosa y patética, todo, las situaciones, las relaciones, los lazos, a pesar de todo de estos amigos que no se sabe cómo permanecen juntos, ¿será que la desgracia junta? Los personajes están perdidos, terriblemente perdidos y en eso el mensaje de Mario Duarte está clarísimo, pues quedan mil preguntas por hacerse. D.R.D.

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Phármakon
Original de Carlos Mayolo, adaptada y dirigida por Sandro Romero Rey
Casa Ensamble

Sorprendente. Desde el primer instante, cuando Alejandra Borrero entra a la sala, es claro que encarna a Mayolo. Camina pesadamente vestida con su gabardina característica, con los ojos vidriosos, perdidos, el pelo desordenado, la camisa ligeramente chorreada por algún café indiscreto. Hasta ahí, la caracterización es perfecta. Abre la boca y es simplemente él. La manera como ahoga las palabras entre susurros y gritos, con esa voz recorrida, a la que ya no le importa nada, revelan el fin de la vida.

Mayolo está en exámenes médicos, recluido, su compañía son la silla de ruedas, la camilla, la bacinilla y los múltiples diagnósticos que van contando, como apariciones esquizofrénicas en una pantalla al fondo, una vida consagrada a la droga y el alcohol. El panorama no puede ser peor: alcohol desde los 13, marihuana y coca desde los 20, LSD y hongos a los 28... Sin embargo, y sin ninguna intención redentora o apologética por parte del director, el personaje aflora todos sus miedos y angustias, su aburrimiento desde que nació, su necesidad de mediar la vida con alguna sustancia para soportarla, su búsqueda permanente de poesía, su brillante capacidad creadora, su labia elaborada.

Por momentos, uno lo odia profundamente, luego lo venera por algún destello de lucidez que demuestra lo grande que fue, lo compadece por patético o le genera la mayor de las ternuras. A pesar de la dureza del tema que trata, de la crudeza con la que conscientemente se destruye, es imposible odiar la obra, es imposible odiar a Mayolo, es imposible no ver la tremenda humanidad que de ese enorme cuerpo brota. Bastaría a la gente ver la obra para siquiera darle el beneficio de la duda a un drogadicto, verle sus conflictos morales, ver que por supuesto no le pasa por alto su estado y que le es necesario escapar de su mundo consciente para sobrevivir al tedio. Y claro que no lo justifica. Simplemente lo vuelve humano, completamente humano. Gracias Mayolo por resucitar para mostrárnoslo. D.R.D.

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