CAMBIO habló con dos campesinos de Casanare que dejaron la semana pasada el Erpac (Ejército Revolucionario Popular Antiterrorista de Colombia).
"La noche que emprendimos la huida estábamos dispuestos a morir. Sabíamos que si no escapábamos de los dominios de 'Cuchillo', terminaríamos como acabaron 400 de nuestros compañeros: en un hueco en la tierra y con un tiro en la cabeza...". (Ver audios relacionados.)
'Alonso' y 'Alicia', campesinos de Casanare, se convirtieron la semana pasada en los primeros desertores del Erpac que vivieron para contarlo. Y su testimonio se sumará ahora a un cúmulo de evidencias con las que cuenta la justicia penal para ponerle fin a la historia criminal de Pedro Oliverio Guerrero Castillo, 'Cuchillo', jefe de esa organización, que en abril de 2006 se arrepintió de su desmovilización y ahora pretende entronizarse como cabeza de un imperio del narcotráfico en la Orinoquia colombiana.
La captura de Guerrero y de su principal socio, Daniel 'el Loco' Barrera -fallida hasta hoy- se ha convertido en una obsesión para el presidente Álvaro Uribe. Tanto, que en dos ocasiones reconvino públicamente al general Guillermo Quiñónez, entonces comandante de la IV División del Ejército, por el fracaso de la misión y hace doce días lo llamó a calificar servicios. También ha producido traumas en la administración pública de su zona de influencia, al punto de que el gobernador de Guaviare, Óscar López, está sometido a un proceso durante el cual deberá explicar por qué figura como socio de 'Cuchillo' en una empresa minera.
CAMBIO entrevistó a la pareja de campesinos pocas horas después de su llegada a una dependencia del Gobierno en Bogotá. Al cabo de una extenuante caminata por un paraje selvático, 'Alonso' y 'Alicia' dejaron atrás la pesadilla que durante 14 meses sufrieron como miembros del Erpac, grupo al que según ellos llegaron engañados.
Contrastados con los contenidos de expedientes de las unidades de Justicia y Paz y de Derechos Humanos de la Fiscalía, sus testimonios no solo confirman los alcances de la red criminal, sino que pueden servir para poner al descubierto un verdadero genocidio cometido en una especie de campos de concentración en los que 'Cuchillo' imponía métodos aterradores para seleccionar a sus huestes. "Allí solo sobrevivían los más fuertes", cuenta 'Alicia'. "Hacíamos flexiones de pecho, saltarines y sentadillas y al menor signo de desfallecimiento las balas levantaban la tierra a centímetros de nuestros cuerpos. Los que se rendían, terminaban fusilados".
Con base en sus versiones, avaladas por las autoridades, CAMBIO reconstruye la historia de los dos primeros desertores que logran burlar el aparato de seguridad dispuesto para 'Cuchillo'.
El señuelo
A finales de octubre de 2007, después de una larga temporada sin trabajo, la joven pareja campesina recibió una oferta que, en sus condiciones, sonaba tentadora. Un hombre con marcado acento llanero se presentó en su casa en Yopal y les dijo que un finquero de la región estaba dispuesto a pagarles 500.000 pesos a cada uno y a darles alimentación a cambio de administrar uno de sus hatos.
Les dijo que el tiempo apremiaba y que por eso su disposición debía ser inmediata. Esa misma noche una camioneta llegó a recogerlos para llevarlos al que sería su nuevo hogar. 'Alicia' apenas tuvo tiempo para encargarle a su familia el cuidado de su hijo de 6 años. La travesía sería larga. Hacia las 3:00 de la mañana, el vehículo se detuvo en una zona de piedemonte. Sus pasajeros descendieron perezosamente y cuando creían que tendrían unas horas de descanso en su nuevo destino, se encontraron con un piquete de hombres armados y de trato tosco.
No pasarían la noche en una cama sino en el piso de un cambuche. Eran las 5:00 de la mañana y mientras los recién llegados intentaban conciliar el sueño, una diana al estilo militar los obligó a ponerse en pie. En ropa interior, fueron obligados a formar al lado de otras 36 personas que, a juzgar por su semblante, tampoco sabían lo que les esperaba.
A esas alturas, ya era claro para todos que aquella no era la oportunidad laboral que tanto añoraban. "El que intente irse de aquí se muere", les notificó con cara de pocos amigos el hombre que sería el comandante de su 'compañía'. Febriles ejercicios físicos y de orden cerrado antecedieron a un anuncio adicional: "A partir de ahora todos estamos a órdenes de nuestro jefe máximo, el 'general' Cuchillo", como se hacía llamar.
Quince días después, pocos se adaptaban a las nuevas condiciones y les resultaba difícil entender en qué extraña trampa del destino habían caído. Los más débiles acusaban cansancio o estaban enfermos. Algunos intentaron huir y el episodio fue utilizado por el jefe del grupo para darles una lección a los demás. Cuando cuatro frustrados evasores fueron atrapados de nuevo, un pelotón los fusiló frente a los demás. "Uno de los muertos era de los más antiguos y llevaba dos meses en el curso, si es que se le puede llamar así", recuerda 'Alonso'.
La ley del más fuerte
Quizá por la resistencia que comenzaba a surgir en el grupo, el 'estado mayor' de 'Cuchillo' envió al centro de concentración a un hombre que se presentó como Jacinto. Su tarea era darles a conocer a los noveles y forzados reclutas las plataformas ideológicas de la organización. Fue él quien por primera vez les habló del Erpac y les dijo que su misión era combatir a la guerrilla que asolaba pueblos campesinos y les quitaba el sustento a sus familias. "Ustedes son luchadores de una causa", les dijo. Muy pronto sabrían que su verdadera misión sería prestar seguridad a cultivos ilícitos y a mercaderes del negocio de la coca, entre ellos no pocos guerrilleros que llegaban a abastecerse.
Transcurridos dos meses, cuatro camionetas recogieron a los 'alumnos' del curso. Su destino sería el sitio Caño Jabón, cerca de otro conocido como California, en comprensión municipal de Mapiripán (Meta). En esa área estratégica para los intereses del Erpac, los aguardaba un hombre que se presentó como el "teniente coronel Carepa". A esas alturas el grupo ya sabía que los jefes de la organización criminal intentaban copiar la estructura jerárquica de las Fuerzas Militares.
Cincuenta miembros de la 'compañía' quedaron allí mismo a órdenes de 'Carepa'. "Nos dieron responsabilidad de área, camuflado y fusil", recuerdan 'Alonso y 'Alicia'. El uniforme y el armamento largo lo utilizarían solo durante los patrullajes diurnos. Las guardias y rondas nocturnas se hacían de civil y con armas cortas.
Un baño de sangre
Hacia agosto de 2008 hubo un relevo en el mando. 'Carepa' fue sustituido por el 'teniente coronel Narváez', quien concentró a sus hombres en las riberas de El Siare, en Vichada. Pocas semanas después llegó la orden de 'Cuchillo' de recoger en Pueblo Seco, cerca de Mapiripán, a todas sus tropas repartidas en Guaviare, Meta y Vichada. Un cruento cedazo les serviría a los jefes para seleccionar a las 150 personas que a partir de ese momento conformarían los destacamentos de confianza de 'Cuchillo'.
Al término de la recogida había cerca de 700 'combatientes'. La selección definitiva sirvió para agrupar aquellos 150 hombres y mujeres que habían demostrado especiales habilidades físicas y la requerida actitud mental para actuar a sangre fría. En medio de malos presagios, los 600 restantes recibieron la promesa de que quedarían francos, es decir, en libertad para regresar a sus casas.
Algunos pocos afortunados, especialmente aquellos que habían echado raíces con sus familias en San Martín y Granada, en el Meta (epicentro de la acción del Erpac), pudieron regresar con los suyos. Pero pronto quedaría al descubierto que se trataba de una jugada táctica para convencer a las gentes de la región que el reclutamiento hecho por la organización se movía dentro de unos límites de respeto a los derechos humanos y que cualquier joven llamado a las filas tenía la opción de seguir o abandonar voluntariamente.
Los demás, tendrían un destino trágico común. Algunos de los 150 seleccionados recibieron la misión de ejecutarlos por el camino que creían de regreso a sus casas. "Algunos de ellos nos contaron al regresar a los campamentos cómo habían matado a sus antiguos compañeros y cómo algunos de ellos intentaron, desesperadamente y sin éxito, escapar de la muerte", dice 'Alicia'. Ella y su compañero aseguran que se produjo un verdadero baño de sangre en el que cayeron más de 400 víctimas (ver recuadro).
Aquellos que tuvieron la dudosa fortuna de quedar seleccionados, seguirían siendo rehenes de un oscuro destino. Divididos en tres compañías de 50 hombres cada una, quedaron a órdenes de los 'coroneles' 'Carepa', 'Narváez' y 'Pija Arbey'. Este último hombre, acaso el más sanguinario de todos, se ganaría el puesto de jefe militar de 'Cuchillo'. Su nombre de pila es Martín Farfán Díaz González, es oriundo de Puerto Lleras (Meta) y tiene 30 años de edad. Su poder creció después de la muerte de 'Carepa', ocurrida entre Puerto Gaitán y Mapiripán a comienzos de enero pasado.
El hecho de pertenecer al 'cuerpo élite' seleccionado, no les garantizó nada a los 150. Sus jefes les dejaron en claro que no habría permisos para nadie. Seguiría vigente la pena de muerte para los que quisieran dejar las filas, y aunque tendrían la posibilidad de hacer llamadas telefónicas esporádicas, estas debían producirse bajo un estricto régimen de vigilancia. Habría un salario de 500.000 pesos mensuales, pero los pagos jamás se harían cumplidamente, sino cada tres o cuatro meses.
El dinero también sería una ilusión porque los miembros de la tropa debían pagarse sus víveres, elementos de aseo y vestuario y escogerlos exclusivamente de las ofertas que les haría la propia organización. Así, la plata se quedaba allí mismo.
El escape
'Alonso' y su compañera habían llegado al límite. Las constantes masacres, la zozobra que no daba tregua y el régimen opresivo que se hacía presente hasta en las situaciones más cotidianas, los convencieron de que había que asumir el riesgo de salir de allí, aun a costa de sus propias vidas.
Una noche de finales de enero pasado, cuando su grupo acampaba en inmediaciones de Puerto Siare, en la selva profunda de los límites entre Meta y Guaviare, coincidieron en la prestación de la guardia. Se habían ganado una cierta confianza de un tal 'capitán J' y del 'teniente Cholo', mandos medios de su escuadra encabezada por 'Niche', conformada por 12 hombres. Se alejaron del grupo, en medio de la oscuridad, y decidieron lanzarse en su aventura por la libertad sin armas y en traje de civil. Las de dotación fueron abandonadas entre un matorral, a orillas de una carretera.
Eran las 9:00 de la noche cuando iniciaron su azarosa travesía. Caminaron y corrieron durante cinco horas. Sabían que no más de media hora después su ausencia sería notada y que los escuadrones de ejecución saldrían a buscarlos como perros de presa. Además los llamados "puntos" representaban una amenaza adicional. Ese es el nombre que la banda les da a aquellos civiles distribuidos por toda su área de influencia con la obligación de reportar a través de radios de comunicación cualquier movimiento inusual de personas o vehículos.
Su travesía nocturna tuvo como primer destino un caserío llamado El Rincón del Indio. Allí aguardaron el amanecer y después tomaron rumbo a Puerto Gaitán. Al cabo de un viaje que les pareció infinito, llegaron a este municipio y de allí se desplazaron hasta Villavicencio, donde finalmente fueron acogidos por las autoridades. Ahora están dispuestos a hacer valer su historia ante la Fiscalía para proteger, según ellos, a aquellos miembros de las huestes de ''Cuchillo' que, sin saberlo, se convirtieron en rehenes de la muerte.
El reto para las autoridades es desmantelar a esa organización y devolver sanos y salvos a quienes, contra su voluntad, permanecen en las filas de quien es considerado por las autoridades como uno de los narcotraficantes más peligrosos del país.
EL ENIGMA DE LAS FOSAS
Desde abril de 2006, cuando 'Cuchillo' se negó a recluirse en la sede de Prosocial en La Ceja (Antioquia), donde quedaron confinados los jefes paramilitares desmovilizados al amparo del proceso de Justicia y Paz, y se decidió volver a la clandestinidad, las autoridades han buscando en fosas comunes los despojos de sus víctimas. En un rastreo que incluye territorios de los tres departamentos de su zona de influencia, los equipos de investigadores de la Unidad de Justicia y Paz han hallado restos de 188 personas, de las cuales han logrado la identificación plena de 13.
La búsqueda se ha concentrado en El Trincho, zona limítrofe entre Meta y Guaviare y Pueblo Arrecho, en este último departamento, y se ha extendido hasta las estribaciones de la Sierra de la Macera, en la antigua zona de distensión con las Farc. "Allí en la sierra -explica uno de los investigadores- buscamos 1.050 muertos, aunque no estamos seguros si el victimario es 'Cuchillo' o la propia guerrilla". Además, el 15 de mayo de 2008, en la vereda El Tropezón en Puerto Santander, Meta, la Fiscalía adelantó una revisión de fosas que al parecer son de 'Cuchillo'.
Sin embargo ahora, los testimonios de 'Alonso' y 'Alicia' harán forzosa la ampliación de la búsqueda a otras regiones donde, según ellos, se encuentran los restos de 400 de sus infortunados compañeros.