Cuando Fernando Trujillo arribó al Amazonas en los años ochenta, los indígenas se le burlaban cada vez que se metía en el río a buscar delfines rosados. Allá llegó cuando esta región no aparecía en ningún folleto turístico y contradiciendo a muchos profesores universitarios que le habían advertido que esos animales no existían en Colombia.
Cuando se subía a alguna lancha, y luego de horas tratando de encontrar a algún ejemplar, los nativos le gritaban 'Omacha' y se reían. Trujillo se demoró en comprender que con esa palabra los indígenas lo habían apodado 'el delfín que se transformó en gente'.
Pero lo que sí entendió muy rápido fue que había adquirido una misión como biólogo marino: convertirse en defensor de esa especie, y de paso, de todo su entorno.
Ya lleva más de 20 años en esa labor, en muchos casos 'nadando' contra la corriente, y con el respaldo de una organización sin ánimo de lucro que bautizó con un nombre obvio: Fundación Omacha. Su trabajo ha sido integral. No solo investiga el comportamiento y los recorridos de los delfines. También les enseña a las comunidades que cazarlos no está bien. Y es que los pescadores los descuartizan para usar su carne como carnada y capturar cientos de bagres, que luego venden en los mercados ribereños.
Por eso se ha convertido en la única esperanza para evitar su extinción, como una especie de 'ángel de río'. De paso, ha contribuido al control de manatíes, tortugas y caimanes que hacen parte del hábitat del delfín, y les ha enseñado a más de 200 familias nativas a reemplazar la pesca por otros métodos de subsistencia como los trabajos artesanales.
En el Vichada Trujillo creó, además, la reserva natural Bojonawi, a 15 minutos de Puerto Carreño. Es una especie de 'arca' blindada de 4.800 hectáreas que repele cualquier agresión contra el medio ambiente en la zona, donde es muy común que la flora típica sea talada para sembrar cultivos ilícitos.
Por todo este trabajo, Trujillo es el único colombiano que ha recibido el premio Whitley, en Inglaterra, lo más parecido a un 'Nobel' ecológico, y el que 'peleó' codo a codo con 80 ambientalistas de todo el mundo. Pero él comprende que acá lo importante es la misión a cumplir. "No es cuidar por cuidar. La idea es acercarse a las comunidades para mostrarles otras formas de ingresos diferentes a la pesca extensiva o la cacería, para que valoren lo que tienen y aprendan que matar un jaguar u otro animal implica un retroceso", dice. Y agrega: "No estoy salvando a los delfines porque sean bonitos, sino porque hay toda una problemática social a su alrededor y uno en la vida tiene una misión y esta es la mía".