Lo único que el profesor Gustavo González encontró cuando llegó a dictar clase de música en la escuela María Montessori, al sur de Bogotá, fue un viejo órgano sin teclas. Pero él no se inmutó: es un hombre acostumbrado a arrancar con las manos vacías y el corazón lleno.
La ventaja es que él le pone melodía a ese optimismo. Es una prerrogativa que el destino le enseñó desde cuando tenía 15 años y debía empacar productos en un supermercado en el día y terminar su bachillerato en las noches. Llegaba a la estrechez del rancho de tejas de cinc en donde vivía, pero encontraba a su padre -un obrero- tocando en la guitarra una armonía que parecía darle otro sentido a su vida.
A él esas armonías lo marcaron, y luego de graduarse en la nocturna estudió una licenciatura en Música en la Pedagógica. Su objetivo era aprender a enseñar y demostrar que la música es vital en la formación. "Si a los profesores los subvaloran -advierte-, sucede mucho más con los que enseñamos música. Creen que solo servimos para amenizar las izadas de banderas".
Hoy enseña Música en la escuela María Montessori, a la que asisten niños muy pobres, como era él. Pero allí ha logrado mostrarles, como lo hizo su padre, un nuevo horizonte: ha conformado varias orquestas tropicales, grupos folclóricos y hasta una 'mini' sinfónica. A sus 44 años, ya ha cosechado más de lo que sembró: varios de sus pupilos triunfan en Europa y otros incluso ya han grabado sus primeros discos. Todos empezaron en el rudimentario estudio musical que él mismo construyó en la escuela hace 12 años, en el mismo lugar en donde un día encontró un órgano sin teclas. "La música crea disciplina, edifica y forma, y eso se extiende a todas las áreas del aprendizaje", afirma. Esa pasión por la música y su método de enseñanza a través de ella fue lo que apreció el jurado del Premio Compartir al Maestro, que lo distinguió como el mejor docente del país. Un galardón merecido para un gran maestro de la vida.