El 25 de mayo de 2001, cuando Margarita Rosas celebraba su cumpleaños número 21, decidió que su vida tenía que cambiar de rumbo. Ese día, en vez de irse de fiesta a la Zona Rosa, se fue de expedición a Ciudad Bolívar, la zona que unos meses atrás le había impactado por su pobreza a ella y a sus compañeros de Economía de Los Andes, cuando el profesor les quiso dar, en el terreno, una práctica de creación de nuevas empresas. "Para nosotros, en ese momento, el sur no existía", dice.
Con la imagen de los niños desamparados pegada a los párpados, la estudiante partió unas semanas después a un viaje de intercambio que tenía a Estados Unidos. Y allá, en Iowa, le relató a su 'nueva' familia las miserias de una gente que no sospechaba que Norteamérica existía. Y la narración de esas tristezas fue tan conmovedora que, a su regreso, trajo varias donaciones en dólares y, lo más importante, padrinos esperanzados que querían ayudar, cada uno, a un niño desvalido.
Así nació la Fundación Nueva Vida para Todos, cuya sede está en los barrios Paraíso y Mirador de Ciudad Bolívar. El programa de voluntariado que impulsó Margarita, junto con 14 compañeros de la facultad, tiene como objeto atender las necesidades básicas de 23 niños apadrinados por generosos donantes de Nashua, Iowa. Con el tiempo, fueron muchos los que se unieron a la causa debido al éxito de la labor. La Fundación empezó a recibir cientos de solicitudes de estudiantes, profesionales y amas de casa, una avalancha de buenos colombianos llenos de inmensas ganas de aportar en la construcción de un mejor país.
Este año, 150 niños gozan de un padrino que aporta 70.000 pesos al mes para su manutención. "El diferencial que nosotros tenemos -dice Margarita- es que acompañamos a cada niño en su proceso de desarrollo". Muchos voluntarios aportan allí su trabajo hasta que se construyen lazos con niños descuidados como Julián, de 18 años y que sufre de osteoporosis, pero que está listo para viajar a Iowa a conocer al padrino que le salvó la existencia.