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Los Cano no pierden la esperanza de que algún día llegue la Justicia. Un nieto de José Donier, de 6 años, recita lo que le enseñó la abuela: "A mi papito José lo mataron con dolor, lo mismo que mis dos tíos. La tristeza fue muy grande, pero ellos ya están en el cielo con mi abuelita querida. Nosotros seguiremos en la tierra exigiendo la Justicia".
'In memoriam'
Los Cano quieren dejar constancia histórica de lo que ocurrió en Trujillo, donde los paramilitares y sus motosierras acabaron también la vida del cura Tiberio Fernández. Fue el 23 de abril de 1990, después de que desde el púlpito denunció lo que estaba ocurriendo. "Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré", dijo entonces el sacerdote. Poco después lo silenciaron.
Luego de su muerte se desató una oleada de violencia: torturas, desapariciones y asesinatos. Ebanistas, promotores culturales, motoristas, tenderos, comerciantes, inspectores de Policía, mujeres, líderes comunitarios, agricultores, recolectores de café, jóvenes señalados de "viciosos" y ancianos dueños de fincas figuraron entre las víctimas. "Lo que nos pasó a nosotros fue de lo menos peorcito que se vivió por aquí -dicen los Cano-. Hubo gente que terminó convertida en un montón de pedacitos que cabían en un costal, a algunos los quemaron vivos".
Estas historias hacen parte de las centenares que recogió el Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, y que serán presentadas el 9 de septiembre en un primer libro titulado "Trujillo: una tragedia que no cesa", durante la Semana de la Memoria. Del grupo coordinado por el historiador Gonzalo Sánchez, hacen parte historiadores, antropólogos y sociólogos que escogieron el caso Trujillo como punto de partida, porque lo consideran emblemático de los principales rasgos de la violencia contemporánea. "Es la tragedia de la población civil en medio del conflicto; la eliminación y la coacción sobre los movimientos sociales en un escenario de convergencia de actores armados legales e ilegales; la sevicia ejercida sobre las víctimas; la impunidad en el plano interno y la resistencia de las víctimas al olvido y a la injusticia", dice Sánchez.
Fue en Trujillo donde los paramilitares empezaron a usar en forma sistemática la motosierra y métodos de tortura. "Pareciera adivinarse un aprendizaje de las más perversas técnicas de tortura empleadas en las dictaduras del Cono Sur", dice en uno de sus apartes el informe conocido por CAMBIO. Y explica que "la deshumanización de la víctima antecede o es condición para el ejercicio de la crueldad por parte del victimario", que descomponer el cuerpo, despedazarlo, desfigurarlo y desaparecerlo son "operaciones tendientes a quitarle a la víctima el rostro de humanidad del que es portadora".
En memoria de las víctimas se ha levantado un parque monumento en la parte más alta de Trujillo. Allí reposan los restos de 240 personas. Cada lápida evoca sus oficios. De los desaparecidos, que fueron descuartizados y lanzados al río Cauca, se exhiben fotografías en un salón especial. Es el resultado de más de 10 años de recolectar elementos para conservar esa memoria y la memoria de una tragedia sobre la cual no se ha escrito el último capítulo. La tarea la emprendieron la religiosa Maritze Lagos y la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo, Afavit. "El propósito es mostrar que, 20 años después, sigue la impunidad, y que las nuevas generaciones sepan todo lo ocurrido para prevenir que la barbarie se repita".
Pero la barbarie se repite, como lo atestigua Laura Cecilia Rodríguez. Su hijo de 18 años fue asesinado hace tres meses por 'Los Rastrojos', porque se negó a trabajar con ellos. La violencia no para, se reedita y se repite en un eterno retorno de lo mismo. Las heridas siguen abiertas.
MÁS VALE TARDE...
Pasaron 18 años antes de que la Justicia llamara a juicio a dos ex oficiales y a un sargento por las masacres de Trujillo. En marzo fueron capturados el teniente (r) de la Policía, José Fernando Berrío, y el sargento Aníbal Álvarez Hoyos, y el pasado 15 de agosto, el fiscal Eduardo Meza, delegado ante el Tribunal Superior de Bogotá, ratificó la acusación contra el teniente (r) del Ejército Alirio Antonio Urueña como coautor de las matanzas de Trujillo en 1990, quien entonces tenía el grado de mayor. Hoy está preso en La Picota acusado de concierto para delinquir, tortura y homicidio.