Límites éticos de la globalización

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 Por Hans Küng

PARTO EN LA PRESENTE conferencia de cuatro tesis sobre la globalización que ya he fundamentado detalladamente en el libro Una ética mundial para la economía y la política, que desde su publicación ha hallado una especie de amplio consenso: la globalización es inevitable, ambivalente, imprevisible y gobernable.

Permítanme introducirme en la problemática con una experiencia que tuve en el Foro Económico de Davos, que les mostrará que la ausencia de límites que se busca tanto en la política como en la economía mundiales, representa una gran tentación y un gran peligro.

En aquella ocasión, en Davos, había escuchado el discurso del vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney. El lobo había metido las patas en harina y, por tanto, ocultó en su discurso la ilimitada aspiración hegemónica de Estados Unidos detrás de la lucha a escala mundial contra el terror y en pro de la democracia.

En mi opinión, las preguntas que después del discurso le plantearon a Cheney no profundizaron mucho. Más interesante me parece lo expresado por una profesora norteamericana de psiquiatría, la doctora Bandy Xenobia Lee, de la Universidad de Yale, que en el foro de discusión sobre el narcisismo ofreció una definición de éste. Había tomado la definición de un manual psiquiátrico de diagnósticos y estadísticas, y dijo que, en vista de la situación actual no es aplicable solamente a individuos -como Bush-, sino también a Estados, como Estados Unidos.

Es definido/a como narcisista: quien "posee un sentimiento excesivo de su propia valía y espera, incluso sin un rendimiento que responda a esa valoración, que los demás le/la reconozcan como superior"; quien "está dominado/a por fantasías de un éxito, un poder y una brillantez sin límites"; quien "se considera con derecho a un trato favorable o al cumplimiento automático de todos sus deseos, o mantiene al respecto expectativas poco razonables"; quien "muestra un comportamiento y unas actitudes arrogantes y altaneras".

Permítanme que ilustre esto. El 23 de marzo de 2001, nuestra Fundación Ética Mundial desarrolló en Baden-Baden un simposio que tenía por tema "Empresa global y ética global", y cuya finalidad era intercambiar ideas sobre la importancia de la dimensión ética en empresas que actúan en la economía mundial en general. El simposio tuvo lugar sobre el fondo de una fiebre bursátil tal como la que hemos vuelto a vivir en 2007. Y cabe explicar las razones profundas de esta fiebre bursátil, en la que participaban diversos actores que, de acuerdo con la teoría económica dominante, actúan siempre de manera "racional": empresarios que, sin las condiciones necesarias, fundaban empresas y difundían pronósticos eufóricos; capitalistas de riesgo que financiaban estas empresas, sin pedir las garantías habituales; banqueros de inversiones que llevaban a la bolsa empresas que a menudo ni siquiera estaban maduras para el mercado bursátil; analistas bursátiles y medios de comunicación que, sin sentido crítico, aplaudían estas operaciones y atizaban la fiebre bursátil.

Una investigación de las causas que vaya más a fondo no encuentra sin duda únicamente motivaciones racionales sino también motivaciones irracionales. A menudo la Bolsa responde menos a la realidad económica que al estado de ánimo de los inversores: a su comportamiento gregario, a la sobrevaloración de sus capacidades de pronóstico, a su aversión a vender valores que están cayendo y reconocer una pérdida. Hace ya años que, en un aparte del Foro Económico Mundial de Davos, me explicó el financiero Georges Soros: lo que impulsa a los mercados es la avaricia de tener siempre más y el miedo a perderlo. A esto se le llama "capitalismo de casino".

Fue esta idea la que me permitió penetrar en las verdaderas profundidades: ¿Qué es lo que une a los astutos empresarios de la Nueva Economía, con los capitalistas de riesgo, los banqueros de inversiones y los analistas bursátiles, todos ellos asimismo astutos? "No es solamente la búsqueda de ganancias, sino la avidez de beneficio, de dinero rápido, de easy money".

Ahora bien, sería superficial una explicación monocausal de la crisis de la economía de mercado en un determinado país o una determinada región. A menudo observamos que, en una situación semejante, y no sin razón, se hacen mutuos reproches de culpabilidad: la economía echa la culpa a la política, la política se la echa a la economía, y el ciudadano común la busca en los defectos morales que imperan en ambas. Pero, basta con que uno de los tres factores, ya sea la economía, la política o la moral, no funcione, para que una empresa o también un sistema de economía de mercado como tal, se vea en dificultades.

Economistas de renombre, como el británico John H. Dunning, han diferenciado tres complejos del fracaso:

1.  Un fracaso de los mercados: riesgo moral, política macroeconómica desmesurada, exceso de especulación, moneda sobrevalorada, vinculación unilateral a un tipo de cambio, mala planificación de las deudas a corto plazo, presencia de un fuerte mercado negro, un efecto de contagio.

2.  Un fracaso de las instituciones: insuficiente funcionamiento del sistema de regulación del sistema bancario, infraestructura jurídica y sistema financiero; insuficiente protección de los derechos de propiedad, falta de transparencia y normas inadecuadas para establecer los balances.

3. Un fracaso de la moral que subyace a los fracasos de los mercados e instituciones: capitalismo de compinches y de mafias, sobornos y corrupción, falta de confianza y de responsabilidad social, excesiva codicia de las inversiones o las instituciones.

Dunning ha estudiado estos factores en siete países con problemas -Japón, Corea, Indonesia, Tailandia, Hong-Kong, Malasia y Rusia- y ha comprobado que, en todos ellos, se produce un fallo en los tres niveles -aunque en puntos distintos en cada caso-. Ha intentado establecer la relación del fracaso en el ámbito económico e institucional con el fracaso en el ámbito moral. Al hacerlo ha podido demostrar la existencia de los siguientes conjuntos de relaciones:

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