A mano limpia

Foto: Joana Toro

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EL SOL APENAS DESPUNTA en la madrugada del 20 de febrero, pero ya el canto de los gallos ha despertado a algunos de los hombres del grupo de erradicación manual de coca que acampan en El Tigre, una vereda del municipio de Cáceres, en Antioquia. Empieza una nueva jornada durante la cual deberán arrancar a mano las matas de coca sembradas en un terreno de 18 hectáreas.

186 campesinos, de entre 20 y 55 años, oriundos de Urrao, componen el grupo. Meses atrás eran recolectores de café o sembraban plátano y yuca, y  dadas sus precarias condiciones económicas decidieron acudir al llamado de Carlos Sierra, líder de la zona, que estaba reclutando gente en el pueblo para erradicar coca.

 Como en otras madrugadas, el grupo  arregla sus carpas y afila las herramientas para el duro día de trabajo que le espera. Estará acompañado por 90 policías encargados de su protección durante los dos meses que toma la erradicación en una zona de las montañas del oriente antioqueño. "Yo nunca había visto una mata de coca. No sé cómo se cultiva pero sí sé cómo se arranca", asegura Jorge, de 22 años.

Victoria Retrepo Uribe, directora de los grupos de erradicación manual,  dice que prefiere organizarlos con campesinos de un mismo pueblo porque "se conocen y no los pueden infiltrar fácilmente". Y cuenta que, por ejemplo, "los de  Manzanares, Quindío, son muy rápidos porque son recolectores de café acostumbrados a terrenos difíciles, y los de Pauna y Otanche, Boyacá, son los más organizados".

De los 100 grupos de erradicadores manuales que hay en el país, el primero que se conoció fue el que entró a comienzos de 2006 a La Macarena, el mismo que el 6 de febrero fue víctima de una mina de las Farc. En la explosión murieron seis hombres y siete quedaron heridos. "La explosión fue tan fuerte que durante casi un minuto llovió carne. Fue duro ver morir a seis compañeros", le contó a CAMBIO Antonio Flores, uno de los más antiguos del grupo y víctima también de hostigamientos en Cauca y Putumayo.

Seguridad

Lo ocurrido en La Macarena, un golpe duro para el programa de erradicación de la Secretaría de Acción Social de la Presidencia, obligó a replantear y a reforzar la seguridad. "Los erradicadores sólo ingresan al cultivo después de que 30 hombres han limpiado el terreno -explica el sargento Ávila, comandante de los policías-. Después de las 7:00 p.m. nadie puede estar fuera de la carpa y quien salga  debe dar un santo y seña".

Por su parte, Iván Fernández, coordinador zonal de los grupos de erradicación, cuenta que como en La Macarena y en Cauca les han secuestrado gente y les han disparado morteros y bombas, decidieron darle a cada erradicador dos brazaletes, cada uno de color distinto. "Antes de empezar la jornada el Comandante de Policía  avisa  cuál brazalete deben usar ese día -explica-. Es para diferenciarlos de los atacantes que puedan infiltrar el grupo cuando hay hostigamientos".

La seguridad es la razón principal para que no haya mujeres entre los erradicadores, que las extrañan sobre todo a la hora de las comidas. "Ellas tienen mejor sazón", dicen los campesinos. Pero su ausencia responde también a motivos prácticos: "Tener mujeres crea problemas logísticos, como el de compartir baños y carpas, y además el ciclo menstrual podría generar retrasos en la labor", sostiene Fernández.

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