Gabo columnista

DERECHOS RESERVADOS GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

ENTRE MAYO DE 1948 y diciembre de 1952, García Márquez trabajó como reportero de los diarios Universal, de Cartagena, y El Heraldo, de Barranquilla. Rondando los 20 años, apenas afilaba el lápiz de la escritura, pero ya daba cuenta de su talento para observar la cotidianidad más inmediata y convertirla en un tema insólito: una vaca en mitad de la avenida, un aguacero, la afición de cantar en el baño... Aquí esta una de sus columnas de la época, en las que sobresalen el humor y el ingenio para, como diría más tarde su maestro José Salgar, torcerle el cuello al cisne. De paso, al leerla queda la sensación de que, en general, los columnistas modernos son demasiado serios y, sobre todo, poco imaginativos.

UN PROBLEMA DE ARITMÉTICA (1950)
Como en los sueños en que se encuentra una moneda y se siguen encontrando indefinidamente hasta cuando se despierta con el puño apretado y la desolada sensación de haber estado por un segundo en el paraíso de la fortuna, un niño de la ciudad ha escrito al Niño Dios pidiéndole, para las Navidades, no uno ni dos, sino trescientos mil triciclos. Es, en realidad, una cantidad fabulosa, de esas que ya no se encuentran en el mundo.

Los padres del pequeño, explicablemente inquietos, me han mostrado la carta. Es una carta concisa, directa, que apenas alcanza a ocupar la parte superior de la hoja y que dice textualmente: "Mi querido Niño Dios: Deseo que el veinticinco me pongas trescientos mil (300.000) triciclos. Yo me he portado bien durante todo el año".

Lo alarmante es que los padres de esta criatura excepcional, dicen que, en su opinión, ningún niño merece tanto ser atendido, por su buen comportamiento, como este que ahora, por lo visto, aspira a ser el más grande y acreditado comerciante mayoritario de triciclos de la tierra. Acaba de cumplir los seis años y durante todos los días se ha estado levantando formalmente a las seis, yendo al baño por sus propios pies, lavándose los dientes con escrupulosidad, asistiendo a la escuela sin que haya habido ninguna queja contra él, comiendo todo lo que se le sirve con ejemplar compostura, elaborando sus tareas sin ayuda de nadie, hasta las nueve, y retirándose al lecho después de haber dado las más cordiales buenas noches a sus padres.

Un comportamiento francamente sospechoso. Hijo único de un modesto matrimonio local, éste, en opinión de sus padres, sufrió, en el transcurso de este año, una apreciable modificación de su carácter. El anterior pidió para las Navidades precisamente un triciclo. En casa se hicieron los esfuerzos casi sobrehumanos, se recurrió a los ahorros, pero no fue posible adquirir nada más que un par de patines. Estratégicamente colocada, se dejó una carta del Niño Dios que decía: "No te daré el triciclo porque varias veces te has levantado tarde, en otras no has querido bañarte, en otras no menos frecuentes te has quedado jugando a la salida de la escuela. Y sobre todo, el 13 de junio fuiste castigado por no llevar la tarea de aritmética. Pórtate mejor el año entrante. Por hoy, está bien con ese par de patines".

La cuestión debió surtir el efecto deseado porque el muchacho no volvió a cometer ninguna de las faltas de que se le acusaba. Su aplicación en aritmética, como se deduce fácilmente de las cifras que ha aprendido a concebir, ha sido verdaderamente excepcional. ¿Tan  sólo?, después de una larga y paciente espera, cumplida la dura prueba de los trescientos sesenta y cinco días rutinarios, se ha sentido lo suficientemente acreditado como para dar ese escalofriante berrencazo: ¡trescientos mil triciclos!

¿Pero es que hay en los almacenes del país semejante cantidad de triciclos? Sus padres dicen estar en condiciones de adquirir uno y hasta dos. Pero no encuentran a qué recursos de prestidigitación acudir para hacerse a los doscientos noventa y nueve mil novecientos noventa y ocho triciclos restantes. "¡Si siquiera hubiera dejado de lavarse la boca un día!", ha dicho la madre. "¡Si siquiera me hubiera sido formulada una queja en la escuela!", ha dicho el padre. Pero el niño, seguro de su invulnerabilidad, ha calculado y madurado la cifra casi con premeditada alevosía. Tiene derecho a esperar los trescientos mil triciclos. Y sus padres lo saben.

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