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DERECHOS RESERVADOS GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
CONFLICTOS SOBRE UNA MUJER FEA (1950)
Estaba sentada a la mesa, en los primeros puestos de la heladería. Y creo que es la mujer más fea que haya visto nunca. No llevaba sombrero, aunque no tenía necesidad de él para lograr ese aspecto de complicada fealdad que pude advertir en ella desde el primer instante. Vestía un traje largo, a grandes flores verdes, cortado en un estilo de alarmante sencillez. Y era fea en verdad. Tan fea, que el doctor Armando Soano habría podido mirarla con la mayor naturalidad, y ocupar ese mismo sitio creyendo que la mesa estaba desocupada.
Sin embargo, el límite de su fealdad estaba mucho más allá de esa línea imaginaria en que las mujeres empiezan a ser repugnantes y, por exceso, resultan a la postre de una fealdad atractiva. No era una de esas mujeres que se encuentran frecuentemente por las calles, y nos hacen exclamar: "¡Qué mujer tan horrible!".
Esta era mucho más que eso. Y precisamente por serlo, puede desconcertar a los hombres hasta el extremo de que enmudezcamos frente a ella, paralizados, como ante el magnífico espectáculo de una mujer excesivamente hermosa. Desde ese punto de vista, la mujer que estaba ayer en la heladería, con todo el desgano de que puede ser capaz una fealdad como la suya, produce una reacción semejante a la que puede producir una dama excepcionalmente privilegiada por la naturaleza. Y no sería arriesgado decir que, desde el punto de vista emocional, esta mujer es tan interesante como la más hermosa que se pueda concebir.
Había ordenado uno de esos disparates químicos que se conocen con nombres ingleses, como si ellos mismos se avergonzaran de que entiendan su nombre las personas que saben castellano, y que caen físicamente sobre la mesa como un patio lleno de árboles frutales. Así, cuando el mozo atendió a la mujer y colocó frente a ella la indiscreta bandeja de golosinas, la fealdad encontró su perfecto equilibrio y se quedó balanceada por el contrapeso de la ensalada frutal. No se supo entonces qué era más asombroso; si la extraordinaria fealdad de la mujer, que a fuerza de ser fea resultaba atractiva, o el suculento espectáculo de la bandeja, que a fuerza de ser vistoso y provocativo resultaba repugnante. Establecido el equilibrio, comenzó la batalla. Una interesante y proporcionada batalla entre una mujer fea, que lo era mucho más mientras consumía las frutas y una bandeja decorativa que era menos apetitosa cada vez que la mujer introducía en ella la cucharita. De pronto la esencia congelada se disolvió, los colores perdieron armonía y la mujer dejó de comer. Miró a su alrededor, no tanto avergonzada de su apetito, de su voracidad, como de su secreta idea de que alguien la había estado observando mientras comía. Abrió una cartera que reposaba sobre sus piernas. Extrajo un estuche de cosméticos que abrió sobre la mesa; y con una desconcertante sangre fría se miró al espejo. Hizo una mueca que la embelleció por un instante, vencida ante la imposibilidad de hacerla un poco, por lo menos un poco más fea; y empezó a untarse carmín en los labios, quizá no tanto por la natural coquetería femenina, sino por el instinto del animal que no quiere tener los labios descoloridos por temor de que el mundo sepa que acaba de comerse una bandeja de helados. Cuando se puso en pie para retirarse, caí en la cuenta de que era mucho más alta y más huesuda de lo que puede permitirse una mujer democráticamente libre. Tan alta y tan huesuda, que la fealdad de su rostro, por contraste, empezó a ser una normalidad aceptable. Y su voz, cuando pidió la cuenta, fue tan masculina y desentonada, que ésta es la hora en que yo no he podido saber si la que vi ayer en la heladería es la mujer más fea que he visto en mi vida, o por el contrario, la más desconcertantemente bella.
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HELENO POR PUNTA Y PUNTA (1951)
Hace dos domingos el público de Barranquilla asistió al Estadio Municipal con el único objeto de presenciar el retorno del doctor Heleno de Freitas. Tengo la impresión de que, más que las manos para aplaudir, la hinchada llevaba preparados los carrillos para la rechifla. No era el mismo Heleno de dos años atrás el que aparecería esa tarde en la grama. Era un hombre completamente distinto, dos años más viejo, pasado ya por los hornos de un concienzudo análisis multitudinario cuyos resultados se ignoran aún, puesto que nadie que sepa de fútbol se ha atrevido a decir, sin temor a ser rectificado el domingo siguiente, si Heleno es un genio o un payaso.