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Permítanme que ilustre esto. El 23 de marzo de 2001, nuestra Fundación Ética Mundial desarrolló en Baden-Baden un simposio que tenía por tema "Empresa global y ética global", y cuya finalidad era intercambiar ideas sobre la importancia de la dimensión ética en empresas que actúan en la economía mundial en general. El simposio tuvo lugar sobre el fondo de una fiebre bursátil tal como la que hemos vuelto a vivir en 2007. Y cabe explicar las razones profundas de esta fiebre bursátil, en la que participaban diversos actores que, de acuerdo con la teoría económica dominante, actúan siempre de manera "racional": empresarios que, sin las condiciones necesarias, fundaban empresas y difundían pronósticos eufóricos; capitalistas de riesgo que financiaban estas empresas, sin pedir las garantías habituales; banqueros de inversiones que llevaban a la bolsa empresas que a menudo ni siquiera estaban maduras para el mercado bursátil; analistas bursátiles y medios de comunicación que, sin sentido crítico, aplaudían estas operaciones y atizaban la fiebre bursátil.
Una investigación de las causas que vaya más a fondo no encuentra sin duda únicamente motivaciones racionales sino también motivaciones irracionales. A menudo la Bolsa responde menos a la realidad económica que al estado de ánimo de los inversores: a su comportamiento gregario, a la sobrevaloración de sus capacidades de pronóstico, a su aversión a vender valores que están cayendo y reconocer una pérdida. Hace ya años que, en un aparte del Foro Económico Mundial de Davos, me explicó el financiero Georges Soros: lo que impulsa a los mercados es la avaricia de tener siempre más y el miedo a perderlo. A esto se le llama "capitalismo de casino".
Fue esta idea la que me permitió penetrar en las verdaderas profundidades: ¿Qué es lo que une a los astutos empresarios de la Nueva Economía, con los capitalistas de riesgo, los banqueros de inversiones y los analistas bursátiles, todos ellos asimismo astutos? "No es solamente la búsqueda de ganancias, sino la avidez de beneficio, de dinero rápido, de easy money".
Ahora bien, sería superficial una explicación monocausal de la crisis de la economía de mercado en un determinado país o una determinada región. A menudo observamos que, en una situación semejante, y no sin razón, se hacen mutuos reproches de culpabilidad: la economía echa la culpa a la política, la política se la echa a la economía, y el ciudadano común la busca en los defectos morales que imperan en ambas. Pero, basta con que uno de los tres factores, ya sea la economía, la política o la moral, no funcione, para que una empresa o también un sistema de economía de mercado como tal, se vea en dificultades.
Economistas de renombre, como el británico John H. Dunning, han diferenciado tres complejos del fracaso:
1. Un fracaso de los mercados: riesgo moral, política macroeconómica desmesurada, exceso de especulación, moneda sobrevalorada, vinculación unilateral a un tipo de cambio, mala planificación de las deudas a corto plazo, presencia de un fuerte mercado negro, un efecto de contagio.