Rey o pueblo

Ilustración: Catherine Restrepo.

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En 1809, a la cabeza del gobierno español se encontraba José Bonaparte, colocado en el trono por su hermano Napoleón, que un año atrás había invadido la península. En Sevilla, como gobierno general del reino se constituyó la Junta Suprema de España e Indias, mediante la cual se continuaba manteniendo el esquema de poder colonial y exigiendo a las colonias americanas obediencia al reino español. El monarca peninsular, Fernando VII, depuesto y apresado, era respaldado por sus súbditos, quienes deseaban que pronto regresara al trono.

Ante la incertidumbre generada por los hechos políticos desarrollados en Europa, el virrey del Nuevo Reino de Granada, don Antonio Amar y Borbón, trataba por todos los medios de impedir que su autoridad se resquebrajara.

Hace doscientos años, por estos días de noviembre, la tensión política aumentaba aceleradamente en Santafé. El Virrey trabajaba para desenmascarar a quienes habían tratado de derrocarle. El 10 de agosto los criollos de Quito se habían sublevado contra su presidente y desde allí los rebeldes hacían un llamado para que su ejemplo fuera seguido en los demás territorios coloniales de España. Las noticias, por supuesto, habían llegado a la capital del Nuevo Reino de Granada. En Santafé se encontraba por esos días don Baltazar Miñano, el decano de los oidores de Quito.

El Virrey había reunido una junta de notables de la ciudad para consultar su parecer ante los últimos desarrollos políticos y las noticias llegadas de España. Mucho también le servía al Virrey la reunión para tener una percepción directa de los invitados sobre su aprecio y lealtad  a Fernando VII.

El 15 de septiembre anterior, el Virrey había convocado una nueva junta. El día 28 de septiembre había expedido un bando mediante el cual condenaba la aparición de unos pasquines y hacía un enérgico llamado a que se diera información sobre sus autores. Advertía, así mismo, sobre la gravedad de portar cualquiera de esos panfletos subversivos y amenazaba con castigos drásticos a quienes teniendo conocimiento de ello no dieran noticia  a las autoridades.

En casa de don Luis Caicedo y Flórez, alcalde ordinario de la ciudad, se había reunido un grupo de criollos, y entre ellos el canónigo Andrés Rosillo y don Baltasar Miñano. El plan: deponer al Virrey. Todos actuarían al unísono del estallido de un cohete, por lo que así se denominó luego este intento de cambio del régimen colonial.

Un delator echó al traste todo lo planeado y la tentativa de rebelión se derrumbó el día 30 de septiembre. Los días siguientes de octubre y noviembre fueron de incertidumbre, angustia e intensa investigación por parte de las autoridades para buscar sofocar ejemplarmente esta acción.

Las tertulias

Para el mes de noviembre de 1809, la incertidumbre, la expectativa y la desconfianza impregnaban el ambiente en el Nuevo Reino de Granada. La vida de la capital y las principales ciudades se agitaba cada vez más. La actividad de las tertulias santafereñas, donde eran comentadas las últimas noticias de Europa, valga la pena anotar, siempre 'trasnochadas', era intensa.

La abortada 'revolución del cohete' era tema obligado de análisis y comentarios. No obstante el inconformismo acumulado, la mayoría de los criollos letrados se declaraban partidarios de Fernando VII, el rey depuesto de quien se esperaba retomara el trono. Ante el considerado vacío de poder, por cuanto el rey español se encontraba preso, la soberanía residía en el pueblo y el pueblo la ostentaría hasta tanto el rey regresara a su trono legítimo.

Es por ello que varias provincias españolas nombraron sus propias juntas y los criollos americanos más ilustrados y pertenecientes a la élite que había tenido acceso a la educación y podía enterarse de estos acontecimientos consideraron pertinente hacer lo mismo.

Entre tanto, la Junta Suprema de España e Indias instaba para que las colonias nombraran sus delegados ante ella, pero la cantidad de delegados permitida era considerada irrisoria. Para atender el llamado de la Junta de Sevilla, los Cabildos de Santafé y las principales provincias procedieron a elegir sus delegados. En la capital, luego de presentada la terna requerida, fue elegido por sorteo Antonio de Narváez. Camilo Torres, que había integrado la terna, fue nombrado asesor del Cabildo de Santafé, cabildo que los criollos habían convertido en su 'baluarte político'.

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