Petrona Martínez regresa con toda la fuerza de su voz

Foto: Fernando Ariza / Cambio

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El sonido del arroyo que corre detrás de su casa, acompañado por el ritmo de los golpes del pilón y el canto del gallo en la mañana, conforman la entrada precisa para que la voz de Petrona Martínez se esparza por Palenquito, un pequeño caserío cercano a Palenque de San Basilio (Bolívar). En una mecedora dispuesta en el patio de su casa, esta mujer le canta a la vida, a sus plantas y a sus animales, de la misma manera como lo hacía su abuela, su bisabuela, su madre, y como lo hacen ahora sus hijas y nietas: como cantaora.

Son casi 30 años de vida musical. Antes de esto su nombre era desconocido, inclusive en la Costa donde nació. En ese entonces el espectáculo que hoy es su canto solo se escuchaba mientras pilaba el maíz de la mazamorra o cuando lavaba en el arroyo de La Lata, que pasa por detrás de su casa. Y fue precisamente mientras lavaba, en 1984, cuando el difunto músico folclorista Marceliano Orozco la escuchó y trató de convencerla para que formaran un grupo de tambores en otro pueblo de la región, a lo que simplemente respondió: "Tú pareces marica dándole realce a pueblo ajeno", y crearon la agrupación en Malagana, Bolívar, el pueblo donde vivían todos los integrantes.

'Petra' nació en San Cayetano el 24 de enero de 1939. Heredó el folclor de su bisabuela Carmen Silva y de su abuela Orfelina Martínez, a quienes ella asegura les debe su conocimiento musical y su amor intenso por el bullerengue y los ritmos de la Costa Caribe.

Y es esa tradición, ese amor y esa intensidad los que se harán presentes en el nuevo trabajo de la cantaora, que está previsto para sonar en el Carnaval de Barranquilla este año. Se trata de un disco producido por la folclorista Maité Montero, que estará compuesto por temas inéditos de Petrona, como La varita e' María Angola, que compuso en medio de un sueño en el que le cantaba a su hija, la heredera de su canto.

Cuando Petrona Martínez sale al escenario, siempre está acompañada de un pilón: un mortero de madera fabricado artesanalmente. El motivo de esta particular ambientación toma significado cuando 'doña Petra' relata que nació en frente del pilón, aprendió a cantar y vivió de este por mucho tiempo. "Mi mamá estaba pilando una mazamorra cuando le dieron los dolores de parto, y le gritó a mi abuela para que me recibiera", cuenta.

Además, este utensilio es el encargado de la iniciación musical de muchos pobladores de esa zona del país. La secuencia con la que las pilanderas trituran el maíz o el arroz es la primera lección de ritmo y uno de los primeros sonidos que escuchan los niños en el departamento de Bolívar. Un sonido semejante al compás de los tambores en la cumbia, que además significa una herramienta de trabajo gracias a la cual hoy sobreviven muchas personas de la región.

Cuando era una niña, Petrona vendía el maíz que pilaban las mujeres mayores. Por todo esto, dice ella, "la tradición es imposible de olvidá". En las caminatas que hacía siempre pasaba por la escuela Número Cinco, la primaria de su pueblo. Allí aprendió a leer parada en una reja, ya que nunca pudo asistir al colegio, pero al repetir lo que el maestro 'Pipón' enseñaba a sus alumnos conoció las letras y los números sin proponérselo. Así creció entre el sonido del mortero cuando venía del monte, hoy motivo del 'guayabito' que siente al escucharlo.

"Cuando vine a Palenquito yo vi la vida en un hoyo / me dediqué con mis hijos a 'sacá' arena del arroyo". Así es como La vida vale la pena, un tema de su autoría, relata la forma como la arena del arroyo significó una alternativa económica al 'hoyo' en el que entró su vida por un tiempo. Arena de la que viven muchas personas y que es extraída cuando baja la creciente para ser vendida en Cartagena, en las latas en donde antes se empacaba el aceite de cocina.

Tiempo después de su primera presentación en su pueblo empezó la vida de tarimas y escenarios foráneos, como ella los define. En 1997 logró el éxito internacional cuando Lissete Lemoine, una productora colombofrancesa, la incluyó en un documental llamado Lloro yo, que luego daría vida a Le Bullerengue, un álbum de música tradicional que le significó el reconocimiento internacional.

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