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La algarabía y el ruido de los vasos competían con los boleros que fustigaba la rockola. En una mesa un grupo de obreros consumía cerveza amistosa desde temprano; trabajaban en la reconstrucción de la estación y gastaban los primeros centavos de la quincena que acabarían de derrochar en brazos desconocidos horas después.
Entre ellos, uno grandote alzó la voz, en respuesta a una anécdota referida por su compadre sobre peripecias en el Amazonas, y habló de un lugar cercano:
"Conocí el Hotel Francés un mediodía de sábado con mis apremios de dinero y mi saco de herramientas al hombro. Apoyado por empleados a mi cargo ejecutaría la renovación del sitio, que conservaba en su fachada vestigios de mejores días.
Por su prestigio y ambiente fue paso obligado de los pasajeros del tren que se veían sorprendidos en la estación por la noche de la capital, pero tras la muerte de Emos Preud'homme y varias administraciones sin fortuna compartía el aspecto de ruina de las callejuelas aledañas a la agonizante terminal, por donde deambulaban mujeres fáciles y rufianes de toda índole que convirtieron los aposentos del albergue en escenario de contiendas de sangre y encuentros de sexo no siempre incruentos y muchas veces sacrílegos.
La ciudad cambió con el tiempo; barrios que alguna época brillaron con la presencia de familias de estirpe se debatían ahora entre desidia e inseguridad y plazuelas que a mitad de siglo habían sido orgullo de Santa Fe ahora se ahogaban bajo el peso de las casetas de lata y madera de los mercados piratas.
Pronto entablé amistad con Efraín, hijo de Alcides Beltrán, propietario del hotel por aquellos días; dispusimos de mutua confianza por nuestra edad y talante similares y bajo su guía establecí en mi cabeza un riguroso mapa de los recovecos de la edificación.
-¿De verdad tienes experiencia? -dudó, el día de mi llegada, mientras caminábamos por el corredor en penumbra a pesar de la hora. Muchas lámparas carecían de bombillas, las paredes asomaban sucesivas capas de pintura bajo las rasgaduras del papel tapiz.
-Llevo varios años trabajando en decoración -lo tranquilicé-, comencé en este oficio casi de niño.
-Deberás reparar toda la mueblería y los techos; olvídate de las paredes y la mampostería, que la arreglaremos con los otros.
Intenté mostrar algo de inconformidad con el negocio pero no pareció importarle; abrió la puerta de una de las habitaciones, que cedió con chirriar de bisagras, como si le doliera, y liberó vaho de humedad y de meses. La ropa de cama estaba revuelta y reclamaba lavandería a gritos.
-Como podrás ver, los cuartos requieren mucho trabajo e inversión.
-Nos tomará más tiempo del que creía -respondí, con la mirada en una pareja que abandonaba la siguiente habitación. El barniz de la lujuria patinaba sus rostros. No parecían felices, saciado ya el instinto. Igual el felino, después de cenar olvida que ha matado.
El resto de la primera tarde dibujé una idea del camino que seguiría. Efraín me enteró de la situación en minutos y me hizo cómplice de los observatorios que tenía instalados en casi toda la extensión del edificio, desde donde podía atisbarse toda la actividad que desarrollaban, sin que sus ocupantes lo supieran: minúsculos orificios tras espejos o cuadros, rendijas en las puertas, huecos en los techos, cualquier intersticio era sabiamente aprovechado por el bandido para husmear la intimidad de sus huéspedes. Me obligó a jurar que respetaría el secreto so pena de despedirme en el acto y a manera de bienvenida me invitó a tomar algo; al bajar las escaleras percibí los acordes de una melodía y le miré con curiosidad:
-Es el de la 305 -me dijo sin más explicaciones.
Salimos a la calle, pues en el hotel no había cerveza, y terminó de impartirme las instrucciones que creía indispensables para el desempeño de mi tarea. Se mostró conforme cuando le aclaré que trabajaría sólo por las tardes, debido a mis estudios, y explicando que lo mismo le ocurría a él, me pidió a cambio que fuese los fines de semana. Acepté sus exigencias e impuse las mías y comencé mi labor en el Hotel Francés.
Como el viejo Alcides se negó a cerrar por no perder plata debimos acostumbrarnos a trabajar con la presencia contigua de viajeros con amiguitas del sector, algunas de las cuales me guiñaban el ojo y llegaron a hacerme su confidente y depositario de los centavos que arrebataban a sus clientes, puesto que correrían peligro en la calle con estos en el bolsillo.
Era usual escuchar gemidos o ruidos de alcoba que me alertaban y, procurando no llamar la atención de mis compañeros, buscaba el agujero mejor ubicado para observar los menesteres de amor que sucederían.
Increíbles cabriolas, declaraciones de amor eterno dictadas por el licor, pieles de diverso color y pelaje, miembros recorridos por la pasión en toda su longitud, encendidas discusiones sobre tarifa y límites de la sesión, escenas que porfiaban entre lo sublime y las aberraciones me era dado asistir acosado por un sentimiento confuso de fascinación y asco que me atraía y producía miedo a la vez. Detenerme a contemplar las expresiones de los rostros de toda raza y condición durante el clímax del sexo, atrapar en mi memoria los alcances del placer que se desplazaba por la tez de los contrincantes era la preocupación de mis pupilas.