Granadillas y flores amarillas

Ilustración: Magda Hernández

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No sé cuánto tiempo llevo escuchando la misma melodía que me ofrecen las olas de este mar. Debo haber estado aquí desde hace más de un día. Estoy cansado. Creo que han de faltar algunas horas para que Sara venga a verme.

Siento que la gente sale y entra. Alguien se aproxima y sus pasos, el ruido de sus pasos, me traen el recuerdo de Luciano. El grande, robusto y siempre sudoroso Luciano. Dijo que no defraudaría a nadie, que jamás le causaría daño a nadie y que sería honesto y sincero. Le creí. Nunca le pedí que me devolviera las alpargatas.

Ese arrastrar de sus zapatos de suela aplastada y tacones de madera, chuecos, se escuchaba desde la otra esquina cada vez que salía eructando engaños. Las mentiras con las que se ganó todo, hasta el amor de Sara. Nunca pude entender cómo logró hacer que ella pudiera fijarse en él. ¡Ah!, mi linda Sara... Recuerdo que era la más agraciada del barrio, del único barrio de las pocas cuadras del pueblo.

Por las tardes, a eso de las cuatro y media, solía sentarme en el andén alto para oler su pelo cuando pasaba. Me gustaba verla comiendo granadillas. A decir verdad, creo que ella misma era como una granadilla. Un color de piel como la tierra para hacer ladrillos, forrada con una coraza dura para soportar golpes y maltratos, pero con la fragilidad que permite abrirla con solo presionarla suave con la punta de los dedos. Siempre fue mía y nunca la tuve, ni un instante, ni un minuto, ni un segundo; pero siempre fue mía.

Así era Sara, la misma que desde niña, y quizá por costumbre, acompañaba a su madre cuando venían a comprarme las flores. Ella nunca entendió, o tal vez nunca le puso atención, por qué siempre le regalé una flor amarilla. La recibía sin mirarme y la metía en el paquete grande. Nada más. Me quedaba escuchando y no decía nada. Muchas veces soñé con que fuera ella la que me regalaba una flor amarilla y... un beso.

Quién iba a pensar que después de tantos años y aún casada con Luciano seguiría comprándome flores. Recuerdo el día que con la sonrisa entre avergonzada y despectiva me pidió que no le volviera a regalar flores amarillas. Al menos no delante de la gente. Bajo amenaza de no volver a comprarme nada. ¡Ah!, era tan bonito ver a Sara en la esquina de la plaza cuando comía granadillas, mientras Luciano, con el rostro brillante y la camisa siempre estampada con una gran mancha de sudor que se regaba desde las axilas hasta la cintura, salía a distraer a la gente, fingiendo estar interesado por sus problemas. Con cuánta sensualidad lograba comer una tras otra... Creo que ella misma era como una granadilla.

¡Oh! Por Dios, ¿cómo me veré? Debo estar preparado para el encuentro. Sabía que era hoy. Soñé siempre que fuera hoy y he estado aquí, tal vez por más de un día, esperando el momento.

El mar, las olas de ese mar de allá afuera me han estado ofreciendo el mismo ruido, el mismo sonido todo el tiempo. La misma melodía hace rato. Pienso que a veces se parece al ruido que hacía la máquina de hacer raspados que tenía Evaristo. Era un experto en preparar raspados para los recién enamorados. Digo los recién, porque esos que llevan rato no compran raspados, y los casados, ni raspados, ni nada. Tal vez por eso mi hermana Ifigenia nunca se casó. Eso sí, tuvo muchos pretendientes. Algunas veces les permitía que se propasaran con ella. Otras veces era ella la que se propasaba con ellos. Pienso que al final de cuentas la pobre lo pasaba bien; bueno, eso era lo que podía pensar yo cada vez que atravesaba el pasillo para darle las buenas noches a mamá y, por entre las rendijas de la puerta se escapaban las risas, los jadeos y los runruneos que en medio de sus combates bufaba mi hermanita Ifigenia. Pobrecita, de alguna manera se tenía que divertir después de pasarse todo el día, todos los días, lavando y fregando trapos y trastes, aguantándose las cantaletas de mamá; porque después de que papá murió, la vida para la vieja se volvió un infierno. Mucho daño le causaron aquellas mujeres que llegaron al velorio. Lloraron y dijeron que papá había sido la gran dicha para ellas. Yo siempre creí que papá nunca tuvo nada que ver con esas desvergonzadas. Ellas eran malas. Lo sé por la forma como vestían. Porque nunca me compraron flores y porque nunca nadie compró flores para ellas... Eran malas.

Llegaron al velorio por orden de Luciano. Él les pagó para que fueran. Quería burlarse de la viuda y especialmente de mi hermana, que en muchas ocasiones había rechazado sus propuestas. Ifigenia no era bella pero sabía seleccionar. Luciano quería humillar a mamá por ser ciega y porque, aun estando ciega, podía ver lo mal sujeto que se forraba en esa desagradable figura. Quién lo iba a imaginar, el mismo Luciano que cuando niños me había prometido que sería honesto y que jamás le causaría daño a nadie. Yo le creí y nunca le pedí que me devolviera las alpargatas. Después se volvió grande y se dañó. Nunca fue a comprarme flores, nunca tuvo a quién regalarle flores. Sólo fue aquella tarde que me dijo:

-¡Oye! ¿Sabes quién soy yo? Soy el alcalde, y quiero que levantes tus trastes y te largues de aquí. ¡Hoy mismo quiero que te vayas! Hay que defender el espacio público del pueblo. ¿Me oíste?

Sentí que sus gritos me quemaban y alcanzó a untarme con el sudor que le escurría. Quise decirle quién era yo, quise recordarle que yo era Israel y suplicarle que me dejara allí con mi venta de flores; al fin y al cabo, a nadie afectaba, a nadie había incomodado durante los últimos treinta años. Mi familia tenía esa venta allí desde que yo era niño, desde cuando mamá decidió ayudarle a papá con los gastos de la casa. Sabía que a nadie le estorbaba.

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