Jorge Navas (Cali, 1973) era un metalero melenudo, apocalíptico y satánico que vestía de negro en la capital colombiana de la salsa. Era aficionado al black y al trash metal, y soñaba con viajar, escapar del mundo real y pasar con facilidad de un país a otro. Como le gustaban los reporteros que veía en los noticieros de televisión, optó por estudiar Comunicación Social en la Universidad del Valle.
Pero también pensaba en Andrés Caicedo. Quería escribir como él, expresarse como él, recorrer ciudades como él. Así gestó un particular amor por la ciudad y lo que representa. "La ciudad me invitó a la calle, a la familiaridad con la sensualidad y la violencia".
La confluencia de esos elementos fue configurando una estética particular que inicialmente se reflejó en su primer cortometraje, Alguien mató algo (1999), y ahora en su primera película, La sangre y la lluvia, que será estrenada el 29 de octubre en el Festival Internacional de Cine de Cali (del 26 de octubre al 2 de noviembre) y al día siguiente en Bogotá.
Una historia a la que no le ha faltado buena estrella, pues su guión −escrito a tres manos entre Navas, Carlos Henao y Alizé le Maoult− ha obtenido reconocimientos en el taller de iniciación a la coproducción Produire au Sud de Nantes (Francia), en el premio Script and Development del Festival de Cine de Rotterdam (Holanda) y en el Laboratorio de Guiones del Sundance Institute (Estados Unidos), entre otros. Más aún, fue estrenada en el Festival de Cine de Venecia en 'La jornada del autor'.
Una capital sórdida
La sangre y la lluvia es una historia detallista en términos de iluminación, fotografía y música, que transcurre en las calles peligrosas de Bogotá, las que no son de mostrar. Dos almas se encuentran de golpe, Ángela (Gloria Montoya), que trata por todos los medios de perderse en la noche, la rumba y la droga, y Jorge ('Quique' Mendoza), un taxista que sobrelleva el duelo de su hermano asesinado unos días atrás y la recoge para salvarla. Ella, que quería escapar de todo, y él, que busca vengarse, deciden acompañarse en la pena y terminan atrapados en una maraña de muertes y amenazas.
Bajo la dirección fotográfica de Juan Carlos Gil, La sangre y la lluvia hace un recorrido por las calles y avenidas no presentables de Bogotá. Arranca con La Piscina, recodo de pecaminosa farra y centro de operaciones de variados negocios non sanctos, y sigue por una ruta que conduce al sur de la ciudad, un gigante desconocido en donde se palpa una hostilidad invisible.
La atmósfera fue captada gracias a la pericia de Gil, pero también un problema técnico les fue de utilidad. Cuenta el experto que el año pasado, cuando estaban en pleno rodaje con la cámara de formato digital (Red One) -a la que recurrieron para abaratar los costos de la producción- se dieron cuenta de que el dispositivo no contaba con el software requerido para captar la luz natural de la noche. Les tocó ingeniárselas y buscar el color que querían con lo que tenían. Y lo encontraron. "Hicimos muchas pruebas −cuenta Gil−. Iluminábamos de cuatro a seis calles por donde pasaba el taxi, proceso que debíamos repetir cuantas veces fuera necesario".
Allí hubo un obstáculo adicional: la lluvia. "De antemano nuestra propuesta negaba cualquier influencia americana -añade el director fotográfico-. Preferíamos una lluvia modesta a una sobreiluminada o exagerada, y ese fue el camino".
El resultado es una película de la noche en la que, pese a todo, amanece. Un filme que expresa la visión personal y 'karmática' de Navas sobre el cine: "Algo a lo que uno está destinado y que hay que vivir, independiente de si causa placer o dolor".