Con pies de barro

Hasta el último momento, media humanidad debió haber estado esperando que la noticia acerca de la muerte de Michael Jackson solo fuera una elaborada treta publicitaria, previa a la gira de conciertos de retorno que el artista estaba pendiente de iniciar a mediados de este mes, en Londres. Para alguien que tenía por sinónimas las palabras espectáculo y escándalo, nada habría de raro en resucitar entre humo y luces.

Pero estaba visto que montar un entramado de tales magnitudes no se le pasaría por la cabeza ni al mismísimo artista y megalómano que se erigió en estatua de bronce para la portada de su álbum de éxitos HIStory (así, el pronombre posesivo en mayúsculas), en un diseño de carátula de un millón de dólares, el más caro de la historia.

Una muerte quizás accidental acaso sea el colofón de una vida en donde todo, lo bueno y lo discutible, tuvo ese monumental tamaño.

El que se decía un niño encerrado en el cuerpo de un adulto era una máquina de responsabilidades. Miles de personas, desde sus productores (imposible calcular las ganancias que produjo con más de 750 millones de álbumes vendidos) hasta los beneficiarios de sus causas sociales (invirtió más de 300 millones de dólares en casi 40 instituciones de caridad), vivieron cómodamente de él hasta que las excentricidades, las denuncias y la enfermedad pasaron factura. El hombre cuya fortuna fue avaluada alguna vez en 1.000 millones de dólares, llegó a adeudar 100.000 a su farmacia.

Es de entender la enorme presión que lo doblegaba. Si ya no estaba en edad para que Joe Jackson, su padre, le levantara la mano y así obligarlo a cantar y bailar, como en la época de los Jacksons Five, esa encomiable labor le correspondió después, y con creces, al resto de la humanidad. Los que vivían de la máquina Jackson necesitaban de un retorno que ya no se dará, como no sea en la reimpresión de sus discos y videos, el único bien del que hoy disponen quienes se lucraban del artista. Nada de raro será que, tras su muerte, el rey del pop consiga sobrepasar las ventas enormes de discos de The Beatles, que hasta la fecha de su muerte prácticamente duplicaban su cifra personal.

Como quiera, nadie duda de la desaparición de un referente occidental de la segunda mitad del siglo XX. Cada adelanto informático aparecido en los ochenta se hizo en función de ser estrenado en algún video de Michael Jackson. Y la gran señal del fin del socialismo en una agónica Unión Soviética fue el comercial que hizo Jackson para Pepsi, primer anuncio televisivo de esta índole estrenado al otro lado de la Cortina de Hierro, en 1988.

Hay quienes no terminan de creer todavía la muerte de un ídolo que también tenía pies de barro. Es probable que cada generación haya tenido que cargar con el peso de la muerte de su propio semidios: Gardel, Kennedy, Elvis, Lennon... A quienes vivimos a plenitud la década del ochenta, nos tocó vivir la semana pasada, y de qué manera, una nueva prueba de que, como dice el tango, porque esta historia parece menos de pop que de tango: "Las horas que pasan ya no vuelven más".

 Por Jaime Andrés Monsalve, crítico musical.