El juglar en sus dominios, una semblanza de Escalona

"Anda embutido en unos imposibles vestidos con saco, corbata y chaleco", dijo Consuelo Araújo. Foto: Archivo / Cambio

En 1962, un grupo de jóvenes locutores barranquilleros fuimos contratados para trabajar en Radio Guatapurí, la  mítica emisora vallenata, que acababa de fundarse. "El Valle", que aún pertenecía al departamento del Magdalena, no pasaba de los cincuenta mil habitantes pero era un pueblo en ebullición, como esos que salían en las películas del oeste, que atraían a gentes de ley y aventureros y donde, como le oí decir a Kirk Douglas en un western, no había una sola casa de tres pisos desde donde alguien, cansado de la vida, pudiera arrojarse al vacío.

Valledupar era un lugar recoleto y caluroso, rodeado de dehesas y algodonales, que se desperezaba del otro lado de la Sierra Nevada. Todavía no era el gran emporio del vallenato que llegó a ser, porque esa "música para gente baja", como decían las jovencitas de dedo parado que festejaban su puesta de largo en el Club Valledupar, no era de buen recibo. Allí se bailaban porros con la orquesta de planta, que dirigía el villanuevero Reyes Torres y, por carnavales, con la del cordobés Antolín Lenes, cuya gran atracción era su cantante ciega Lucy González. El único escenario que tenían los músicos vallenatos para mostrarse y competir era el bar La Bolsa, donde había días en que llegaban a rivalizar hasta 15 acordeoneros, cada uno rodeado por su propia barra y no era raro que todos tocaran al mismo tiempo. Pero Valledupar crecía, jalonado por la fuerte y laboriosa migración santandereana y cada vez más colombianos de otras regiones llegaban en busca de trabajo o huyendo de la violencia y encontraban allí un lugar de gente cordial y hospitalaria que sabe brindar amistad sin esperar nada a cambio. Yo vi llegar familias enteras con sus niños de brazos, sus cajas de cartón, sus sartenes y palanganas. Llegaban en los buses de La Veloz y Cosita Linda, que pitaban tres veces al enfilar la calle 13, envueltos en el polvo de los caminos y perseguidos por los vendedores de almojábanas. Junto a la estación de buses esperaban los taxistas, dormitando en sus jeeps Willys.

Valledupar era como una gran familia. Que yo recuerde, había un solo marihuanero conocido, el pintoresco Cabirol, y el único gay tolerado era Víctor Cohen, tan buen bailarín como temido trompeador, por lo que nadie era capaz de gastarle bromas sobre sus inclinaciones sexuales. Para ser tan pequeña, a Valledupar no le faltaban las diversiones. Tres cines, una gallera, dos burdeles. Uno de estos había santificado el nombre de su propietaria y madama: se llamaba Cielo de Luz. Y podía beberse Old Parr de contrabando, para lo cual había que internarse, en la alta noche, en el oscuro callejón donde Pedro Rizo tenía su negocio clandestino y dar en su ventana los tres golpes rituales.

En Radio Guatapurí comenzó Consuelo Araújo su carrera periodística y por sus ondas se escucharon por primera vez los sones de Gustavo Gutiérrez, un muchacho taciturno que tocaba el piano acordeón y componía hermosas canciones sentimentales. En ese Valledupar que empezaba a acostumbrarse a escuchar vallenatos por la radio, todavía estaban vivos todos los personajes de los cantos de Rafael Escalona. Y estaba, por supuesto, el propio Escalona, que recorría el pueblo en su camioneta ('María la bandida', la había bautizado), con dos pistolones colgados del cinto, que, según decía, se los había regalado el presidente Guillermo León Valencia.

Escalona dominaba el pequeño escenario de la bohemia vallenata, rodeado, casi siempre, de los hermanos Pavajeau, el pintor Molina y otros miembros de las familias más antiguas del pueblo, que levantaron sus casonas, de gruesos muros coloniales, en los alrededores de la plaza Alfonso López.

El Escalona egocéntrico, autoritario, impositivo, desafiante y altanero de esa época nunca fue de mi agrado. Y que conste que estoy utilizando las mismas palabras con que lo describió su amiga Consuelo Araújo. Ese Escalona tenía en Valledupar muchos amigos pero también un gran número de detractores. Lo podríamos decir de otra manera: había que ser su amigo para no convertirse en su detractor. Esa división de opiniones en torno a su figura, por lo que he podido comprobar en charlas recientes con vallenatos de todos los matices, se ha mantenido incluso después de su muerte. Me atrevería a asegurar que Escalona fue más amado en el resto de Colombia que en la propia ciudad del Cacique Upar.

Los motivos de la inquina de sus paisanos son de diversa índole. Hay quien lo critica por haber elevado, sin asumir mayores responsabilidades, el censo poblacional de la región. Otros lo acusan de mezquino y poco solidario con sus colegas más modestos. A muchos no les parece justo que, gracias a su indudable olfato para acercarse y seducir a varias de las personalidades más influyentes del país, haya logrado proyectar la imagen de único y verdadero dios del ancho universo de la música vallenata, dejando rezagados en el terreno de lo meramente arqueológico a grandes maestros, menos diestros en las letras pero mejores músicos que él. Muchos de esos juglares, como dice el investigador Ariel Castillo, "atravesaron ciénagas con el agua a la cintura, matando mosquitos, alacranes y culebras, se internaron a pie por montes sin caminos y caminos sin sombra, se pelaron el alma a lomo de mula y pasaron hambre y otras  penalidades y hasta perdieron a sus familias, con tal de llevar a la gente el mensaje cordial de su acordeón y su canto", mientras él bebía whisky con periodistas famosos, ministros y presidentes. "A veces pienso que una toma de conciencia tardía sobre su propia importancia fue lo que acabó marchitando al vallenato auténtico de pantalones caqui y camisas de colorinches, para dar paso a un acartonado ciudadano que, entre Barranquilla y Bogotá, anda embutido en unos imposibles vestidos enteros con saco, corbata y chaleco". Estas palabras también pertenecen a su comadre Consuelo Araújo.

Hay un reproche aún más visceral, según el cual Escalona se apropió, no pocas veces, de las melodías de algunos de sus maestros y de músicos rurales que ingenuamente le daban a conocer sus creaciones en medio de alguna parranda. Sobre esto hay que decir, en su defensa, que, aunque esta acusación parece confirmarse en el caso de varias de sus más conocidas canciones, esas melodías jamás habrían trascendido sin el aporte de las letras de Escalona, que narraron, con tanto acierto como las novelas de Gabo, el delirante universo humano de Macondo.

Por lo demás, esas prácticas eran moneda corriente cuando Escalona empezó a recorrer La Provincia en busca de motivos. Baste con mencionar el caso de La Múcura, antigua danza de los negros de Talaigua, en la isla de Mompós, que Crescencio Salcedo presentó como pieza de su autoría y, más tarde, Toño Fuentes, personaje influyente en el mundo de la industria discográfica, registró como suya. "La música está en la calle, esperando que alguien la recoja", dijo una vez Salcedo para justificar estos fraudes.

Fui testigo, en varias ocasiones, de las bruscas reacciones del Escalona prepotente y elitista, con un ego tan grande como su gloria. Pero también de su generosidad y su ternura en el trato con las personas de su entorno más íntimo. Por eso es mejor dejar a quienes lo quisieron -y a quienes él quiso- la tarea de evocarlo como ser humano. Yo me quedo con el otro Escalona. El genial letrista que sembró a Valledupar en el corazón de todos los colombianos.

Por Andrés Salcedo
escritor y periodista.

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