Los demonios de todos

Miércoles 29 de abril. La función de preestreno de Los demonios, de Dostoievsky, es para los soldados del Batallón de Sanidad del Ejército. En una escena que resulta dolorosa, entre muletas, sillas de ruedas y cabestrillos, los jóvenes se acomodan en la sala del Teatro Libre del centro. Ricardo Camacho, director de teatro, les da la bienvenida y les cuenta de qué trata: "Esta obra fue escrita en el siglo XIX y trata de una conspiración de terroristas, de 'demonios', contra el zarismo, la monarquía rusa". 

Los soldados están en su salsa: disfrutan las reuniones de los conspiradores, las redes de mentira, los engaños, las traiciones, los disparos y las mujeres. De cuando en cuando profieren algún sonido de indignación o elogio. Al final, trágico por supuesto, estallan en aplausos y luego quedan en un reflexivo silencio.

El montaje de la obra, la cuarta de una tetralogía de Dostoievsky ¿Crimen y castigo (2006), El idiota (2007), Los hermanos Karamazov (2008)¿, cierra con broche de oro el recorrido por su obra que se ha trazado el Teatro Libre. Pese a haber sido escritos hace más de un siglo, los textos parecen sacados de algún libro de historia reciente del país. Hablan del despojo de la tierra por los poderosos, de la ilusión de cambio a través de una revolución, del ansia de poder de los conspiradores que no ven problema en clavar un puñal en la espalda, en contravía de lo que promulgan, sacrificando a los suyos, ayudando a que mueran calcinados cientos de obreros con tal de que parezca que lo hicieron los otros. 


El futuro zar tiene impedimentos morales para ocupar el cargo, y eso lo torturará. Se ha casado en la ciudad con una joven coja, loca y pobre. Huye de su abolengo y de la mujer que lo espera. También conoce las intenciones de 'los demonios' y considera que se equivocan. A pesar de ello, no hace nada por evitar el desastre, lo que le traerá desgracia.

Con una escenografía de puentes colgantes de metal, una buena selección de vestuario y una iluminación impecable para tal atmósfera de rebelión soterrada, las palabras de los actores, pronunciadas con verosimilitud y profundidad, van tejiendo la tragedia, sin que caiga por un instante la emoción en ese largo único acto.

Por Dominique Rodríguez Dalvard
 

Publicidad