No son estos los tiempos de Harry el Sucio o del innombrable protagonista de la trilogía de Sergio Leone, que convirtieron a Clint Eastwood en un ícono del cine mundial. Pero el veterano actor y director se las arregla para, a sus 78 años, componer delante y detrás de la cámara otro retrato humano entrañable, que parece una síntesis de todos los personajes de su prolífica carrera: vaqueros desencantados, hombres rudos, feroces individualistas, padres fracasados, espíritus religiosos pero sin fe. Walt Kowalski, protagonista de Gran Torino, es un veterano de la guerra de Corea, viudo e incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, a su familia materialista y a un vecindario multicultural.
A través de muchas situaciones convencionales, involuntariamente cómicas, Eastwood lleva al espectador hacia un final trágico. El viejo cascarrabias que vemos en el entierro de su esposa al comienzo de la película, se transforma en el proceso de entender la humanidad de unos inmigrantes asiáticos, con quienes descubre más afinidad que con su propia familia. Los temas del sacrificio y la redención, comunes al cine de Eastwood, Scorsese, Schrader o Ferrara -la tradición más vigorosa dentro del actual cine norteamericano-, le dan al filme un trasfondo ético y religioso característico de las obras de madurez.
Porque Gran Torino es la película de un viejo obsesionado por antiguas culpas y que mira con pesimismo el estado del mundo, pero que, inesperadamente, tiene una última oportunidad de salvarse. Es Eastwood ciento por ciento. Pocos meses después del estreno de El sustituto, del mismo director, he aquí una película menos virtuosa técnicamente, pero mucho más personal e interesante.
Por Pedro Adrián Zuluaga
GRAN TORINO
Director: Clint Eastwood.
Con: Clint Eastwood, Christopher Carley,
Bee Vang, Ahney Her.
Estados Unidos, 2008, 116 min.