Los ocho premios Óscar concedidos a '¿Quieres ser millonario?' son una avanzada de Hollywood para controlar la multimillonaria industria de las películas indias. Llévese entradas.
En la colorida y alegre secuencia final de ¿Quieres ser millonario? (Slumdog Millionaire), el director inglés Danny Boyle decidió incluir un número de baile de aquellos que son casi obligatorios en el cine más comercial y visible de la India, que desde hace varios años ha sido etiquetado con la palabra Bollywood, con B de Bombay, donde tienen sede los más grandes estudios y donde se desarrolla la película en cuestión.
En realidad, este fenómeno, que se suele identificar con todo el cine indio, es apenas una parte -por supuesto la más conservadora, evasiva y complaciente- entre la inmensa cantidad de títulos realizados en ese país, primer productor mundial de filmes (cerca de 1.000 películas anuales frente a un promedio de 600 en Estados Unidos).
El cine de la India es un campo amplio y complejo, que habla lenguas diferentes y desarrolla su producción en pequeños centros. El director más importante del país, Satyajit Ray -ganador de un Óscar honorífico en 1992- y sus películas de inspiración neorrealista, jamás hubiesen tenido cabida en la férrea disciplina de estos estudios.
Las películas de Bollywood, generalmente habladas en hindi, están estrictamente codificadas en cuanto a duración, temas y estructuras: son abusivamente largas para nuestros estándares impacientes, difícilmente abordan temas de la realidad social y suelen estar salpicadas de -según nuestro criterio- inoportunos números musicales que no tienen más función que el lucimiento de un star-system local tan frívolo como el de los suburbios de Los Ángeles. Sin embargo, es difícil negar que en muchos casos se trata de un genuino arte popular y un auténtico fenómeno de masas que el todopoderoso cine norteamericano no ha logrado tocar, por lo menos hasta ahora. El mercado del cine en la India bordea los 4.000 millones de espectadores anuales, algo muy atractivo para el maltrecho negocio de Hollywood, cuya crisis aumenta a medida que se ahonda la debacle económica.
Hoy, el cine doméstico de la India supera ampliamente al cine extranjero en el mercado local, y no se trata, como en el caso de China, de un resultado del proteccionismo. Los indios tienen con su cine una verdadera afinidad emocional. Por supuesto que muchos, especialmente algunos miembros de una clase intelectual desarraigada y parte de las clases medias y altas, consideran a este cine como el opio del pueblo. Pero otros, generalmente investidos de los trapos nacionalistas, ven en él la prueba más palpable de la independencia cultural en un país que hasta mediados del siglo XX vivió una traumática experiencia colonial. Pero que ahora se esté diciendo que Bollywood conquistó a Occidente vía ¿Quieres ser millonario? es un gigantesco despropósito. Se trata, al contrario, de un toma y daca que bien vale la pena tratar de discernir en algunas de sus implicaciones.
La neocolonia
Para empezar, hay que considerar que el cine norteamericano está contemplando seriamente la posibilidad de conquistar ese territorio inexpugnable que es el gusto de los indios, los mayores consumidores mundiales de películas. Y que al no poder tomárselo de frente lo intentará hacer de manera vicaria. Y la operación ha empezado.
La abundante cantidad de estatuillas otorgadas el domingo a la película de Danny Boyle pueden o no ser merecidas -quien escribe considera que son excesivas- pero sus consecuencias para la industria mundial del cine son imprevisibles, y profundizan lo ocurrido hace pocos años con El tigre y el dragón (Ang Lee, 2000), punta de lanza de la incursión norteamericana en coproducciones con China, otro mercado emergente enormemente atractivo. La película de Lee ganó cuatro Óscar y fue celebrada en su momento, vaya inocencia, como un encuentro asombrado de Occidente con la magia del cine de género chino. Años después, se hizo evidente que la industria norteamericana del cine trataba de abrirse un espacio en China para, a través de las coproducciones, vencer el rígido proteccionismo cultural de ese país y superar la desventaja frente al cine local en otro mercado igualmente tentador.
El caso de ¿Quieres ser millonario? estaba, aparentemente, menos preparado. Se ha dicho de sobra que es una película pequeña destinada inicialmente al mercado del DVD, y que fue creciendo como bola de nieve en festivales y premiaciones. Pero Tabrez Noorani, el director de producción del filme, parece más perspicaz. En declaraciones a El País de España, afirmó: "La India se ha convertido en el set más barato del mundo. En Los Ángeles todo está sujeto a contrato. En Bombay, a pesar del supuesto control de las autoridades, existe una mayor libertad al rodar". Y no olvidemos que 2008 fue año de huelgas en Hollywood.
Por otra parte, es poco menos que casual que el multimillonario indio Anil Ambani haya invertido 600 millones de dólares en Dreamworks, la productora de Steven Spielberg, y rodado recientemente en Estados Unidos la mayor producción de cine indio en la historia: Kites. Tampoco es casual que grandes estudios como Sony Pictures, Warner Bros o Disney se interesen en coproducir en la India filmes pensados, por ahora, solo para el mercado local, por cierto más que suficiente.
'Slumdog': ¿un caso aislado?
Pero nada de lo anterior explica bien que ¿Quieres ser millonario? haya llamado tanto la atención. Boyle ha dicho que estaba seguro de que su película gustaría en Inglaterra porque muchos indios viven allí -como rezago del pasado colonial-, pero se declara sorprendido del éxito en Estados Unidos. Sin embargo, pronto advierte que lo encuentra lógico. No en vano su película trata del hombre que, con esfuerzo y arrojo, se hace a sí mismo: el mito americano del hombre hecho a pulso.
El crossover -así llamado por el multimillonario Ambani- estaba servido: de Bollywood Danny Boyle toma el esquematismo de la situación -el tema universal del buen y el mal hermano-; el triunfo final del amor entre Jamal y Latika; la estructura de cuento de hadas, y el uso libre de la música. Pero como la cosa resultaba demasiado simplona para el gusto occidental, Boyle introduce un elemento completamente ajeno a Bollywood: la exposición de la miseria. Con eso satisface la necesidad de exotismo del espectador medio occidental, incapaz de hacerse una idea del subcontinente indio que no incluya la pobreza y la religiosidad.
Boyle conserva ambos elementos pero cambia el sentido del "está escrito", de base religiosa, que sostiene buena parte del conformismo social en la India. Porque este país, a pesar de su apertura a Occidente, conserva en amplios sectores un rígido sistema de castas. Ahí el carácter supuestamente subversivo de ¿Quieres ser millonario?: permitir a un paria un poco de movilidad social.
Sin embargo, lo que arruina la propuesta de Boyle es su incapacidad para dar una mirada de conjunto, su visión pornográfica de la realidad. La pornografía suele privilegiar las partes por encima del todo: se muestra un seno o un órgano sexual muchas veces sin relación con el cuerpo que lo contiene. Así es ¿Quieres ser millonario?: los pobres están aislados del contexto social que los rodea, son víctimas sin victimarios; se les presenta como un puro presente sin proyección, puesto en escena para el deseo de pobreza ajena de los públicos del primer mundo -que por cierto está en todas partes.
La 'unidimensionalidad' del protagonista es el más claro ejemplo: está completamente alienado por el amor de Latika. Lo que para muchos es una prueba de romanticismo no es más que un desajuste frente a la realidad: Jamal es un imbécil que no podría sobrevivir en un mundo real, y Boyle, evidentemente, lo trata con lástima, investido de su superioridad cultural.
¿Es una trampa o estaba escrito? Vale la pena no engañarse. Desde Trainspotting y sus relamidas imágenes de jóvenes drogadictos, Boyle demostró ser un director afín a los eslóganes, a la estética publicitaria, a la evasión de la realidad. Pero esa estética de "dulce para los ojos" no es inocente. Con ¿Quieres ser millonario? Boyle es, si no el cerebro, por lo menos el cómplice de una operación estratégica de grandes proporciones por la que el capital internacional busca empezar a controlar el cine más esquivo del mundo: el indio. No es gratuito que sean los teóricos poscoloniales quienes hayan detectado primero la trampa que estaba montada, o que sea por los buenos oficios de un inglés (la antigua metrópoli) que se prepare el camino para el neocolonialismo.
Por Pedro Adrián Zuluaga,
crítico de cine.
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