La reconquista de la India en el cine

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Por otra parte, es poco menos que casual que el multimillonario indio Anil Ambani haya invertido 600 millones de dólares en Dreamworks, la productora de Steven Spielberg, y rodado recientemente en Estados Unidos la mayor producción de cine indio en la historia: Kites. Tampoco es casual que grandes estudios como Sony Pictures, Warner Bros o Disney se interesen en coproducir en la India filmes pensados, por ahora, solo para el mercado local, por cierto más que suficiente.

'Slumdog': ¿un caso aislado?

Pero nada de lo anterior explica bien que ¿Quieres ser millonario? haya llamado tanto la atención. Boyle ha dicho que estaba seguro de que su película gustaría en Inglaterra porque muchos indios viven allí -como rezago del pasado colonial-, pero se declara sorprendido del éxito en Estados Unidos. Sin embargo, pronto advierte que lo encuentra lógico. No en vano su película trata del hombre que, con esfuerzo y arrojo, se hace a sí mismo: el mito americano del hombre hecho a pulso.

El crossover -así llamado por el multimillonario Ambani- estaba servido: de Bollywood Danny Boyle toma el esquematismo de la situación -el tema universal del buen y el mal hermano-; el triunfo final del amor entre Jamal y Latika; la estructura de cuento de hadas, y el uso libre de la música. Pero como la cosa resultaba demasiado simplona para el gusto occidental, Boyle introduce un elemento completamente ajeno a Bollywood: la exposición de la miseria. Con eso satisface la necesidad de exotismo del espectador medio occidental, incapaz de hacerse una idea del subcontinente indio que no incluya la pobreza y la religiosidad.

Boyle conserva ambos elementos pero cambia el sentido del "está escrito", de base religiosa, que sostiene buena parte del conformismo social en la India. Porque este país, a pesar de su apertura a Occidente, conserva en amplios sectores un rígido sistema de castas. Ahí el carácter supuestamente subversivo de ¿Quieres ser millonario?: permitir a un paria un poco de movilidad social.

Sin embargo, lo que arruina la propuesta de Boyle es su incapacidad para dar una mirada de conjunto, su visión pornográfica de la realidad. La pornografía suele privilegiar las partes por encima del todo: se muestra un seno o un órgano sexual muchas veces sin relación con el cuerpo que lo contiene. Así es ¿Quieres ser millonario?: los pobres están aislados del contexto social que los rodea, son víctimas sin victimarios; se les presenta como un puro presente sin proyección, puesto en escena para el deseo de pobreza ajena de los públicos del primer mundo -que por cierto está en todas partes.

La 'unidimensionalidad' del protagonista es el más claro ejemplo: está completamente alienado por el amor de Latika. Lo que para muchos es una prueba de romanticismo no es más que un desajuste frente a la realidad: Jamal es un imbécil que no podría sobrevivir en un mundo real, y Boyle, evidentemente, lo trata con lástima, investido de su superioridad cultural.

¿Es una trampa o estaba escrito? Vale la pena no engañarse. Desde Trainspotting y sus relamidas imágenes de jóvenes drogadictos, Boyle demostró ser un director afín a los eslóganes, a la estética publicitaria, a la evasión de la realidad. Pero esa estética de "dulce para los ojos" no es inocente. Con ¿Quieres ser millonario? Boyle es, si no el cerebro, por lo menos el cómplice de una operación estratégica de grandes proporciones por la que el capital internacional busca empezar a controlar el cine más esquivo del mundo: el indio. No es gratuito que sean los teóricos poscoloniales quienes hayan detectado primero la trampa que estaba montada, o que sea por los buenos oficios de un inglés (la antigua metrópoli) que se prepare el camino para el neocolonialismo.

Por Pedro Adrián Zuluaga,
crítico de cine.

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