Veneno y remedio

Sorprendente. Desde el primer instante, cuando Alejandra Borrero entra a la sala, es claro que encarna a Mayolo. Camina pesadamente vestida con su gabardina característica, con los ojos vidriosos, perdidos, el pelo desordenado, la camisa ligeramente chorreada por algún café indiscreto. Hasta ahí, la caracterización es perfecta. Abre la boca y es simplemente él. La manera como ahoga las palabras entre susurros y gritos, con esa voz recorrida, a la que ya no le importa nada, revelan el fin de la vida.

Mayolo está en exámenes médicos, recluido, su compañía son la silla de ruedas, la camilla, la bacinilla y los múltiples diagnósticos que van contando, como apariciones esquizofrénicas en una pantalla al fondo, una vida consagrada a la droga y el alcohol. El panorama no puede ser peor: alcohol desde los 13, marihuana y coca desde los 20, LSD y hongos a los 28... Sin embargo, y sin ninguna intención redentora o apologética por parte del director, el personaje aflora todos sus miedos y angustias, su aburrimiento desde que nació, su necesidad de mediar la vida con alguna sustancia para soportarla, su búsqueda permanente de poesía, su brillante capacidad creadora, su labia elaborada.

Por momentos, uno lo odia profundamente, luego lo venera por algún destello de lucidez que demuestra lo grande que fue, lo compadece por patético o le genera la mayor de las ternuras. A pesar de la dureza del tema que trata, de la crudeza con la que conscientemente se destruye, es imposible odiar la obra, es imposible odiar a Mayolo, es imposible no ver la tremenda humanidad que de ese enorme cuerpo brota. Bastaría a la gente ver la obra para siquiera darle el beneficio de la duda a un drogadicto, verle sus conflictos morales, ver que por supuesto no le pasa por alto su estado y que le es necesario escapar de su mundo consciente para sobrevivir al tedio. Y claro que no lo justifica. Simplemente lo vuelve humano, completamente humano. Gracias Mayolo por resucitar para mostrárnoslo.

Dominique Rodríguez Dalvard  

'PHARMAKON'
Texto de Carlos Mayolo
Dir. Sandro Romero
Un monólogo de Alejandra Borrero

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