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La participación de las galerías especializadas en fotografía, Afa, de Chile, y Bergamin, de Brasil, en la reciente feria de arte ArtBo, demostró el creciente interés por este formato entre los coleccionistas colombianos. Incluso muchos stands pusieron en venta alguna fotografía, aun cuando la especialización en el campo todavía es precaria.
"Definitivamente -dijo al finalizar la feria Carlos Hurtado, director de la galería Nueveochenta-, creo que este año la selección de ArtBo reflejó
de manera más generosa la oferta de producción plástica contemporánea, y eso sin duda se tradujo en una mayor y mejor presencia de trabajos en fotografía". Su impresión fue confirmada por Carlos Salas, director de la galería Mundo, quien observa un coleccionismo de obras muy contemporáneas que tienen en cuenta a la fotografía. "Es un fenómeno muy reciente en Colombia; un eco de lo que ocurre desde hace unas décadas en los centros del arte".
Y Gloria Saldarriaga, codirectora de la galería Alcuadrado, se alegraba por el hecho de que los asistentes a ArtBo pudieran, "de una forma positiva y didáctica", acceder a este formato: "La feria nos hizo mirar hacia atrás y aprender a mirar la fotografía con profundidad gracias a la exposición de Fernell Franco", insigne fotógrafo caleño, fallecido a inicios de 2006, que desde comienzos de los setenta dio un paso más allá de la reportería gráfica y, sin intención, se adentró en el campo del arte.
Alcuadrado es, de hecho, una de las galerías colombianas que más apuesta por la fotografía, el performance y el video, tanto así que tiene entre sus representados al payanés Óscar Muñoz, un artista cada día más relevante en la escena de la fotografía internacional.
Tarde, pero llega
Que la fotografía en América Latina esté empezando a ser digna de colección es un hecho tardío pero natural. "En términos culturales, Latinoamérica no ha existido como unidad sino desde 1960 gracias al boom literario, pero esto no ha sucedido con la fotografía", asegura el curador peruano José Luis Falconi, del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard.
En efecto, a partir de aquella década la fotografía comenzó a entrar en el arte, aunque en Latinoamérica lo hizo de una manera bastante limitada si se tiene en cuenta que sus principales exponentes eran solo el mexicano Manuel Álvarez y el peruano Martín Chambi, indigenistas que, según el curador de Harvard, "formaban parte del canon mundial de lo exótico". A estos les siguió la corriente del neoindigenismo, en manos de fotógrafos como el guatemalteco Luis González Palma o las mexicanas Graciela Iturbide y Flor Garduño.
Pero tal como sucedió en la historia del arte, antes que mirar a los vecinos, la fotografía latinoamericana primero miró a París y a Nueva York. "No había diálogo interprovincial -dice Falconi-. Mi relación como peruano era primero con Cartier Bresson (fotógrafo francés considerado por muchos el padre del fotorreportaje ) que con cualquier fotógrafo argentino. Hasta hace cinco años no sabía qué estaba pasando en cualquier país latinoamericano". Las cosas, sin embargo, parecen estar cambiando.
Registro íntimo
El ingreso de la fotografía a las galerías y museos de arte contemporáneo fue el resultado del paulatino desinterés por las imágenes que capturaban instantes -muy propio de la fotografía de la posguerra- y el creciente interés por las referencias más íntimas y personales. "La fotografía es un medio para experimentar -explica el escultor colombiano Luis Fernando Peláez-. En mis trabajos más recientes es un ingrediente que introduzco para narrar mis vivencias y creencias".
Por supuesto, ahora cabe la manipulación para llegar a ese fin íntimo, y ya nadie se plantea si la imagen es verdad o no. "Ya registrar no basta -dice Falconi-. Debe haber algo más, como la recreación, el reemplazo, la reinterpretación".
Por eso no es inusual ver fotografías en donde el artista explora su cuerpo y sus múltiples identidades, como lo hace el colombiano Juan Pablo Echeverri; revisiones a los grandes retratos o escenas de la historia del arte, al estilo de la japonesa Hiroshi Sugimoto y la argentina Constanza Piaggio; o trabajos como el del colombiano Óscar Muñoz, quien desintegra y descompone la imagen para plantear una reflexión sobre la memoria que se pierde.