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Luis Towers, uno de los grandes exponentes de la champeta en Colombia, adora presentarse en recintos pequeños en los que el encuentro con el público es más personal. "Me gusta interactuar con el público, así que esas presentaciones más íntimas son muy estimulantes ¿dice¿. Es ahí donde realmente se mide la aceptación de las personas, donde se siente el calor entre los músicos y los espectadores y donde uno logra posicionarse en el corazón de la gente".
Su opinión coincide con la de muchos artistas y melómanos: la música en vivo en espacios más privados se siente diferente que cuando se ve en grandes escenarios. Y el plan sale más barato. Por eso los públicos la piden, los artistas la necesitan y los bares, restaurantes y discotecas la ofrecen cada día con mayor frecuencia, con géneros que se adaptan a los gustos más diversos.
Durante las últimas dos décadas, la música en vivo estuvo relativamente apagada en Bogotá. Sin embargo, factores como la prolongación de la 'hora zanahoria' ¿medida que obligaba a cerrar los bares a la 1 a.m.¿ y desarrollos tecnológicos que mejoraron el sonido de las presentaciones, han disparado la oferta y la demanda. Según el músico y productor Iván Benavides, el fenómeno no se veía con esa intensidad desde la década de los 80: "Ahora, poco a poco, con la extensión de los horarios, la vida nocturna está resurgiendo, como debe ocurrir en cualquier ciudad cosmopolita, como Londres o Nueva York".
Dinosaurios vivos
En la década de los 80 y a principios de los 90 las bandas encontraron espacios como Salomé, Galería Café y Libro y Quiebracanto, donde la música en vivo era cotidiana. En ese entonces solo se necesitaban algunos instrumentos, un grupo de buenos músicos y un amplificador. Varios de esos lugares ahora son como dinosaurios que pelearon contra la extinción y, gracias a su capacidad de supervivencia, hoy se unen a más de 30 sitios que abren sus puertas a tendencias que van del rock a la champeta.
La ventaja de estos tiempos es que el barullo que caracterizaba a la música en vivo se ha atenuado. Atrás quedaron los tiempos en que la percusión o una voz estridente en el micrófono opacaba al resto de la banda. "A la vieja guardia lo único que le importaba era tocar y cantar ¿cuenta Sergio Arias, vocalista de Malalma¿. Ahora los lugares y las bandas nos preocupamos cada vez más por ofrecer un sonido impecable".
Todos los viernes y sábados, ciertos jueves e incluso miércoles, es posible encontrar en alguna parte de la ciudad un lugar en el que se presentan grupos en vivo. Las ofertas incluyen desde grupos de rock aficionados, hasta intérpretes y bandas de renombre, algunas de las cuales se fueron dando a conocer en estos espacios.
Sidestepper, La 33, Diva Gash, Chocquib Town, The Hall Effect, Luis Towers y Jorge Celedón se pasean por los bares de la ciudad, cuya entrada cuesta entre 10.000 y 30.000 pesos. Precios módicos, teniendo en cuenta que la boleta de un concierto de La 33 puede costar entre 150.000 y 180.000 pesos. "El auge de los planes con música en vivo ha provocado una explosión de los mercados de nicho ¿cuenta Benavides¿. Por ejemplo, la Hamburguesería le apuesta al rock; Quiebracanto, a la música fusión, y Casa de Citas, a la tradicional". Sí, hay gente y lugares para todo.
Buen 'vitrinazo'
El renacimiento de la música en vivo en Bogotá también ha servido para que las bandas se den a conocer. "Queríamos ser una vitrina para los grupos de rock de la ciudad, porque hay muchos que no tienen dónde presentarse", asegura Reynaldo Román, gerente del pub Rock Garden. Por eso, todos los miércoles abren un espacio de audiciones para que los clientes que tienen un grupo toquen algunas de sus canciones. Si gustan al público, los vuelven a llamar. Los fines de semana el escenario se guarda para bandas profesionales, como The Hall Effect o Black Cat Bone. Eje bar, Jackass, Inferno y Hard Rock Café, son otras opciones para apuntarse al plan roquero y oír buenos músicos.