Aimard se fuga

Bach - Die Kunst. Der Fuge. Pierre-Laurent Aimard. Deutsche Grammophon. 2008

'EL ROSTRO ES EL ALMA del cuerpo'. Ludwig Wittgenstein. Si nos remitimos al famoso retrato de Bach hecho por Elias Haussmann, o a la reciente reconstrucción dirigida por la antropóloga forense Caroline Wilkinson, descubriremos a un hombre maduro, recio, con una mirada de ternura y profundidad. Pero, al mismo tiempo, el observarlo nos deja perplejos, pues estamos frente al alma del hombre que cambió para siempre la historia de la música. Después de haber creado algunas de las obras fundamentales de la música de Occidente, este ser se entregó a la confección del que hoy es considerado casi unánimemente su testamento, El arte de la fuga.

Die Kunst der Fuge conserva un extraño misterio y una belleza arcana, y quizás sea una de las más bellas creaciones sonoras de todos los tiempos. No hay un acuerdo sobre el instrumento o grupo de instrumentos para el que fue creada esta obra, ni su orden exacto de ejecución. Algunos se la adjudicaron al clavecín y otros al órgano, pero hoy es posible encontrar nobles versiones realizadas en un amplio espectro instrumental, a las que ahora se suma la impresionante versión para piano del francés Pierre-Laurent Aimard. Esta grabación nos deja embelesados, pues en ella hay pasión, claridad rítmica, fuerza y una lucidez interpretativa que hace de esta obra un lugar tan deseable que resulta un verdadero goce para el espíritu.

El arte de la fuga requiere, y casi que exige, a un ser capaz de amar esta música tan humana, construida a partir de contrapuntos y fugas, retornos y partidas. Una obra que celebra lo pequeño y grácil, que juega con un tema o una idea, llevándola por escenarios disímiles, para ser vista desde diferentes perspectivas y latitudes, para ser transformada hasta donde sea posible, sin perder su esencia y belleza. Aimard, como si se tratase de un diestro panadero, amasa este elemento primordial para darnos pequeños y maravillosos manjares. Pan al oído, al rostro y, según se vea, al alma.

POR: CARLOS HEREDIA GALINDO

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