El joven pianista polonés Rafal Blechacz logra con Chopin un sonido renovado y espléndido.
SIEMPRE ME HE PREGUNTADO ¿cuál es el guiño que, viniendo de lo inefable, dota a algunos intérpretes de esa particular sensibilidad con la que logran dar vida a partituras que han sido tocadas una y otra vez, y que en sus manos parecen reverdecer? Quizás sea una mezcla de elementos humanos e invisibles que se conjugan, como la gran habilidad desarrollada desde la infancia que les posibilita utilizar al tiempo ambos hemisferios cerebrales para, a su vez, lanzar las manos y otras partes del cuerpo a tareas diferentes. Así mismo pueden citarse los innumerables conocimientos musicales, cultivados también desde la niñez, que facilitan a un intérprete el aprendizaje de un texto musical que, una vez repasado y emplazado en la memoria, puede ser manejado a voluntad.
Quizás sea esto y mucho más lo que hace que un músico suscite en quien lo escucha el mayor de los asombros, o la más honda de las decepciones, y es que, más allá de sus dotes, quien se sienta frente a un instrumento es un ser humano, con falencias y virtudes y, como tal, expuesto a los avatares de la vida.
Uno de estos singulares seres es el joven pianista Rafal Blechacz, nacido en Nakło nad Notecia, Polonia, en el año 1985, y quien ha logrado algo cercano a lo imposible al tomar obras que han sido grabadas en múltiples ocasiones, para otorgarles, como por ensalmo, una dimensión diferente y renovada. El repertorio: 24 Préludes, Op. 28; Prélude In A Flat, Opus Posth.; Prélude Op. 45; y Deux Nocturnes, Op.62, de Frédéric Chopin. Sí, se trata de piezas que hacen parte del canon romántico, pero que gracias a la interpretación de Blechacz logran alejarse de los lugares empalagosos y anodinos. Su Chopin resulta mágico y ausente de toda zalamería; lo suyo es desbordante, lúcido, enérgico. Fraseos quizás similares a los que Chopin ejecutara en vida, íntimos, desequilibrantes, reveladores y, sobretodo, discretos, pero cargados de una refinada fuerza. No es de extrañar que el joven Rafal fuera el ganador del célebre Concurso Internacional de Piano Chopin de Varsovia en el año 2005, donde participaron 257 pianistas de diferentes países. Su mezcla de habilidad técnica, y humanidad van de la mano sin disgustos que resultan fascinantes al escucharle.
No encuentro otra manera noble para concluir esta reseña que robarme, no sin cierto descaro, la frase de George Steiner: "El dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los demás seres vivientes. Sin embargo, lo deja convertido en un extraño para si mismo y para la enormidad del mundo". Quizás para acompañarnos frente a tal enormidad esté la música de Chopin en manos de Rafal Blechacz.
POR: CARLOS ALBERTO HEREDIA GALINDO.