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EL CIEGO (HUMBERTO DORADO) sale lentamente al escenario con su bastón y se sienta como de costumbre en una banca, a esperar a que pasen los minutos de una plácida mañana de primavera.
De repente pasa un ejecutivo (Rodrigo Trujillo), mira el reloj, se detiene, observa al hombreque está sentado y lo envidia porque cree que no tiene que tomar decisiones. Se sienta y lentamente intenta entablar una conversación con el ciego, al que reconoce -por las fotos que ha visto en las revistas- como un famoso escritor, mientras éste se pregunta qué será lo que está pasando a su alrededor.
Sin darse cuenta, el ejecutivo vive una especie de catarsis, manda al demonio la importante cita de las 11 y le confiesa al viejo que su vida ha sufrido un giro, que está perdidamente enamorado de una jovencita, de una escultora, a pesar de que ha tenido una buena vida junto a su esposa. Por ello, no le inquieta gastarse en una horrorosa pintura que la artista le recomienda los ahorros del viaje a Europa con el que habían soñado los esposos hacía años. A su turno, el viejo le cuenta al ejecutivo que también perdió la oportunidad de vivir la gran experiencia de amor de su vida al dejar pasar en la estación del metro en París a esa joven con quien cruzó su mirada por un instante, pero a quien no se atrevió a detener. "Ahora, ya viejo y ciego, puede pasar a mi lado y yo no me daría cuenta", expresa.
Hasta aquí, Cita a ciegas, el nuevo montaje del Teatro Nacional dirigido por Nicolás Montero, podría ser un culebrón mexicano. Pero no hay tal. La historia, además, está tan bien contada, que las dos horas y media que dura la obra pasan livianas entre las mentiras, las confesiones, los desencuentros, los engaños y las absurdas casualidades que se van desenmarañando sin artificios escenográficos ni efectos especiales, y que dejan claro por qué por amor se puede perder la razón y tirarlo todo al traste.
Es fácil encontrar algo borgeano detrás de la pieza, porque la casualidad y el destino están presentes permanentemente, sin mencionar que el mismo protagonista podría ser el mismo Borges. Mario Diament, autor de la obra, lo sabe.