"EL HUMOR MÁS FINO es el de ponerse en ridículo uno mismo, y así poder decir sin pena ni rubor que soy tan pero tan flaco que cuando mi mamá me dio a luz siguió virgen... En mi vida no hago otra cosa que echar chistes y gracias a ello he podido conocer 18 países.
El problema de llevar 40 años haciendo reír es que a uno se le alborota el almizcle y no deja hablar a nadie. Aquí van dos ejemplos de mi lora: Cuando Mockus quería premiar al carro número un millón que entraba a Bogotá se topó en el peaje con tres negritos excepcionales. Al preguntarles qué harían con el premio, el chofer dijo: sacar el pase; el copiloto le gritó que no le pusiera bolas porque estaba borracho y el de atrás confesó que todo era una farsa porque el carro era robado.
Y los niños son la mata de inocencia: ¿De qué se murió tu papá?, le preguntó la psicóloga al niño. 'Murió de grosería', le respondió. '¿De grosería?'. 'Sí, estábamos en el comedor y se paró de repente, se puso la mano en el corazón, gritó '¡ay jueputa!' y se murió".
Hoy, a mis 80 años, lo único que quiero es seguir haciendo reír y así burlarme de la muerte, a la que no le tengo miedo, porque de todas formas estoy muerto pero me hago el pendejo".