La década que termina quedará registrada en los libros de Economía por varios motivos: porque se gestó la peor crisis internacional desde la Gran Depresión y se comprobó que, a veces, la economía no puede reactivarse ni siquiera regalando plata. Pero tal vez el aspecto más llamativo de esta década puede resumirse en la pregunta que hacían algunos periodistas y expertos a comienzos de este año, con la tranquilidad de quien averigua por la salud de la señora y los niños: "Ahora que se acabó el capitalismo... ¿qué viene?"
Así es la cosa. Hace unos meses, mientras todos nos levantábamos para ir a trabajar, fue decretada la muerte del capitalismo. Y no se trataba de la exageración tropical de algunos periodistas locales. Incluso la revista Time dedicó la carátula de su edición europea de comienzos de febrero a Carlos Marx, algo que solo había pasado una vez en 1948. Pero entre las dos portadas había una diferencia: mientras hace medio siglo la revista caricaturizó a Marx como un demonio, a comienzos de este año lo invocó como un oráculo que podía dar luces para resolver los estragos de la crisis internacional.
¿Qué razones llevaron a varios observadores a declarar la muerte del capitalismo? La respuesta es un hecho contundente que afloró con la crisis: el libre mercado sin regulación y la codicia sin límite pueden generar grandes desastres. Estos dos fenómenos estuvieron en la médula de la crisis, primero como factores de la gestación de la burbuja de la finca raíz: ¿a quién se le ocurre dar préstamos para vivienda a quienes no tienen con qué pagarlos? Se le ocurre a una persona cuyos ingresos dependen del volumen de créditos colocados en un mercado sin regulación. Esas mismas situaciones también estuvieron presentes en la expansión de la crisis: ¿a quién se le ocurre vender esas hipotecas de dudoso pago a otras entidades como si fueran un activo sólido? La respuesta es la misma: a alguien cuyos ingresos dependen del volumen de sus negocios en el corto plazo, en un mercado sin regulación.
De modo que una noche los políticos del mundo se fueron a dormir con la indignación alborotada y la certeza de que había que replantear el capitalismo, pero se levantaron pensando que las soluciones debían aplicarse con más calma. Entonces las propuestas empezaron a ser más prácticas, y se orientaron hacia los problemas inmediatos de la crisis. Aunque era cierto que había que desarrollar una regulación más estricta para el sector financiero y que había que ponerle cortapisa a las remuneraciones basadas en resultados de corto plazo, también lo era que había que evitar que colapsara el sistema financiero internacional.
Así, los gobiernos de los países más poderosos entraron en una etapa de esquizofrenia. Mientras los discursos hablaban de la necesidad de controlar los mercados y de censurar la codicia, las autoridades económicas dedicaban grandes sumas de dinero a salvar a los bancos irresponsables. ¿Otra vez el viejo truco de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas? Ante ese cuestionamiento, algunos plantearon que la esquizofrenia se superaba con el siguiente argumento: era cierto que los gobiernos estaban salvando a los bancos con la plata de los contribuyentes pero, eso sí, estaban poniendo restricciones a la remuneración de los banqueros. Y a todas estas, ¿qué pasó con el capitalismo? Resucitó con ímpetu, como lo demuestra el que usted y yo estemos a punto de repetir el absurdo ritual de comprar superfluos regalos de Navidad. ¿Y qué fue de la suerte de los grandes banqueros y las restricciones a la codicia? Los grandes banqueros son cada vez más grandes: los cuatro mayores bancos de Estados Unidos crecieron con la crisis y ahora controlan 40 por ciento de los depósitos, colocan la mitad de las hipotecas y tienen dos terceras partes de las tarjetas de crédito. La codicia tampoco parece haber sufrido, pues esos bancos ahora pagan menores rendimientos por los depósitos y cobran mayores intereses por los préstamos. Y mientras eso sucede, la deuda pública de la mayoría de los países del mundo crece por cuenta de las políticas fiscales que se aplican para enfrentar la crisis. ¿Y las propuestas para regular la economía de mercado? Aún siguen siendo solo propuestas, lo que significa que nada sustancial ha cambiado. Hasta que nos demuestren lo contrario.
Por Mauricio Reina,
investigador asociado de Fedesarrollo*
*Los puntos de vista expresados no comprometen a la institución.