Ante la publicación de cifras preocupantes sobre la economía venezolana, el gobierno de Hugo Chávez reaccionó con un impresionante despliegue de medidas para enfrentar la inflación creciente y las evidencias de contracción en la actividad económica. En el segundo trimestre la economía venezolana se contrajo en un 2,4 por ciento, luego de una larga racha ininterrumpida de crecimiento. De manera simultánea, se conoció que la inflación alcanzó en septiembre la cifra más alta de todo el año, y se ubicó en un 2,5 por ciento. Los funcionarios del "Gobierno Bolivariano", de quienes usualmente se oyen apreciaciones positivas sobre el rumbo de la economía venezolana, han tenido que admitir que en 2009 podría no haber crecimiento económico, y la inflación llegar al 26 por ciento anual. La realidad podría incluso ser peor.
Las medidas fueron anunciadas en diversas conferencias y ruedas de prensa, y su presentación estuvo matizada por expresiones de fuerte contenido ideológico. Jesse Chacón, ministro de la cartera de Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias, y uno de los más leales lugartenientes de Chávez, afirmó que las medidas tenían por objeto aprovechar la crisis para dar el "salto histórico" al socialismo, sistema al cual se refirió como "amor entre hermanos". Alí Rodríguez Araque, el adusto ex guerrillero que ha ocupado varios cargos técnicos en el Gobierno, y quien actualmente oficia como ministro de Finanzas, no pudo evitar referirse a los precios del petróleo, cuyo nivel estuvo durante varios meses por debajo de las expectativas del gobierno de Chávez; pero culpó de tal cosa al capitalismo internacional, y a los especuladores financieros. Y estos comentarios alcanzaron la extravagancia con las palabras de Jorge Giordani, ministro de Planificación y Desarrollo, quien llegó a sugerir que la situación socioeconómica de Venezuela es superior a la de Estados Unidos.
Los objetivos inmediatos del paquete de medidas son tres. En primer lugar, atajar el crecimiento de la inflación. En segundo lugar, incentivar el desarrollo de la construcción de vivienda, con el propósito de reactivar algunos sectores que de manera estrecha se relacionan con dicha actividad, y dar además un impulso a la demanda. Y en tercer lugar, alcanzar el autoabastecimiento en materia alimentaria. Este último objetivo presenta dos caras: por un lado, se propone como estrategia para reactivar la producción nacional la sustitución de importaciones, con lo cual, además, se pretende dar solución a los frecuentes problemas de desabastecimiento que ha venido sufriendo Venezuela. Pero además, el autoabastecimiento es un importante derrotero del programa político chavista, tanto por la hostilidad que en dicho programa se profesa hacia el libre comercio, como por el hecho de que, en las crisis recientes con Colombia, la amenaza de reducir el comercio ha sido el arma favorita de la estrategia de Chávez.
El conjunto de medidas, que en total suman 54, incluye nuevas reglamentaciones para la banca de modo que a esta le sea más fácil dar crédito. También ayuda directa a los sectores de alimentos y construcción de vivienda. Y hay en particular dos decisiones que llamaron la atención. La primera, que, para los cálculos del nuevo presupuesto nacional se asumirá un precio del petróleo de 40 dólares por barril; parecería una señal de prudencia y mesura por parte del Gobierno para evitar una sobrevaloración irreal en los ingresos petroleros. También llamó la atención el anuncio de nuevas emisiones de bonos: el Gobierno cree poder hacerlo con comodidad, pues el saldo de la deuda pública de Venezuela no es apremiante (es inferior al 20 por ciento del PIB); pero preocupa el creciente uso que el Gobierno está haciendo de las emisiones de deuda: en un país petrolero, dotado con un multimillonario ingreso que viene de los mercados mundiales, el recurso a las emisiones de deuda puede indicar patrones irresponsables de gasto público, que ni siquiera pueden ser cubiertos con la renta del petróleo.
El inusual despliegue de medios que acompañó a las medidas no ha servido para convencer a los analistas. Muchos de ellos han observado, por ejemplo, que Venezuela necesita medidas más drásticas. Una de ellas sería la devaluación, o mejor aún, la reforma radical de ese complejo sistema cambiario que funciona con una tasa de cambio oficial, y una del mercado negro que es muy superior a aquella. Otra medida que muchos analistas han reclamado es la eliminación de los subsidios a la gasolina, cuyo costo fiscal es considerable. Pero el gobierno de Chávez tiene muy fresca en la memoria la imagen del 'Caracazo', esa explosión de violencia popular que siguió a la adopción de medidas económicas drásticas en la segunda administración de Carlos Andrés Pérez. En medio de crecientes problemas sociales, de una inseguridad alarmante, y de una significativa polarización política, es casi inconcebible que el Gobierno actual se atreva a dar un paso al frente con medidas serias. Por ahora, seguirá descansando en sueños imposibles como la sustitución de importaciones y la estatización de la economía. Sueños cuyo soporte seguirá siendo la renta del petróleo.
Por Andrés Mejía Vergnaud, Instituto Libertad y Progreso.