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En presencia de un gigante, de un coloso, es natural pensar cuándo caerá, o qué lo hará colapsar. Lo mismo sucede con los imperios y con las grandes potencias, y sin duda ha sucedido con Estados Unidos. Este país ha sido, desde hace casi un siglo, la primera potencia económica del mundo. Lo fue incluso en las épocas de la guerra fría: la Unión Soviética jamás pudo igualar a Estados Unidos en lo que, en el mundo de hoy, marca la diferencia entre el estancamiento y el progreso: la capacidad de innovar y de crear.
Pues bien: ese magnífico gigante, esa economía, la más fabulosa de la Historia, muestra hoy como nunca síntomas de graves afecciones, tan graves, que hacen que sea válido preguntarse si la crisis actual será simplemente una turbulencia pasajera, o si constituye ya el anuncio del ocaso de Estados Unidos como gran poder económico del mundo.
Empecemos por aclarar que el toque de difuntos para el poderío estadounidense ha sonado ya varias veces en el pasado, sin haberse hecho nunca realidad. Durante la guerra fría, para muchos era inminente que el bloque socialista sobrepasaría a Estados Unidos. Años después, gracias a la obra Auge y caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy, se puso en boga pensar que Estados Unidos estaba sufriendo de una extensión exagerada de su poder imperial, cosa que, se creía, era la causa del colapso de los imperios. En ningún caso se cumplieron esos pronósticos, y más aun, después de la guerra fría y del libro de Kennedy, Estados Unidos entró en una época de multiplicación y consolidación de su poder, y fue más poderoso que lo que nación alguna haya sido en la Historia. Con consciencia, entonces, de que estas profecías no son nuevas ni necesariamente acertadas, puede procederse al análisis de los factores que hoy hacen surgir nuevamente la idea de que llegó el fin de la preeminencia norteamericana en el mundo.
Los primeros temores, claro está, surgen de la situación económica. Estados Unidos ha experimentado recesiones en el pasado, pero todo indica que la actual será esencialmente diferente. La economía estadounidense suele recuperarse con rapidez de las recesiones; en esta ocasión, sin embargo, muchos opinan que tal recuperación rápida no se dará, y que el Estados Unidos de la siguiente década imitará al Japón de los noventa, incapaz de elevar la cabeza, afectado por bajo crecimiento y por deflación, cosa que haría que todo su capital pierda valor. Si Estados Unidos no logra una rápida recuperación, temen algunos, su preponderancia mundial se irá disipando, mientras China se convierte en la primera economía del mundo.
Profecías anteriores
No cabe duda de que eso puede suceder. Pero en el complejo mundo de la economía, tan difícil de predecir, las sorpresas abundan. Y tales sorpresas pueden venir del hecho de que, pese a la crisis, Estados Unidos tiene grandes fortalezas, y la despampanante economía china tiene serias fracturas internas. Hoy la economía china está de moda, como está de moda ver en China el superpoder de las próximas décadas. En los ochenta Japón provocó una fiebre similar, y los pronósticos de superioridad mundial japonesa nunca se hicieron realidad.
Pero el poder económico de un país no es solamente cuestión de indicadores. En el fondo, hay otros factores que determinan el éxito o el fracaso de una economía, como son las instituciones políticas y la cultura. Y es en este último factor donde el autor de esta nota observa signos verdaderamente preo-cupantes.
La fuerza del capitalismo estadounidense ha sido impulsada por factores culturales. Estados Unidos ha sido una nación de emprendedores; una nación a la cual repugnan los privilegios hereditarios; una nación que admira a los empresarios, y que recompensa con la mayor veneración social a quienes hicieron su fortuna partiendo de la nada. Estos elementos culturales tal vez sigan vivos y presentes. Pero hay otro que ha sido fundamental en el éxito de dicho país, y cuya ausencia no solo impacta el desempeño de una economía en el largo plazo, sino que la hace muy inestable, y la vuelve adicta a las políticas económicas de corto plazo. Se trata de la cultura del ahorro y de la capitalización. Dicha cultura era una de las más hondas tradiciones estadounidenses: aquel era un pueblo de ahorradores, donde incluso los más ricos eran austeros en sus gastos. Hoy, en cambio, Estados Unidos se ha transformado en un país de consumidores compulsivos y deudores: la gente común ha dejado de ahorrar, y además ha tomado la costumbre de endeudarse hasta el cuello.
Cuando, por causa de los ciclos económicos, los activos -como las viviendas- pierden valor, las deudas sobrepasan de lejos el patrimonio de los hogares, y estos entran en una oleada de bancarrotas. La gente común se empobrece, y toda la economía se vuelve dependiente de que sus ciclos se manejen a punta de tasas de interés, cosa que no hace más que exacerbar la mentalidad del corto plazo y del endeudamiento fácil.