La crisis tumbó el dogma que imperaba a favor de la propiedad privada de las entidades bancarias. Nacionalización ya no es una palabra proscrita. Por Andrés Mejía Vergnaud.
Pasan los días, y las noticias que anuncian más crisis no dejan de venir. No llega una jornada en la cual los titulares de los periódicos no informen sobre aumentos del de-sempleo, contracciones en la producción y en las ventas, y sobre todo, más indicios de que los bancos de las grandes economías se hallan al borde de la muerte. Y es esta última noticia la que más alarma causa, y la que más concentra los esfuerzos de los analistas. En ocasiones, esto crea desconsuelo en el ciudadano común, y le hace pensar que existe una perversa preferencia por lo financiero y lo bancario por encima de lo puramente humano: ¿acaso no son más dramáticas las noticias sobre desempleo, o sobre los millares de personas que han perdido su hogar? Es verdad que tales sucesos son muy dolorosos, pero también es verdad que, por el papel crucial que juega el sector financiero en una economía, la quiebra de este significaría el colapso de todo lo demás, y haría que se multipliquen por miles de millones las tragedias económicas que tienen dimensión humana. Es más, ni siquiera es necesario que la banca quiebre para que se produzca esta fatalidad: basta con que, por razón de su situación financiera, sea incapaz de hacer préstamos.
En medio de esta severa crisis, ha resucitado un concepto que, pocos años atrás, se habría dado por desaparecido: la idea de nacionalizar los bancos. Paul Krugman, Nobel de Economía, escribió una elocuente columna en The New York Times para defender esta alternativa (enero 19). En un foro del mismo periódico, el economista Liaquat Ahamed dijo que la nacionalización es una opción de última instancia, pero estamos en una situación de últimas instancias (enero 22). William Buitler propuso, en The Financial Times, la nacionalización de los más importantes bancos de Estados Unidos y de Inglaterra, y ofreció muy convincentes argumentos (enero 16). En el mismo periódico, John Gapper advierte que de ningún modo puede permitirse la quiebra de los grandes bancos, como se permitió la de Lehman Brothers, pues una cosa es un corredor bursátil y otra es un banco comercial (enero 21).
"Muertos que caminan"
¿Qué es exactamente lo que se propone? Buena parte de los grandes bancos en Estados Unidos y en Inglaterra tienen una situación patrimonial que les hace muy difícil, si no imposible, continuar desarrollando su vital actividad de prestar dinero a toda la economía. Había en su patrimonio muchos títulos que han perdido valor -especialmente títulos con respaldo hipotecario-, y por tanto la proporción entre sus activos y sus pasivos se ha hecho crítica. ¿Qué remedio puede haber? En primer lugar, y en circunstancias normales, el remedio sería administrado por inversionistas privados, quienes a cambio de acciones darían al banco nuevos recursos. Pero las circunstancias no son normales: esta opción ya se intentó, y fue insuficiente. En segundo lugar, el Estado podría intervenir, por ejemplo, mediante paquetes cuantiosos de ayuda financiera directa, o mediante la adquisición de los títulos que han deteriorado el patrimonio de los bancos. La primera de estas posibilidades es poco recomendable: equivaldría a premiar, con dinero público, a quienes se involucraron en riesgos excesivos. En cuanto a la segunda -la adquisición de títulos- hay una gran dificultad técnica que yace en la valoración de estos. Y aun si tal dificultad se superara, es tan grave la situación de algunos bancos -"muertos que caminan", dice William Buitler- que ni siquiera de este modo podrían salvarse.
La propuesta, entonces, consiste en que el Estado proporcione los recursos que necesitan los grandes bancos, pero a cambio de una toma total de su propiedad accionaria, o al menos de una proporción que le otorgue su control total. Al cabo de unos años, cuando las aguas se hayan calmado, dichos bancos se venderían al sector privado, aunque tal cosa se haría dentro de un nuevo marco de reglas, más estricto y severo. Para un número ya significativo de analistas destacados, no solo es esta la única opción, sino que serían desastrosas las consecuencias de no ponerla en marcha. Ya se han dado pasos. Irlanda nacionalizó uno de sus principales bancos, el Anglo Irish Bank. El año pasado, Inglaterra tuvo que nacionalizar el banco Northern Rock, y tomó control de parte del banco Bradford & Bingley. Hoy, todos los ojos miran hacia Citigroup y el Bank of America.
No sobra advertir que, aunque se imponga como única alternativa, la nacionalización no está exenta de problemas. El primero, claro, es el costo: las cantidades que se necesitan son colosales, y su impacto se haría sentir en las finanzas públicas, en la deuda, e incluso en la fortaleza de las monedas. Hay experiencias pasadas que han resultado ser catastróficas. En manos de gobernantes, es decir de políticos, hay un elevado riesgo de que la función crediticia empiece a utilizarse con propósitos de naturaleza proselitista, por ejemplo, para satisfacer las exigencias de ciertos grupos de presión, o simplemente para hacer populismo. Por eso, William Buitler advierte que los bancos nacionalizados tendrían que funcionar de acuerdo con estrictos criterios de banca comercial. Tal cosa sería un logro histórico, digno de estudiar y admirar.
Por Andrés Mejía Vergnaud,
Instituto Libertad y Progreso, ILP.