Prosperidad de la minería se debe administrar con prudencia

En los próximos años la minería aumentará su participación en el Producto Interno Bruto del país.

Existen leyendas según las cuales el hallazgo de una mina de oro desata una maldición sobre el afortunado. El sentido común capta así correctamente una realidad de la vida económica y cultural del ser humano: la condena que sobreviene a quien goza de una riqueza gratuita, o muy generosamente concedida por la naturaleza.

De esta circunstancia no escapan las sociedades ni los países. Por eso, ahora que por todas partes se anuncia una posible bonanza minera para Colombia, se abre un debate sobre las mejores formas de administrarla.

A la mente viene de manera inmediata el posible impacto económico. Al respecto, ya han advertido varios economistas, existen fórmulas para conjurar lo malo y aprovechar al máximo lo bueno. Pero hay otra clase de problemas que suelen acompañar a las bonanzas que regala la tierra; los problemas culturales y políticos que incluso pueden llegar a impedir que una nación disfrute de un sistema democrático normal y estable.

Nueva realidad minera

Los últimos meses han traído, en abundancia, noticias positivas sobre la minería colombiana. Hay estudios internacionales que indican que este sector tiene un elevado potencial para el desarrollo. El público ha conocido de nuevos hallazgos, como el realizado cerca de Cajamarca. Parece que buena parte de esa entusiasta inversión extranjera que hoy llega a Colombia tiene los ojos puestos en la actividad minera. Y, en general, la minería, junto con el petróleo, han venido aumentando su participación en las exportaciones: ya constituyen más de un 80 por ciento del total de las tradicionales, y casi la mitad de todas las exportaciones. Y todo indica que la minería aumentará notablemente su participación en el PIB.

Los economistas rápidamente han hecho advertencias. La primera de ellas señala el peligro de que Colombia sufra de la llamada "enfermedad holandesa", la cual consiste en una serie de perjuicios causados por el ingreso masivo de divisas provenientes de una bonanza. Otros temen a un incremento de la corrupción. También hay advertencias sobre el peligro de que la economía desarrolle una cierta dependencia de la minería.

Pero dado que el ascenso de esta es una realidad ineludible, y que no está bien paralizarse por temor al daño, varios economistas han acompañado sus advertencias con recomendaciones, de modo que Colombia pueda beneficiarse del incremento en la minería, y evitar o mantener bajo control los mencionados efectos negativos. La principal recomendación es la misma que surge para casi todos los problemas económicos nacionales, pero ante la cual suele haber oídos sordos: reducir el gasto público. Mauricio Reina, investigador de Fedesarrollo, explicó, en estas mismas páginas, por qué una bonanza minera, si ocurre en un entorno fiscal prudente y con superávit, constituye una fantástica experiencia, de la cual han disfrutado ya varios países como Chile (Cambio, junio 25).

La maldición de la riqueza

Pero los problemas con las bonanzas de la tierra van más allá de lo económico. El primero de ellos es de índole cultural. En general, las sociedades que han gozado de grandes riquezas no han desarrollado el tipo de cultura económica que permite el crecimiento sostenido, junto con la superación de la pobreza. Hay valores que suelen ser escasos en tales sociedades, como el del trabajo duro, el espíritu emprendedor, el ánimo de investigar e innovar, y el respeto por los contratos y las obligaciones. Todos esos valores son propios de una sociedad en la cual la economía es una dura lucha por producir y mejorar: si las riquezas abundan, y solo hace falta extraerlas, y si el mundo las demanda a precios desmesurados como sucede hoy, pues solo cabe sentarse a esperar que lluevan las rentas. Colombia, por fortuna, se ha formado en la primera tradición, gracias a su carencia de riquezas generadas por las dificultades de la geografía, y por experiencias históricas como la del café. Pero toda buena cultura puede llegar a corromperse. 

 A esto debe sumarse un problema de naturaleza política. Como dijo el economista venezolano Asdrúbal Baptista, en una reciente conferencia sobre el futuro de su país, la democracia descansa sobre un balance, en el cual el Estado monopoliza el poder político, y bajo su protección la sociedad ejerce la actividad económica. La riqueza del Estado depende, entonces, de la prosperidad de la sociedad civil. En un país lleno de riquezas naturales, por el contrario, el Estado es rico por derecho propio, y para nada necesita que la sociedad civil prospere. Esto, sumado al problema cultural ya mencionado, hace que, en general, las sociedades ricas por naturaleza no logren desarrollar o mantener una democracia. Basta ver el caso del petróleo: ni uno solo de los miembros de la OPEP tiene un sistema democrático normal. En el mundo petrolero han sido abundantes las monarquías tribales, las dictaduras militares, la teocracia y los caudillismos populistas. Rusia, país opulento en petróleo y gas natural, ha silenciado su incipiente democracia y se ha convertido en una potencia agresiva: "se le subió el petro-poder a la cabeza", dice Thomas Friedman en el New York Times (agosto 20).

No hay que ir tan lejos para ver las maldiciones que traen las riquezas dadas. Basta observar la lúgubre historia de las regalías en Colombia: corrupción, dilapidación y desviación de los recursos hacia la guerrilla y el paramilitarismo. A los departamentos como Arauca y Casanare el petróleo no les ha traído riqueza y desarrollo; les ha traído, en el menos vergonzoso de los casos, extravagantes piscinas de olas. Vale la pena, entonces, tomar precauciones, para que esta experiencia no sea un anuncio del futuro del país. 

Por Andrés Mejía Vergnaud
Instituto Libertad y Progreso. 
andresmejiav@gmail.com

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