A pesar de que Estados Unidos extendió las preferencias arancelarias para Colombia.
LA SEMANA pasada se prorrogó hasta diciembre 31 el conjunto de preferencias arancelarias conocido como ATPDEA. La firma parece resignar las posibilidades de aprobación del TLC con Estados Unidos este año y revela las dificultades de nuestra diplomacia para lidiar con la bancada demócrata en el Congreso norteamericano.
La estrategia actual del Gobierno colombiano choca directamente con los intereses demócratas. Mientras las administraciones republicana y colombiana buscan conseguir uno a uno los votos para la aprobación, la jefa de la bancada demócrata, Nancy Pelosi, trata de evitar que dicho tratado sea votado para no tener que exponer públicamente las fisuras que un tema como este genera en su partido.
La situación actual es producto de desaciertos que se cometieron al actuar bajo la premisa de que los temas colombianos gozaban de consenso político en Estados Unidos. El mito del "acuerdo bipartidista" hizo que Colombia perdiera sintonía con la bancada demócrata. Los errores llevaron a que la distancia entre el Gobierno colombiano y la dirigencia demócrata se incrementará y el TLC quedará permanentemente aplazado.
El primer error del proceso se produjo en el momento mismo de firmar el TLC. Esta decisión se tomó el 22 de noviembre de 2006, pese a que unos días antes, el 2 de noviembre, se habían realizado las elecciones parlamentarias que habían configurado una nueva mayoría en el Congreso en cabeza del partido de oposición y haciendo caso omiso de la solicitud expresa de dicho partido de no cerrar el tratado. Los demócratas advirtieron que sus observaciones debían ser incluidas en el texto del tratado so pena de no ser aprobado.
El segundo error fue "presidencializar" la aprobación del tratado. El Presidente inició una ofensiva para convencer a la bancada de oposición con el argumento de que la seguridad democrática era una muestra exitosa del combate al terrorismo y el TLC un premio para esta gestión. Una retórica que había funcionado muy bien con los republicanos, pero con muchas limitaciones frente a los demócratas. Las visitas del Presidente fueron recibidas con duras críticas a sus políticas y particularmente a su gestión frente al paramilitarismo y la llamada parapolítica. La "presidencialización" en lugar de facilitar las cosas, las complicó.
A este panorama se le sumó un tercer desacierto relacionado con la retórica oficial. El Gobierno insistía en los éxitos de la "seguridad democrática" mientras que los demócratas querían escuchar cómo el gobierno iba a asegurar el desmonte definitivo de las alianzas entre los sectores oficiales con las organizaciones criminales, principalmente financiadas por el narcotráfico, y responsables de las principales violaciones de derechos humanos. Los congresistas demandaban compromiso y propuestas nuevas mientras el Gobierno se centraba en los logros obtenidos. En palabras de Michael Shifter, vicepresidente del Díalogo Interamericano, "mientras la administración colombiana hablaba sobre el pasado, los demócratas querían un compromiso sobre el porvenir".
¿Año nuevo, estrategia nueva?
El año 2007 terminó sin TLC pero con modificaciones al acuerdo inicial, justo lo contrario de lo que se buscaba cuando se cerró el tratado en noviembre de 2006. La imposibilidad de obtener la aprobación del tratado obligó a un cambio en la estrategia.
Para 2008, en vez de hablar sobre las bondades de la seguridad democrática, el Gobierno optó por otra estrategia: mostrarlas. Desde fines de 2007 han visitado el país más de 67 congresistas, principalmente miembros de la cámara de representantes.
Los correctivos a la estrategia minimizan la crítica a la gestión de Uribe con relación al tratado y enfatiza en las bondades futuras que para el país tendría un TLC con Estados Unidos. Con el apoyo de la administración republicana, el Gobierno se dedicó a conseguir uno por uno los votos. El problema es que esta acción es necesaria, pero no suficiente para lograr que pase el acuerdo, pues el Gobierno continúa sin comprender la dinámica del partido demócrata como fuerza mayoritaria en el Congreso.
En primer lugar, la campaña presidencial ha sido una de las más reñidas y con mayor participación de la historia y sus dos protagonistas -Hillary Clinton y Barack Obama- se han manifestado en contra. Obama ha sido uno de los firmantes de las cartas en las que los demócratas critican a Colombia.
En segundo término, Nancy Pelosi, ha dicho que su prioridad es mantener y ampliar la mayoría demócrata. La propuesta del Gobierno republicano para apoyar el TLC no es un tema popular para ser electo, en medio de una crisis económica y una evidente pérdida de empleos, así que la decisión del partido es evitar la votación de nuevos tratados. Durante su gestión, Pelosi ha liderado una política obstruccionista en el Congreso, gracias a lo cual muchos analistas lo califican como el "Do nothing Congress". La decisión de evitar las votaciones ha sido adoptada justamente para evitar lo que el Gobierno colombiano pretende lograr: que varios miembros de la bancada voten en forma separada a la decisión mayoritaria.
Así pues, la estrategia colombiana choca directamente con la estrategia demócrata. El Gobierno se equivoca al buscar los votos para una votación que no va a existir y de paso fomenta el resentimiento de los principales líderes demócratas. ¿Qué hacer entonces?
LA NUEVA ALTERNATIVA
Para conseguir la aprobación del TLC es importante que el Gobierno y otros sectores interesados realicen una honesta revisión de la estrategia adelantada y reconozcan que el TLC necesita de un acuerdo con los principales líderes del partido demócrata. Peter Hakim, presidente del Diálogo Interamericano ha planteado una estrategia en esta dirección y ha propuesto algunos temas específicos sobre los cuales se podría construir dicho acuerdo.
El Gobierno debería presentar una oferta concertada con partidos y organizaciones sociales para reconstruir los lazos con los sectores críticos de Estados Unidos. Se deben articular acuerdos nacionales en torno al fortalecimiento de la democracia colombiana y la protección a los derechos humanos. Mientras tanto, queda claro que para mantener una buena relación con EE.UU. no basta con la empatía de los gobernantes.
POR JUAN FERNANDO LONDOÑO,
analista político.