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La obtención de un superávit fiscal, junto con un esfuerzo sostenido del Banco de la República para lograr la contención del exceso del gasto privado, podría hacer que la economía mantuviera un ritmo de crecimiento equilibrado, sano y sostenible. Esto haría que el déficit externo fuera menor que el 3% del PIB y que, de producirse una crisis internacional, la economía colombiana pudiera enfrentarla con fortaleza, sin sumirse en el caos y el desempleo. Uno de los subproductos de la oportuna contención de la demanda agregada sería la reversión de la profunda revaluación del peso. Con una moderada devaluación real se fortalecerían las exportaciones y se le pondría un freno a las excesivas importaciones que golpean algunos rubros importantes de la producción nacional.
En conclusión, vamos bien, pero debemos tomar medidas preventivas de tal forma que, un si se desata una crisis internacional, podamos seguir por el buen camino. Las experiencias de otras décadas nos han mostrado con claridad lo que nos puede ocurrir si la crisis nos coge con los calzones abajo. Al Gobierno le toca hacer lo que tiene que hacer.
Nubarrones a la vista
La situación de los mercados externos es la clave de la evolución de la economía colombiana. El gran dinamismo económico que ha vivido el país en los últimos años se originó y se mantuvo en buena parte por razones externas, las mismas que han impulsado a la mayoría de los países emergentes que también han registrado extraordinarias cifras de crecimiento. Los altos precios de las materias primas y la abundancia de capitales han estimulado la fuerte actividad económica de la mayoría de los países del mundo.
Ante las alertas y las dificultades que se perciben en el exterior, la mayoría de los analistas coincide en que un brusco cambio de signo en la economía mundial tendría un impacto negativo sobre la economía colombiana. Y que este impacto será más serio si ésta sigue mostrando preocupantes síntomas de vulnerabilidad.
No está lejana la experiencia de la crisis de finales de los años 90, que sobrevino después de un período de fuerte dinamismo económico originado, precisamente, en las crisis financieras de los mercados internacionales de capitales, y que se facilitó por el enorme déficit fiscal y el gigantesco déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos del final del gobierno de Samper.
Una economía como la colombiana, con un alto déficit en cuenta corriente, es una economía desprotegida, vulnerable a los problemas que pueden surgir en el exterior. E, infortunadamente, hay problemas a la vista en los mercados mundiales.
El más serio es el de la evolución de la principal economía del mundo, nuestro principal socio comercial: Estados Unidos. Esta economía se ha visto afectada por la crisis del mercado subprime, un problema que ya ha sacudido a sus principales bancos, lo cual ha hecho que las autoridades monetarias propicien una política expansiva que aún no ha podido disipar los temores de una recesión. Todos los días, por el contrario, aparecen nuevas señales de alarma y se toman nuevas medidas, sin que todavía el problema esté conjurado. Y no hay duda de que una recesión norteamericana tendría un severo impacto sobre la economía colombiana.
El segundo problema está más cerca: en Venezuela. Colombia le está exportando a este país más de 4.000 millones de dólares, una cifra récord. Esta suma, seguramente, tendrá que reducirse porque Venezuela sufre de un desequilibrio macroeconómico insostenible, que la obligará a disminuir sus compras del exterior. Si no se produce una devaluación, tendrá que imponer controles administrativos o inducir una recesión. Y los colombianos necesariamente saldrán golpeados -todo esto para no hablar de una posible interferencia del comercio bilateral por razones políticas, a raíz de las agudas diferencias personales entre los presidentes de los dos países-.
El problema es que frente a los posibles problemas de Estados Unidos y Venezuela, Colombia está desprotegida. Su déficit en cuenta corriente llegará en 2008 a 5%, un dato alarmante, superior al máximo -de 3%- que una economía bien manejada puede tolerar. Como se ha repetido tantas veces, si sobreviene una crisis externa cuando un país tiene un déficit externo excesivo, el impacto doméstico es siempre doloroso - y eso ya nos sucedió en 1999.