La Copa que nos permitió celebrar triunfos épicos, que nos dio orgullo por nuestros futbolistas y nos reunió en familia.
Nos enseñó geografía y nos llevó al estadio; nos aferró esperanzados a la televisión, nos hizo esperar emocionados el diario de mañana y apretar el oído contra la radio en transmisiones inaudibles, inauditas...
Nos regaló anécdotas y recuerdos; nos escandalizó y nos divirtió; tocó nuestras fibras íntimas cuando el equipo del corazón compitió por ella; nos subió las pulsaciones a mil antes de un penal definitorio...
Seguramente hundimos algún sofá en un salto eufórico, o golpeamos la mesa de rabia por ese gol cantado que al final no se cantó. (Yo besé el televisor en un gol de Bochini y me arrodillé suplicando que Zé Carlos fallara el penal en la final del '74, fui uno de los cuatro mil o cinco mil que llenó la tribuna del Centenario en el '73, en aquel desempate infartante contra Colo Colo, y usé mil cábalas para darle suerte a Independiente).
Nos permitió celebrar goles maravillosos y triunfos épicos; nos dio orgullo por nuestros futbolistas, nos reunió en familia o entre amigos para ver el partido imperdible...
Es una tradición que nos acompaña desde chicos; le decimos simplemente "La Copa" y en estos meses está cumpliendo 50 años, más bella que nunca. Ha sido el sueño recurrente de todos los hinchas del continente: participar primero, ganarla después.
Esa fuerza centrífuga llamada Libertadores de América nos sacude cada año y estamos felices. Fernando Morena, que la levantó en 1982 y fue tres veces goleador con Peñarol, nos refería: "En casa es como un rito la Copa; cuando llega, todas las semanas vemos los partidos en familia, juegue quien juegue, es muy lindo, nos une".
La escena, seguramente, es idéntica en millones de hogares latinoamericanos. Es martes, miércoles o jueves por la noche, la familia se sienta a cenar y una voz dice, pide, ordena: "Poné el partido". ¿Quién juega...? No importa, Boca y Gremio, América con Pachuca, Palmeiras frente al Bolívar... Da lo mismo, es la Copa.
Lo edificante es que la misma pasión que instala en los hinchas la inspira en los futbolistas. Dan todo por ella. "Aquel gol marcó mi vida", confesó hace unos días Diego Aguirre en El Tiempo. Hablaba del que anotó en el minuto 120 al América en Santiago de Chile. No hay un día de su vida que no le recuerden ese zurdazo épico que hundió la red.
Un calco de ello es el testimonio de John Viáfara, invitado al sorteo de la 50a. Copa Libertadores, en diciembre último: "Créame que aquel gol contra Boca me inmortalizó. Fui reconocido internacionalmente, me contrataron de Inglaterra... Pero la felicidad que sentí cuando la pelota entró... Es difícil explicarlo, eso se vive una vez en la vida". Progresivamente, casi sin advertirlo, la Copa Libertadores se fue metiendo en nuestras vidas. Fue el pedestal desde donde disparaba sus cañonazos de cabeza Alberto Spencer, la vitrina de Higuita y Willington Ortiz, la consagración de Bianchi como técnico, la oportunidad de admirar a Zico, la aventura del Once Caldas, el escenario de las hazañas de Estudiantes (¡y las gambetas de Verón!), de las proezas agónicas de Peñarol, de la clase de aquel San Pablo de Telé Santana...
La Copa, que dio sus tímidos primeros pasos en 1960, con apenas un puñado de curiosos en las tribunas, fue atravesando ciclos. De aquellas canchas peladas y los pocos protagonistas iniciales (fueron 7 clubes), pasó a las bataholas y las brusquedades de los sesenta y los setenta, la irrupción de la televisión, el dominio argentino en los setenta, uruguayo en los ochenta y brasileño en los noventa.
Hasta llegar a este presente luminoso en que se emiten los 138 partidos por televisión (el gran fiscal que impide cientos de fechorías), se juega con la misma pelota, los campos son mejores, hay amplias garantías para los visitantes. Y mejoró el decorado: el envoltorio es más elegante. Pero, especialmente, huele a limpio. Dos de los últimos campeones fueron una sorpresa total y desterraron las suspicacias: Once Caldas y Liga de Quito. Armaron equipos confiables, lograron un alto rendimiento y coronaron: no hubo misterios, nada se los impidió.
"La Libertadores era mucho más difícil antes", asegura Palhinha, el verdugo de aquel Cruzeiro récord con 46 goles, el de Eduardo, Zé Carlos, Palhinha, Jairzinho y Joaozinho.
No le falta razón. Hoy se juega con lo que queda en el continente, antes con lo mejor, con el súmmum de nuestro fútbol. Santos fue bicampeón 62-63 con Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe. No era una delantera, era un tsunami. Peñarol con Abbadie, Rocha, Spencer, Cortés y Joya. Vencer a estas maquinarias era tarea ciclópea.
Elías Figueroa, Nelinho, Bochini, Zico, Pavoni, De León, Caszely, Valderrama, Falcao, Chilavert, Willington, Cubilla, Verón, Almeida... todos los próceres de aquel tiempo desarrollaban su carrera íntegramente en Suramérica. Casi nadie se iba a Europa. Cada equipo tenía cinco o seis figuras. Y si entraba en la Copa, se reforzaba.
Ser campeón es lo más difícil del fútbol, en cualquier época. Y cada una tuvo un rostro hermoso. Es nuestra, es célebre y Europa no se la puede llevar, se llama Libertadores.
Por Jorge Barraza,
comentarista argentino.
LOS QUE MÁS...
El club que más veces ganó la Copa fue Independiente, con siete. Luego están Boca Juniors y Peñarol, ambos con cinco.