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EL HECHO QUE convirtió el naufragio del Titanic no sólo en una de las más impactantes tragedias de la historia sino también en una de las más reveladoras del alma humana fue sin duda el comportamiento de sus pasajeros en los momentos previos al desastre. Mientras el barco se hundía, en su salón de fiestas la gente seguía bailando despreocupadamente.
Un siglo después de su hundimiento, el orgulloso paquebote británico se ha transformado en certera metáfora de la incapacidad humana para detectar a tiempo la inminencia de una tragedia y reaccionar de la forma más conveniente para impedirla.
El Titanic sigue zarpando y se sigue hundiendo con su irresponsable cargamento humano a bordo.
Tanto en el Titanic real como en el metafórico, fracasó y sigue fracasando la humanidad entera. "Todos viajamos en el mismo barco", dijo hace poco, "pambeleana", "titánicamente", el joven filósofo alemán Peter Schloterdjk, al advertirnos sobre las pequeñas y grandes zozobras que nos amenazan en la vida diaria y que sólo podremos conjurar actuando unidos y solidarios.
¿Unidos? ¿Solidarios? Dos términos desconocidos en la Costa, donde el Titanic juega de local y se hunde casi todos los días, lo mismo en Bocas de Ceniza que en la laguna de Luruaco. En la Costa, y no sólo en el fútbol, todos creemos -y esperamos- que el primero que se hundirá será el frágil barquichuelo del vecino.
Tomemos el ejemplo del Unión Magdalena. Lo ocurrido al tradicional equipo samario era tan previsible como los daños ecológicos que, se sabía, iban a ocasionar los embarques de carbón en las paradisíacas playas que todos los colombianos amamos y visitamos con amorosa frecuencia.
Desde todas las esquinas, púlpitos y micrófonos se le advirtió a Eduardo Dávila que el "Desunión" Magdalena -malgastada herencia familiar del tozudo empresario del aceite-, "iba de culo pa¿l barranco", como se dice con escatológica contundencia por estas tierras.
Pero Dávila mantuvo contra viento y marea su fatal política de contrataciones y reencauches de medio pelo. Los resultados no se hicieron esperar: la gente le dio la espalda al equipo. Es un hecho que en las inconstantes y procelosas aguas del fútbol colombiano, las ratas son las primeras en abandonar el barco que se hunde.
La del Real Cartagena es una historia no menos lamentable. Por décadas, el fútbol fue un cuerpo extraño en la bella ciudad de Don Pedro de Heredia, entregada monotemáticamente al béisbol, sin duda el más intelectual de los deportes de conjunto, pero también el más costoso (durante un partido, se pierden miles de pesos, tan sólo en las pelotas que son bateadas de foul y van a parar fuera del estadio).
Incapaz de resistir por más tiempo el sitio a que era sometida por las hordas futboleras que recorren el país en todas las direcciones, la ciudad se le entregó en cuerpo y alma al deporte más popular de los colombianos.
A diferencia de casi todos los equipos que representan a otras ciudades colombianas, el Real no tiene una historia, mucho menos una tradición. Es el resultado de la adquisición a las volandas de una franquicia que perteneció al Sporting barranquillero, hundido moral y económicamente a causa de las malas andanzas de su propietario.
El Real nunca se preocupó por despertar y fomentar un sólido sentimiento de pertenencia entre los cartageneros. Ha sido manejado -sin mucha diafanidad, entre otras cosas- por empresarios foráneos, vinculados, para mayor inquietud, con la tristemente célebre familia Rodríguez de Cali. Ello explica el que desde su aparición, es decir, desde su rebautizo, el Real Cartagena se haya convertido en banco de pruebas de los fértiles semilleros del América, hasta el punto que hubo tardes en que saltó al campo hasta con diez jugadores vallecaucanos. Y entre una temporada y la siguiente los cambios de nómina fueron tan radicales que los porteros del estadio necesitaron hasta tres y cuatro fechas para poder identificar las nuevas caras. El año pasado, el equipo tocó fondo. No sólo en lo deportivo.
Osvaldo McKenzie, gitano del fútbol de hoy, debió acudir a los tribunales para exigir que le cancelaran el dinero que le adeudaban.
Y así llegamos al incomprensible caso del Atlético Junior, equipo que conoció días mejores: los esplendorosos días en que al frente de la institución se encontraban el senador Fuad Char, presidente del poderoso grupo económico familiar y su difunta esposa, doña Adelita, cuyo recuerdo permanece en el corazón de todos los barranquilleros. En su lecho de muerte, doña Adelita decidió que el manejo del equipo quedara en manos de su hijo Antonio, a quien los barranquilleros responsabilizan de la desesperada situación en que se encuentra actualmente.