En bicicleta de fruta

Héctor Ríos en su oficio de todos los días. En la foto pequeña, Héctor Ríos, de azul, en la Vuelta a Colombia, el pasado 8 de agosto. Foto: Javier Agudelo / Cambio

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De Salgar a Pereira, Ríos se dedicó a trabajar para Une, se puso al frente para controlar las fugas, dio manija con todo de Pipintá hasta Santa Rosa y llegó remando a la meta. "Y allá ya me recibieron como un ciclista de ellos, desde ahí comencé a correr la Vuelta como profesional. Yo viví dos vueltas, una de aficionado y otra de profesional". Héctor habla largo de las jarras de jugo, del bufé, del "Rebul" en vez del agua en bolsa, del uniforme de T.V. Estudio limpio en la mañana. Se ríe restando las estrellas de su hotel en Pereira de las de su pensión en Salgar. "Y trabajar para el campeón, yo nunca creí que yo fuera a ayudarle a Santiago. Yo me lo encontraba mucho entrenando por Oriente, nos cruzábamos, el venía de Las Palmas y yo de Santa Elena. No veo la hora de encontrármelo después de lo de la Vuelta, de saludarlo después de lo que pasó: como un colega". Botero le responde a Ríos con una sentencia desde una orilla distinta: "Ese hombre no vive de la bicicleta sino para la bicicleta".

Con su nueva coloca Ríos se olvidó de todo. No llamó a la casa en ocho días ni se le ocurrió llamar a saludar a los socios que lo daban por desaparecido. Su única preocupación era bultiar al comienzo de las etapas y correrle a la "pata e'caucho" -el policía de la vial en moto que arrea al colero- en los ascensos finales. "Sólo un día tuve detrás a la 'pata e' caucho', pero no me desesperé, cogí paso, alcancé a uno que tenía como a 500 metros y me zafé de esa compañía. Y me encantó ese silencio tan berraco en esa carretera."

Llegando a Bogotá, a 20 kilómetros del Alto de Rosas, Ríos se bajó de la bicicleta y llegó a la meta en un carro de Une. Faltaron menos de 70 kilómetros para redondear los más de 2.200 de La Vuelta. La rodilla izquierda lo sacó de la carrera. Se puso a pensar que no podía llegar cojo al trabajo, que ya había hecho suficiente y lo esperaba el engranaje de la carnicera: "Es que yo nunca me había tirado tan duro, yo he corrido cinco clásicos, pero uno casi siempre va a rueda, no jalando el grupo como loco". Ríos dice que se bajó feliz, que es lo más grande que ha hecho en la bicicleta, su mayor orgullo como ciclista que empezó paisajiando, saliendo con su socio de la frutera a conocer pueblos, a acampar con las ollas debajo del sillín. No se quiso quedar para la contrarreloj final, prefirió cuidarse de la nostalgia de ver la premiación desde su palco de retirado satisfecho. Esa misma noche cogió bus para Medellín. Esta vez sí logró dormir en el camino.

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