Ecos del quinto festival de literatura Hay Festival

Simon Schama, historiador británico. Foto: EFE

La quinta versión del Hay Festival, acontecido en Cartagena del 28 al 31 de enero pasado, dejó claro, una vez más, que es un evento en el que es posible descubrir plumas increíbles así como conocer autores soñados que de otra forma difícilmente habrían pisado Colombia. Primero pasemos por las faltas que ojalá se corrijan, pues desdibujan el evento y, para los participantes que han invertido su dinero para asistir, es un irrespeto, pues simplemente no les dan las explicaciones requeridas, ni las soluciones. Me refiero a las varias cancelaciones acontecidas este año. A pocos días del inicio del festival cancelaron su participación en el evento el director de cine Alejandro González Iñárritu, quien inauguraba, y los escritores Mario Bellatín -su interlocutor Hugo Chaparro se enteró el día de su charla que no llegaba-, Carolina Andújar, Joumana Haddad, Mathias Enard y Jordi Soler, así como la periodista Laura Revuelta, del ABC de España. Bajas nada despreciables.

Aunque González Iñárritu fue reemplazado felizmente por otro director de cine, Fernando Trueba (Belle époque), una verdadera sorpresa para los que no lo conocían por su gracia, inteligencia, posición estética y reflexiones -como que los principios por los que rige su vida son: la desobediencia y el placer-, otras charlas quedaron huérfanas.

Era claro que había un interés este año por impulsar las letras árabes y su versión del prestigioso premio Booker, pero, para moderar la charla sobre el tema dejó de venir la interesantísima Joumana Haddad, directora de la revista libanesa Yasad (Cuerpo) y coordinadora del galardón, indudablemente una voz importante de las letras árabes actuales. Para reemplazarla, cumplió la tarea el director del semanario Babelia, Guillermo Altares, aunque sin los resultados esperados, lo cual es evidente pues es un tema que requiere de cierta especialización. Tampoco llegó Mathias Enard, autor francés que dicta cátedra sobre el tema. Así, la charla moderada por Catalina Gómez, resultó coja, a pesar de sus esfuerzos por hacerla amena y abrirnos a un mundo desconocido y plagado de clichés, de los cuales ella insistía en salir. Su conversación con Najat El Hachmi, marroquí residente en Barcelona y autora de El último patriarca, aunque interesante por momentos, sobre todo cuando recordaba los relatos orales de sus abuelas y los mitos de su cultura, parecía necesitar de un complemento, de otras miradas, de más hondura, que la autora no llegó a compartir.

Ahora bien, vayamos a lo bueno, que es suficiente. Ian McEwan, invitado de lujo del festival, fue generoso en la presentación de su mundo literario. Tanto en la charla en Bogotá, auspiciada por el BBVA en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en donde conversó principalmente sobre Chelsy beach y Expiación, como en las varias entrevistas concedidas en Cartagena, y en su charla en el teatro Adolfo Mejía -el siempre conocido Pedro de Heredia- , demostró su sensibilidad, sencillez, claridad y su talento. "Tenía que tener un espacio en donde la imagen de la protagonista pudiera verse del todo, hasta el final, cuando partía, y ese lugar era Chelsy beach", contaba acerca de su última novela, un relato de una noche de bodas en donde al pasar de los minutos queda claro que esa relación no prosperará. También explicó que aquella imagen en Expiación en donde Briony asume que está cruzando el umbral de la niñez a la adultez, al mirarse las manos, un gesto que, según una profesora de literatura que asistió al evento, todos sus alumnos le preguntaban cómo había logrado describir con tanta precisión, pues a ellos les había sucedido idénticamente. Y él decía algo como que todos hemos sentido esa conciencia del crecer, en donde aquellas ideas infantiles quedan repentinamente sepultadas ante la evidencia de la maldad. "Briony c¿est moi" decía homenajeando a Gustave Flaubert en Madame Bovary.

Otra sorpresa fue la elocuencia, agudeza y refinamiento de la escritora madrileña Almudena Grandes, autora de Las edades de Lulú y Malena es un nombre de tango, entre otros. Con su tremenda voz de fumadora conquistó a la audiencia contándole lo que para un escritor es la memoria: todo, básicamente, "es el origen de toda ficción". "Solo podemos escribir lo que recordamos, pero no solo lo que está en los relojes y los días que se suceden. La vida que hemos soñado también la hemos vivido y esto forma tanto o más que la vida biográfica, así como los sueños, las pesadillas y los delirios". Bella.

En la misma charla, moderada por Juan David Correa, Manuel Vicent (León de ojos verdes y Contra Paraíso), por su parte, recordó su memoria más lejana, digna de alguien que debe quedarse escribiendo para toda la vida. Dijo que recordaba la guerra y que el refugio de los suyos era la despensa. Que su tía devota no hacía más que rezar "santo fuerte, santo inmortal, líbranos de todo mal" y que la criada, alarmada gritaba al sonido de cada bomba. Pero lo mejor, la mala casualidad del destino: que cuando las bombas caían, siempre era cuando su abuela estaba haciendo un potaje, por lo que siempre creyó que había una conspiración contra ella, que la guerra era para dañarle el potaje. Hubo risas, claro, ante la ocurrencia de este autor maravilloso, al que Poncho Rentería interpeló al final de la charla, medio en broma, medio en serio, diciéndole que en Cali estaban rastreando las librerías porque al parecer quien había cometido el terrible crimen de diciembre, se había inspirado en su cuento "Natilla envenenada".

Otra impresionante expositora fue la inglesa Gillian Beer, experta en Charles Darwin. Nos reveló la fascinación por las artes del creador de la teoría de la evolución. Pero no necesariamente por un periodo artístico, por un pintor, o un compositor, no, algo más primario de la experiencia estética. "Lo que realmente le interesaba a él era lo primitivo de la música, como un lenguaje implícito, fuente de la comunicación humana, y algo que luego aplicaría a sus propias teorías, como la necesidad sexual del hombre, por su búsqueda del placer". Tal vez por eso, la pintura le parecía un gusto más adquirido, más domesticado. "Fue, además, perdiendo el gusto por la pintura, quizás porque es él quien se ha convertido en el observador en su oficio. Lo visual es tan crucial en su forma de ser que las artes visuales pasan a un segundo plano". Sin embargo, le consagró estudios a la belleza. "Es parte de la selección natural", decía. "Las artes van más allá de lo humano", por eso le dedicó tantos capítulos de su vida al estudio de la naturaleza.
 
Una charla esperada era la de Judith Thurman (La nariz de Cleopatra), redactora de la revista The New Yorker, autora de las biografías de Colette e Isak Dinesen y de decenas de ensayos sobre diseñadores y aquello que representan las vanidades humanas "la moda, la comida, el arte y la literatura". Fue entrevistada por la directora de Arcadia, Marianne Ponsford. Tal vez uno de los apartados más interesantes de la charla -que, a veces se perdía en cuestiones de forma de la revista The New Yorker con los que la invitada no tenía que ver, por ser colaboradora de la publicación- fue cuando dijo que la biografía de la escritora francesa Colette le resultaba iluminadora porque había pronunciado la frase "I¿m a fake woman" (soy una mujer de mentira). Tal vez la mayor de sus indagaciones e intereses. Meterse en el alma de la gente, de la sociedad, ornamentada desde siempre, para entender sus contradicciones y complejidades. 

Por supuesto que hubo más eventos, más charlas, el concierto de Manu Dibango -excesivamente largo- y lastimosamente no pude asistir a la de Paolo Giordano, que al parecer condujo brillantemente Héctor Abad, pero sí logré cerrar con broche de oro oyendo la presentación del historiador británico, histriónico y encantador, Simon Schama. Centró su charla en la manera como Barack Obama ha logrado volver a darle al poder de la retórica todo el poder que pudieron cultivar otros gobernantes en el pasado y, con eso, generar tal impacto que la gente borró prejuicios y creyó que el cambio era posible. Pero no todo fueron elogios, claro. Evidenció sus contradicciones y debilidades, que no han pasado inadvertidas y le han sido cobradas a fondo. Resalta, eso sí, que el valor de las palabras YES WE CAN o WE WILL NOT QUIT, redefinió la política internacional.

D.R.D.

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