El hombre que hacía llegar tarde al trabajo

Foto: Archivo Cambio

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Aun cuando al día siguiente los periódicos solo sirvieran para madurar los aguacates, Tomás Eloy Martínez no perdía la esperanza de encontrar en ellos un reportaje -"un solo reportaje", insistía- que hipnotizara tanto a los lectores como para que llegaran tarde a sus trabajos o como para que se les quemara el pan en la tostadora del desayuno.

"Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores -escribió el periodista y escritor argentino fallecido el pasado 31 de enero-. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios".

Por eso no es de extrañar que gracias a él y a su esposa Susana Rotker (fallecida en 2000) varios periodistas latinoamericanos descubrieran que antes de que Tom Wolfe y compañía fundaran el Nuevo Periodismo Norteamericano en los años sesenta, el cubano José Martí ya había narrado la realidad con herramientas literarias en el siglo XIX. La crónica, ese género que es al periodismo lo que la poesía es a la literatura, fue un invento latinoamericano potenciado después por varios de los escritores del Boom.

Tomás Eloy alentaba a sus pupilos a enorgullecerse por esa invención y, como apelando a un mito fundacional, insistía en la necesidad de cautivar a los lectores con la buena prosa aun cuando vivieran en un tiempo en el que los editores abogan por el lenguaje telegráfico.

Y como predicaba y aplicaba, antes de saltar a la fama como novelista con La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), en sus libros periodísticos La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979) quiso mostrar que los hechos reales también podían ser narrados con un lenguaje rico en metáforas. Con literatura.

La tentación de la ficción

Quizás porque detrás de los periodistas a menudo se esconden novelistas en potencia -o frustrados-, Tomás Eloy Martínez -que vistió la camiseta amarilla en las dos carreras- se convirtió en un modelo a seguir, en un maestro, característica que consolidó en los talleres que dictaba en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada en Cartagena por Gabriel García Márquez.

El estilo que promulgó no goza, sin embargo, del aplauso generalizado: las ambiciones literarias -léase el gusto por las historias redondas, cargadas de un simbolismo ausente en la realidad y donde el narrador tiene la urgencia de ver hasta la más recóndita intimidad de sus personajes- con frecuencia ha sido una tentación a caer en la ficción en el periodismo.

"Las opiniones de Tomás Eloy Martínez son un ejemplo a seguir para todos aquellos que han convertido al periodismo en un ejemplo de insustancialidad fáctica y en un dudoso ejercicio moral", dice a CAMBIO el periodista español Arcadi Espada, una de las voces más radicales contra el influjo de Truman Capote -recordar A sangre fría- o García Márquez en las redacciones de los diarios.

En efecto, Tomás Eloy consideraba que ciertos toques de ficción contribuían a hacer más contundente la descripción de la realidad. Cuando hablaba de la ya clásica crónica de 'Gabo' titulada Caracas sin agua (1957), el periodista y escritor de Tucumán no ponía reparos en el hecho de que su amigo de Aracataca hubiera creado un protagonista llamado Samuel Burkart: "Una cosa es mentir y otra cosa es usar un elemento figurado -argumentó en uno de sus talleres en Cartagena-. A veces no se puede abarcar toda la realidad de modo breve y sucinto. Entonces se acude a una figura, a un elemento metafórico o simbólico. Es ficticio, por supuesto, pero no del todo. Este personaje resume la historia de cientos de personas".

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