Primeras abducciones de Aaron Pryor

Ilustración: Magda Hernández

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Primera parte
Un 'ring' de cuerdas negras

Aaron Pryor sólo necesitó de cuatro asaltos para ganar la pelea. Se subió al ring, saludó con el acostumbrado golpe en los guantes y doce minutos después del primer campanazo ya tenía a Pambelé mordiendo el polvo. El resto es historia. De todas maneras la historia, como todo work in progress, está llena de pequeños baches por donde se filtran los más inciertos actos de los hombres. Si minutos antes del enfrentamiento los delegados de la AMB hubieran entrado al camerino de Pryor, por ejemplo, la pelea no se hubiese llevado a cabo, Pambelé hubiera ganado por decisión técnica y no estaría hoy por ahí soñando con una fama que ya no le pertenece. Pero no fue así. Nadie entró nunca al camerino de Pryor. Esa noche, las treinta mil personas que asistieron al combate vieron cómo Pambelé se derrumbaba como un pesado piano contra las cuerdas negras del ring del Arena Gold Stadium de Cincinnatti. Nada pudo salir peor, dos ganchos de izquierda y un poderoso jab de derecha lo noquearon  sin misericordia. Sin embargo, en algunos casos, la misericordia es solo una mala traducción de la cobardía.

Pryor escupió su protector, levantó mecánicamente los brazos, y posó para las fotos. Treinta y nueve peleas después, desaparecería misteriosamente durante trece largos años. Todo comenzó ese día, horas antes de la pelea. Si uno pudiera decir algo al azar sobre aquella noche, de seguro diría que fue una cosa del otro mundo. Hasta ahora ninguna explicación seria ha dado con lo que verdaderamente sucedió aquel día. Pese a todo, de todos los detalles que antecedieron el encuentro, el hecho de que Pryor hubiese llegado tarde a la pelea daría para exponer las más variadas hipótesis. Todo era silencio antes del combate. Algunos conocedores poco ortodoxos dicen que la mirada de Panamá Lewis, entrenador personal de Pryor (de quien se decía que añadía al agua de su protegido una extraña mezcla de hierbas y babas de muerto) delataba el nerviosismo ante la cercanía de la derrota. Ahí es donde todo pierde sentido. Pryor apareció segundos antes de lo permitido y en solo cuatro asaltos cambió la historia de las 140 libras. La historia, como es sabido, la escribe el vencedor; en este caso, sin embargo, el vencido juega un papel determinante. Pambelé tuvo todo de su parte para salir ganando aquella noche hasta que Pryor le cayó encima como un niño grande que le pega a su hermano menor. Como en una obra griega, un rey  derrocaba a su rival condenándolo al destierro eterno. Pambelé no volvió a pelear jamás, ni volvió a ser el mismo después de esa terrible noche. Por una suerte de extraños acontecimientos, Aaron Pryor tampoco.

El camerino parecía una fosa fúnebre después de la pelea. Aparte del saco de arena y de una camilla para masajes, una nota ininteligible sobre la mesa se sumaba a la escena, letras en desorden como un antiguo código se extendían a lo largo de un viejo papel amarillo. Una botella de agua a la mitad, una manzana y un par de guantes viejos completaban el extraño bodegón. Los peleadores desaparecieron por esquinas diferentes. Cada uno siguió su camino. Hasta esa madrugada en que súbitamente se volvieron a encontrar.

Las semanas posteriores al enfrentamiento, Pryor fue aclamado por la nación entera. Firmó miles de autógrafos, concedió ruedas de prensa a lo largo y ancho del país y hasta recibió una invitación del presidente Carter, quien lo atendió a cuerpo de rey en la Casa Blanca. En una conmovedora entrevista para la radio local habló de su madre prostituta y de sus siete hermanos como si fueran solo un recuerdo. Él había salido del fondo y ahora que era toda una celebridad no dejaría que su pasado se entrometiera en su camino. La nación entera lo apoyaba. Sin embargo, algo en sus palabras parecía no estar bien. Pambelé, por su parte, regresó al país y nadie supo de él hasta que alguien lo encontró un día muerto de la borrachera, caminando por el mercado de Bazurto y gritándole a todo el mundo que Pryor no era nadie, que él regresaría con más fuerza, que las cuerdas negras del ring le habían traído mala suerte, que sus ojos le habían fallado esa noche.

Pambelé nunca regresó. Su suerte tampoco. Sus ojos, por su parte, serían los primeros en ver esa extraña luz que pasó volando sobre el cielo aquella memorable noche.

Segunda parte
Algo voló sobre Bazurto

Bazurto huele a mierda revuelta con tristeza. La batalla de olores de todas las especies tiene contrincantes desiguales. Los hombres que bajan el agua  a baldados, los que se llevan el papel pegado al culo como la estela que deja a su paso una estrella fugaz, las cámaras fotográficas que parpadean entre la espesa negramenta, todo es nada aquí. Bazurto es un ring gigante donde cada golpe duele menos que el siguiente.

Cuando Pambelé apareció por estos lados ya se había convertido en el don nadie más famoso del planeta. Toda una leyenda. Pambelé tiene puños fuertes. El otro día le dio a dos negros más grandes que él, solo porque le gritaron negro sopla nucas. Yo lo vi. Cogió al primero y le asestó un gancho en la boca del estómago y lo dejó listo, sin aire; al otro no le fue mejor, ni siquiera lo dejó acomodarse, le partió la cara de dos puñetazos secos. Qué miedo. Afortunadamente yo le caigo bien. A veces, cuando viene, pasamos horas hablando de todo: de mujeres, de los países que conocimos, de los libros que nunca leyó. Yo procuro no hablar de lo que perdimos, para qué hablar de lo que se fue, de lo que la vida dejó escapar. También hablamos de boxeo. Me contó cómo le había ganado el título a Frazer con una fractura en su mano derecha. Me contó de la vez que conoció a Mohamed Alí. Pambelé decía que si hubiese querido lo hubiera vuelto mierda de un solo puño. Me dijo que si alguna vez había querido ser algo era ser un poco más alto, que el resto lo dejaría igualito, y ahí se echó a reír con esa risa incompleta que me da miedo. Yo le hablé de Hemingway, de que a él también le gustaba el boxeo y cuando se emborrachaba iba a los bares a buscar pelea, de que le dio una paliza a Ezra Pound en París. Le dije, quizá solo por decirlo, que la poesía era como el box, si te descuidas puede romperte el culo y sacarte sangre. 

-Yo pude haber cascado a ese amigo tuyo cagao e' risa. Suena la campana, lo saludo mirándolo a los ojos, dejo que se tome confianza y enseguida le voy enviando un par de izquierdas por esa cara, después lo voy mamando a punta e' pierna y de dos derechos lo dejo listo -dijo, mientras movía las piernas como una licuadora descompuesta. Luego se quedó callado, miró fijamente  al cielo y no volvió a hablar en toda la noche.

Hace dos días me lo encontré por ahí y me dijo que había vuelto a ganar el cinturón de las 140. Que ya nadie podía poner en duda que era el mejor.

-Le di una muequera a Pryor ni la hijueputa, profe -dijo, en medio de su horrible risa-. Lo encontré en la playa. Me dijo que ahora sí era, que la vez pasada había sido suerte. Entonces comenzamos y en media hora lo tenía listo a punta e' pierna. Es que yo soy rápido con las piernas, sabes.

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