El hombre que cabalgaba cerebros

'Sanguis/Mantis' (2004), Jan Fabre (foto). Foto: Javier Agudelo.

Jan Fabre (Amberes, Bélgica, 1958) despierta amores y odios. Hay quienes adoran su obra, por compleja, y otros que la aborrecen, por efectista. No hay puntos medios. Con todo, en 2008 fue el primer artista invitado a intervenir las salas del Museo del Louvre con una investigación que le llevó tres años y que denominó L'Ange de la métamorphose (el ángel de la metamorfosis). Por eso no puede pasar inadvertido que su obra sea la primera muestra internacional con la que el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) muestra su nueva cara en los antiguos talleres Robledo en Ciudad del Río.

Dentro de ese increíble espacio industrial, de techos altos, columnas y pisos de cemento, cuelgan cráneos mordiendo algún roedor, instrumentos terapéuticos -sillas de ruedas, caminadores, bastones-, perros y gatos atropellados en las autopistas, y se ven esculturas de monjes cuya piel es de huesos, así como la propia figura del artista hecha en tachuelas o montado sobre un cerebro.

Su obra es autorreferencial. Él mismo está presente en varios de los trabajos exhibidos, como en la película Lancelot, donde interpreta al famoso caballero, que durante ocho minutos demuestra su infructuosa pelea contra alguien que nunca está, revelándolo un poco más humano, vulnerable, lleno de miedos y fracasos. Caso distinto es la escultura The artist who tries to drive his own brain (el artista que intenta manejar su propio cerebro), donde construye su ser en una pequeña figura que cabalga triunfalmente sobre un cerebro, casi como si estuviera dominando una ballena.

Esas dos facetas del artista se manifiestan permanentemente en su trabajo. Por un lado, defiende y expone la fragilidad del ser humano; por otra, plantea una sobreexposición del hombre como protagonista, casi como un homo egocentrus. Una ambigüedad que, sin embargo, tiene su razón de ser.

Todo es vanidad

Fabre carga una larga tradición artística sobre sí como es el arte flamenco, sobre el cual ha construido gran parte de su obra. Justamente esta escuela redefinió el arte del Renacimiento al hacer una pintura más relacionada con el hombre y sus debilidades que con Dios y su aura celestial. Al estar justo en el límite con los Países Bajos y el calvinismo, los flamencos (católicos) crearon una iconografía completamente distinta a la que Italia había presentado hasta ese momento.

Así, las imágenes de Cristo y quienes lo acompañan empiezan a reflejar un sufrimiento perfectamente humano. Rogier van der Weyden es una de las más claras referencias al respecto. Pero también Hieronymus Bosch, 'el Bosco', quien introduce un universo imaginario inusitado y blasfemo para ese entonces, que aún despierta interés.

"Estas pinturas eran la celebración de la vida a través de la muerte -asegura Fabre, quien estuvo en Medellín para la inauguración de la muestra-. Sus elementos se ven reflejados en mi trabajo". En efecto, cómo no ver en los cráneos con ratones atrapados en los maxilares una referencia a las vánitas o naturalezas muertas del siglo XVII, en las que cada elemento de su composición demuestra que todo es finito, las velas apagándose, las frutas pudriéndose, las flores marchitándose y, claro, siempre una calavera o una cintilla que dice "vanidad de vanidades, todo es vanidad".

Entre el pasado y el futuro

Fabre gusta de los símiles. Por eso, recubre sus esculturas con tachuelas (Me dreaming) o con caparazones de escarabajos verdes, como aludiendo a la necesidad de protegerse, casi de armarse con un escudo (Umbracullum). Fascinado con la entomología y la ciencia desde adolescente, pretende volcar la sabiduría de los insectos en una posibilidad de protección del hombre, en una suerte de piel artificial. "Ellos han sobrevivido millones de años prácticamente sin cambio alguno y no mutando como nosotros, que siempre intentamos adaptarnos".  

Y es que la piel, para él, es un elemento esencial para señalar lo que nos hace humanos. "Mucho de mi trabajo es una búsqueda por defender la vulnerabilidad del cuerpo humano y para glorificarla -cuenta-. La manera como se lidia con el cuerpo en los medios masivos es perversa, nos muestran un cuerpo que no sangra, que no suda, que no huele, no orina, y eso es lo hermoso del cuerpo". Incluso, para reafirmarlo, en décadas pasadas hizo performances en los que usó fluidos del cuerpo: semen, sangre, lágrimas.

De allí que la instalación que da nombre a la muestra Umbracullum, en la nave central del museo, sea una especie de puesta en escena apocalíptica -Fabre es también dramaturgo- de un nuevo modelo de hombre, sin piel. "Sin ésta ya no habría sufrimiento", dice el artista. Y aunque quien está ahí es un monje, símbolo de sabiduría y recogimiento, éste tiene como cuerpo un esqueleto externo, un hábito de huesos. Un vacío que es espiritualidad. Tal vez, la única forma de volver a recuperar la sensibilidad perdida.