Con sabor a la tierra

Carlos Vives y Shakira. Foto: AFP

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A mediados de 1938, cuando el compositor Emiliano Zuleta, 'El viejo Mile', tomó su acordeón para ponerle música a la pelea que sostenía con su rival de trovas Lorenzo Morales, nunca imaginó que saldría uno de los vallenatos más famosos del mundo: La gota fría. Tampoco pasó por su mente que esa melodía simple, concebida para acordeón, caja y guacharaca, sería interpretada medio siglo después con guitarras eléctricas, bajo y batería por un joven samario, con pinta de roquero y más conocido como actor que como cantante llamado Carlos Vives.

Un artista inquieto que, aunque nacido entre acordeones y vallenatos, inició su carrera musical, sin mayores éxitos, con el pop-rock en español. Un género que a finales de los ochenta apenas despuntaba en Latinoamérica gracias al trabajo de una camada de cantantes argentinos liderada por Charly García, 'Fito' Páez y Luis Alberto Spinetta. Fue entonces cuando Vives decidió apostarle a lo autóctono y cambió el pop por el sonido del vallenato con el que creció.

En 1992, Vives conoció a un grupo de músicos encabezado por 'Teto' Ocampo, Carlos Iván Medina e Iván Benavides, y junto a ellos empezó a darle forma al vallenato moderno, el mismo vallenato que hoy es oído y respetado en buena parte del mundo y que ha influenciado a muchos músicos. Pero su tarea no solo fue internacionalizar y transformar la esencia de un género menospreciado. También fue el caldo de cultivo para que nuevos artistas colombianos tuvieran la posibilidad de dar a conocer su talento en el exterior.

Ya con el camino despejado y con las puertas abiertas en el mercado internacional, un sinnúmero de cantantes colombianos decidió seguir los pasos de Vives. Juanes, Shakira, Fonseca, Cabas, Mauricio y Palo de Agua, Andrés Cepeda, por solo mencionar algunos, lograron conseguir en esta primera década del siglo XXI lo que antes solo obtenían figuras de otros países: premios como el Grammy y el Billboard, y reconocimientos en los medios de comunicación más influyentes del mundo, como acaba de ocurrir con Shakira a quien la prestigiosa revista inglesa The Economist, incluyó como un personaje visionario y ejemplar dentro de su especial El mundo en el 2010. Pero además, puso su foto en portada junto a la del presidente de Estados Unidos Barack Obama.

Punto de partida

La clave del éxito tiene que ver con un fenómeno nacionalista que empezó a darse en el país a finales de los años noventa y que se consolidó en la última década: el rescate de la música tradicional. Así lo hizo Vives con el vallenato y, en cierta medida, Juanes con la música carrilera. Los dos creyeron en la música de su tierra.

Si bien los artistas mencionados lograron que sus canciones se oyeran al lado de  las de destacadas figuras internacionales, en los últimos 10 años un grupo de músicos colombianos -menos consentidos por los medios- transformaron géneros como el bullerengue, la cumbia, el porro, la chirimía, el pasillo, el bambuco y el torbellino, en música de primer nivel. El proyecto, conocido como 'Colectivo Colombia', fue liderado por el saxofonista y compositor Antonio Arnedo y su resultado fue llevar la música colombiana al nivel del tango argentino y del bossa nova brasileño.

Todo comenzó hace 25 años, cuando Arnedo y el también compositor Francisco Zumaqué viajaron a Montería para lanzar el primer trabajo de su orquestra Macumbia, un trabajo que mezclaba los sonidos del Caribe con acordes del jazz y la música clásica. En el viaje, los dos músicos se enteraron de que muy cerca de Montería, en San Pelayo, estaban celebrando el festival anual de bandas.

Tan pronto terminaron el concierto, Arnedo y Zumaqué se embarcaron en un bus rumbo a San Pelayo y allí se sorprendieron al ver el pueblo convertido en escenario de bandas que daban rienda suelta a los sonidos de redoblantes, bombardinos y clarinetes. Arnedo comprendió, entonces, que la música sencilla pero a la vez grande de las bandas pueblerinas era el verdadero sonido de Colombia. Pero era una música que estaba desnuda y por eso él se propuso la misión de vestirla.

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