(Página 2 de 2)
Desde entonces, el saxofonista se empeñó en imprimirles un sonido diferente a las composiciones tradicionales, y les incorporó elementos del jazz, de la música clásica y sus muchos años de estudio. Algo similar a lo que, guardadas proporciones, hizo el compositor húngaro Béla Bártok en la primera mitad del siglo XX cuando, grabadora en mano, recorrió las aldeas más recónditas de su país para registrar los cantos tradicionales y luego los convirtió en elaboradas y complejas composiciones contemporáneas.
Para no ir tan lejos, en Latinoamérica hay un ejemplo que ilustra como ninguno este tipo de transformaciones musicales. Es la que hizo el compositor argentino Astor Piazzolla con el tango, un género que en las primeras décadas del siglo XX era considerado solo una 'expresión criolla' y local, pero que Piazzolla convirtió en una de las músicas más respetadas del mundo porque, a pesar de que le incorporó armonías disonantes e instrumentos no genuinos del género como la guitarra eléctrica, mantuvo su esencia. Hoy el tango es tan argentino y valorado como el mejor vino Malbec.
Es el mismo fenómeno que empezó a darse en Colombia en la primera década de este siglo. Y aunque el camino por recorrer es aún largo, ya puede hablarse de la nueva música colombiana, una música que hoy identifica al país en el mundo y que ha sido interpretada en los escenarios más importantes de Estados Unidos y Europa por agrupaciones como La Mojarra Eléctrica, Curupira, Guafa Trío, Puerto Candelaria, Hugo Candelario, Sinsonte, y por propuestas electrónicas como las de Pernett y Bomba Estéreo. Todos le han dado nuevas dimensiones a los distintos géneros del folclor colombiano pero sin alterar su esencia.
Por Carlos Enrique Lora, músico